Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 32. CAPÍTULO 32
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32. CAPÍTULO 32

D e camino a visitar a la familia de Emily Young, Victoria llamó a su abuelo. Sabía que estaba preocupado.

Contestó Maureen.

—Teléfono de Samuel.

—Hola, Maureen. ¿Está disponible mi abuelo?

—Ah, señorita Victoria. Ahora está durmiendo, después de pasarse despierto casi toda la noche. A las tres de la madrugada lo oí dando vueltas por la cocina. ¿Quiere que lo despierte?

—No, deje que descanse. Cuando se levante, dígale, por favor, que he llamado.

Aún no hemos encontrado a mi padre, pero estamos avanzando.

—Hizo una mueca. No era del todo cierto.

Tenían algunas teorías y personas a las que descartar.

De no ser por las comunicaciones de los secuestradores, no tendrían prácticamente nada.

—Se lo diré. Y ¿señorita Victoria? Todos estamos rezando por su padre.

—Gracias, Maureen.

Después de la llamada, Victoria se concentró en lo que diría cuando llegara a casa de los Young.

La familia había perdido a su hija en circunstancias trágicas.

Victoria quería mostrarse compasiva, pero también necesitaba información cuanto antes.

No podía perder el tiempo si aquella pista resultaba ser otro callejón sin salida.

Hoy no. Emily Young parecía la opción más prometedora entre las jóvenes que habían muerto en París diez años atrás.

Su familia podía estar detrás de aquello o saber quién lo estaba.

El navegador de Victoria la condujo hasta un barrio de modestas viviendas unifamiliares, construidas en los años noventa por el mismo promotor.

Todas las casas eran parecidas, con revestimiento de madera, un pequeño jardín delantero y garaje para dos coches.

Muchas tenían porche y banderas estadounidenses.

Victoria aparcó al otro lado de la calle, un poco más adelante de una casa bien cuidada. Del frontal del garaje colgaba una vieja canasta de baloncesto con una red gris y desgastada.

Una de las puertas del garaje estaba bajando.

Esperó el tiempo suficiente para que quien fuera atravesara el garaje comunicado y entrara en la casa. Mientras tanto, consultó su correo, ansiosa por ver si alguna de las otras agencias que trabajaban en el caso había logrado algún avance decisivo. No había nada parecido.

La rueda de prensa aún no había empezado.

Le escribió a Sam: En casa de los Young. A punto de llamar a la puerta.

Victoria salió del coche. Se ajustó la chaqueta sobre el arma que llevaba a la cadera. Subió por el camino de entrada y llamó al timbre. Una espesa capa de nubes ocultaba el sol. Las ráfagas de viento le azotaban el pelo y la cara.

Abrió una mujer de poco más de sesenta años. Era menuda, de alrededor de un metro sesenta. El cabello castaño entrecano le caía hasta los hombros. Llevaba un vestido azul con una rebeca encima.

Victoria alzó la placa.

—¿Señora Young? Soy la agente especial Victoria Heslin.

La mujer aferró la cruz que llevaba al cuello. Parecía sorprendida. No asustada ni evasiva.

—¿Es usted del FBI?

—Sí, señora. Quería hacerle unas preguntas sobre su hija y las circunstancias de su fallecimiento.

—¿Emily? —Se le iluminó el rostro—. ¿Por fin han reabierto su caso?

Parecía llevar años esperando oír aquello.

—Lo siento. No es exactamente por eso por lo que estoy aquí.

La esperanza se desvaneció del rostro de la señora Young.

—Pero sí estoy investigando el incidente.

La señora Young se volvió hacia el interior de la casa.

—¡Jimmy! Es el FBI. Por Emily. —Entonces se dirigió a Victoria—. Acabamos de volver de una reunión de la iglesia.

Victoria entró en la casa. En el salón, una larga consola estaba cubierta de fotografías familiares. Emily de pequeña, sin los dientes de delante. Emily con el uniforme de fútbol. Una Emily algo mayor en un baile de graduación y, de nuevo, con birrete y toga.

Sobre una mesita auxiliar había una estatua de san Antonio y una Biblia. Una gran cruz colgaba encima del sofá.

Un hombre salió de la cocina. Era alto, de hombros anchos, probablemente de unos sesenta y cinco años, y tenía el rostro curtido. Llevaba pantalones azul marino y camisa de vestir.

—Hola. Soy la agente especial Victoria Heslin.

—Jim Young.

No le tendió la mano.

Permanecía con los brazos cruzados y el peso apoyado en el pie de atrás. Una postura defensiva, como si no acabara de fiarse de ella.

—¿Por qué viene ahora por Emily? —preguntó.

—Estoy investigando un caso de desaparición que podría estar relacionado con la muerte de su hija —respondió Victoria—. He leído los informes de la policía francesa. Me gustaría que me contaran lo ocurrido desde su punto de vista. ¿Podemos sentarnos?

Los Young intercambiaron una mirada y parecieron llegar al acuerdo de que hablarían con Victoria.

El matrimonio se sentó en un sofá beis. Victoria ocupó el sillón verde que había enfrente.

El señor Young sostuvo la mirada de Victoria.

—Nadie nos escuchó. Al principio, la policía francesa se mostró dispuesta a ayudar...

hasta que dejó de hacerlo. La embajada de Estados Unidos no sirvió para nada.

Dijeron que no podían hacer nada. Que la muerte de Emily había sido un accidente.

Una tragedia. Dijeron que teníamos que aceptarlo y seguir adelante.

—Entonces, ¿qué relación tiene esto con su caso de desaparición? —preguntó su esposa.

—Estoy investigando el secuestro ocurrido ayer en la Universidad de Georgetown. Puede que lo hayan visto en las noticias. —Victoria estudió sus rostros mientras respondía. Era un momento crucial. Si estaban implicados, lo vería ahora.

El matrimonio aguardó, escuchando, aunque todavía sin comprender.

Victoria continuó:

—Hemos recibido información según la cual el móvil está relacionado con la muerte de una mujer en París hace diez años. Aún no sabemos si esa mujer es su hija. Queremos entender qué le ocurrió a Emily.

Los ojos de la señora Young volaron hacia su marido y luego regresaron a Victoria.

—¿Está diciendo que... alguien secuestró a esos hombres por lo que le ocurrió a nuestra hija?

—Es posible —dijo Victoria, sin dejar de observarlos.

O los dos eran unos actores increíbles o de verdad intentaban asimilar lo que acababa de contarles.

Victoria llevaba más de una década interpretando a la gente en momentos como aquel.

Creía que se trataba de lo segundo. Era decepcionante, porque significaba que no estaban implicados.

Lo más probable era que aquello fuera otro callejón sin salida.

Sacó su cuaderno.

—Háblenme de Emily. Ayúdenme a entender cómo era.

La señora Young sonrió radiante.

—Emily era especial. Supongo que todos los padres piensan eso, pero ella lo era.

No solo para nosotros, sino para todos los que la conocían.

Y era inteligente. Y trabajadora. Fue la primera persona de ambas ramas de nuestra familia que fue a la universidad.

No teníamos dinero para pagarle una universidad privada, pero se esforzó muchísimo.

Consiguió becas. Trabajaba a tiempo parcial mientras estudiaba.

Se graduó con honores en Boston College.

—Quería ayudar a los refugiados, a las personas que necesitaban venir a Estados Unidos por su propia seguridad —añadió el señor Young—. Ella era así. Una verdadera cristiana. Siempre anteponía a los demás.

—Ya tenía un empleo esperándola —dijo la señora Young—. Estaba ilusionada y nosotros nos sentíamos muy orgullosos de ella.

—El viaje a París —dijo Victoria—. ¿Fue un regalo de graduación?

La señora Young se retorció las manos.

—Sí. Sus amigas iban a ir. Sus dos mejores amigas de la universidad, Sarah y Melissa.

Todos ahorramos y pusimos dinero para que pudiera ir con ellas.

Jimmy y yo. Mis padres. Ya han fallecido.

Reunimos lo suficiente para que Emily pasara una semana en París antes de empezar a trabajar. Era la primera vez que salía del país.

—Ojalá no le hubiéramos dado el dinero. Ahora estaría con nosotros. —El señor Young se levantó y se acercó a la ventana delantera.

—Jimmy —dijo la señora Young.

Cuando se volvió, tenía lágrimas en los ojos.

—Nos llamó aquella noche, ¿recuerdas?

La señora Young asintió.

—Había pasado un día increíble. Vio la torre Eiffel. Paseó junto al Sena. Comió auténtica comida francesa en un restaurante con sus amigas. Era muy feliz. —Se pasó una mano por la cara—. Tres horas después... ya no estaba.

—Lo siento muchísimo —dijo Victoria.

—No fue un accidente —dijo el señor Young—. Alguien mató a nuestra hija. La atropelló con un coche y huyó. A pesar de la verdad, cerraron el caso al cabo de unas semanas. Eso fue todo lo que obtuvimos. Fue vergonzoso.

Se dio la vuelta y entró en la cocina. Victoria oyó el portazo de un armario.

La señora Young pellizcó el borde inferior de su rebeca.

—Lo siento. Al oírnos hablar, cualquiera pensaría que la perdimos el mes pasado. Sigue siendo muy difícil creer que ya no está.

—Lo comprendo —dijo Victoria—. Señora Young, ¿tienen más hijos?

Victoria ya conocía la respuesta, pero quería oírla de sus labios.

—Solo uno. El hermano mayor de Emily. —El rostro de la señora Young se dulcificó cuando pronunció su nombre—. Richard. Siempre lo hemos llamado Ricky.

—¿Cuántos años tiene Ricky?

—Treinta y cuatro. Tenía veintitrés cuando murió Emily. Eran como mejores amigos. Protegía mucho a su hermana pequeña. Decía que tenía que hacerlo porque Emily confiaba demasiado en todo el mundo.

Victoria sonrió.

—¿Puede contarme algo más sobre su hijo?

—Bueno, por supuesto, también estamos orgullosos de él.

Tiene su propio negocio —dijo la señora Young mientras se alisaba el cabello gris con una mano—.

Se dedica a recuperar materiales. Desmonta edificios antiguos antes de que los derriben y vende los materiales.

Cable de cobre, accesorios de latón. Cualquier cosa que tenga valor.

Es un trabajo duro. Se lleva cosas que, de otro modo, serían destruidas.

Se asegura de que se reutilicen y reciclen.

—Le ha ido bien —dijo el señor Young al regresar de la cocina.

—¿Trabaja solo? —preguntó Victoria.

—La mayor parte del tiempo —respondió el señor Young—. También trabaja como contratista para empresas de demolición. Lo llaman cuando necesitan ayuda para vaciar un edificio.

—¿Cómo afrontó la muerte de Emily? —preguntó Victoria.

—Mal —dijo la señora Young—. Estaba enfadado con la policía por no encontrar al responsable. Con la embajada por no ayudarnos. Con Dios por permitir que sucediera. —Al decir aquello, levantó la mirada hacia el techo y se santiguó.

—¿Quién más tenía una relación estrecha con Emily? —preguntó Victoria.

La señora Young reflexionó unos instantes.

—Las amigas que estaban con ella en París aquella semana. Su muerte las dejó destrozadas. Y su compañera de habitación en Boston College, Trinity Isgur. No pudo ir a París con ellas, pero ella y Emily eran muy amigas. Las tres viajaron hasta aquí para asistir al funeral de Emily.

—¿Alguien más? ¿Algún novio?

—No —respondió el señor Young—. Emily no salía con nadie.

—Estaba totalmente centrada en los estudios —añadió la señora Young.

—Sus amigas Sarah y Melissa... ¿tienen sus datos de contacto? —preguntó Victoria.

La mirada de la señora Young descendió hasta la manta de punto colocada sobre el brazo de su sillón, del mismo amarillo que los cojines del sofá.

—No. Después de la muerte de Emily era demasiado doloroso hablar con ellas. Creo que no volvimos a hablar después del funeral. No las culpamos en absoluto..., aunque, si se hubieran mantenido juntas, quizá las cosas habrían acabado de otra manera.

—¿Ricky habló alguna vez de encontrar al responsable? —preguntó Victoria.

La señora Young respondió:

—Estaba decidido a averiguar qué había ocurrido.

Todos lo estábamos. Necesitábamos comprender qué clase de persona atropella a una joven y después la abandona para que muera sola.

—La voz se le quebró con las últimas palabras, pero siguió adelante—.

Pero ¿qué más podíamos hacer? Como ya le ha dicho mi marido, la policía francesa se rindió.

La embajada no quiso ayudarnos. No teníamos forma de averiguar quién la había matado.

—La pérdida de un hijo nunca se supera —dijo él—. Pero, con el tiempo, uno decide centrarse en los buenos momentos y en una vida bien vivida. Comprende que cada instante compartido fue un regalo. De lo contrario, no le quedará nada.

—Es un consejo muy sabio —dijo Victoria.

También sabía que dar un consejo y seguirlo, vivir realmente de acuerdo con él, no eran lo mismo.

La señora Young cogió de una estantería una fotografía enmarcada y se la entregó a Victoria.

—Estos son Emily y Ricky.

Ambos sonreían. Emily aparentaba unos diecinueve o veinte años. Ricky era más alto, ancho de pecho y hombros, y rodeaba protectoramente con un brazo a su hermana pequeña.

—Me gustaría hablar con Ricky —dijo Victoria—. ¿Tiene sus datos de contacto?

Los ojos de la señora Young se entrecerraron. Cuando volvió a hablar, su tono había cambiado.

—¿Por qué necesita hablar con Ricky? ¿Qué más puede contarle él?

Victoria suavizó la voz.

—No lo sé. Solo quiero reunir toda la información posible sobre la muerte de Emily.

La señora Young sostuvo su mirada unos instantes más antes de decir:

—Es una buena persona.

De mala gana, le dio a Victoria su número de teléfono y su dirección.

Victoria anotó la información.

—¿Está por aquí este fin de semana?

La señora Young respondió:

—Ayer vino a cenar con nosotros después de la iglesia, como hace todos los domingos.

—Por favor, no le mencionen todavía mi visita —dijo Victoria—. No quiero influir en sus recuerdos de lo sucedido antes de entrevistarlo.

Una vez de vuelta en el coche, marcó el número que le había dado la señora Young.

Sonó hasta que saltó el buzón de voz. El mensaje decía:

—Recuperaciones Young. Ahora no podemos atender el teléfono. Deje un mensaje.

Victoria escuchó mientras imaginaba al joven que había visto con el brazo alrededor de su hermana.

Después colgó.

Consultó la hora y llamó a Rivera.

—¿Qué tal ha ido lo de los medios?

Él no respondió a su pregunta. Se limitó a decir:

—¿Dónde está?

—Estoy saliendo de casa de los padres de Emily Young —respondió—. No creo que estén implicados. Pero hay un hermano con el que debería hablar. También vive en la zona.

Se oyeron ruidos al otro lado de la línea.

—De acuerdo —dijo Rivera, aunque parecía no haberla escuchado—. Vuelva ahora. Ha habido novedades.

A Victoria le dio un vuelco el estómago.

—¿Qué clase de novedades? ¿Qué ha ocurrido?

—Una confesión. Está en internet.