31. CAPÍTULO 31
V ictoria fue la primera en llegar a la sala de reuniones.
Abrió el expediente de Emily Young.
La fotografía del obituario era la misma que había encontrado la noche anterior. Emily llevaba una sudadera de Boston College. Sonreía radiante y de frente a la cámara, con la sonrisa de quien espera que le ocurran cosas buenas.
Victoria volvió a leer el obituario de Emily.
Emily Catherine Young, de 22 años y natural de Silver Spring, Maryland, falleció el 16 de mayo en París, Francia.
Emily se graduó cum laude en Boston College el 9 de mayo.
Había aceptado un puesto en The Legal Justice Initiative, una organización de derechos humanos, y estaba celebrándolo en el extranjero con unos amigos antes de iniciar su carrera profesional.
Emily creía en hacer del mundo un lugar mejor y dedicó sus años universitarios a colaborar como voluntaria en programas de ayuda a refugiados y a defender la justicia social.
Le sobreviven sus padres, James y Patricia Young.
Solo habían transcurrido siete días entre su graduación y su muerte. Entre el comienzo de una nueva vida y el final de todo.
Victoria estudió una vez más la fotografía de Emily.
Después cerró el expediente y abrió sus notas.
Kyla Mitchell y Jessica Torres aún eran posibilidades. Lo sabía.
Pero no lo creía.
Necesitaba reunirse con la familia de Emily Young.
Sam y Rivera entraron al mismo tiempo en la sala de reuniones.
Rivera hablaba por teléfono con expresión sombría.
—Entendido —dijo—. Allí estaré. —Alzó la vista para dirigirse a Victoria y a Sam—.
Era el despacho del director. Hay una rueda de prensa a las nueve.
Quieren que asistan agentes de alto rango de la CIA y el FBI, y mandos de la policía.
Van a confirmar el secuestro de cuatro hombres.
De momento, no revelarán más nombres si pueden evitarlo.
En cuanto el nombre de su padre se hiciera público, los periodistas acamparían frente a la casa de Victoria. Su teléfono no dejaría de sonar. Pero eso no importaba. Lo que importaba era encontrar a su padre.
—Antes hay una reunión informativa con nuestro departamento interno de relaciones públicas —continuó Rivera—. Quieren asegurarse de que todos mantengamos el mismo discurso sobre lo que podemos revelar y lo que no. Tengo que estar allí.
—Avísanos si necesitas algo —dijo Sam mientras miraba su bandeja de entrada—. La embajada francesa me ha contestado. Nos entregarán los expedientes completos de los casos —las tres víctimas, sin tachaduras—, pero solo en persona. Voy para allá ahora.
—Y yo voy a visitar a la familia de Emily Young —dijo Victoria.
Rivera se detuvo. —Espera.
Ella se llevó una mano a la cadera. —¿Qué?
—Si Emily Young es nuestra víctima y su familia lleva diez años esperando justicia... Mira, no sabemos qué les ha ocurrido a esos hombres ni hasta dónde están dispuestos a llegar los captores.
—No pienso esperar —dijo Victoria—. Necesitamos más información, y rápido.
—Tiene razón —dijo Sam—. La información encaja, pero no tenemos pruebas.
Rivera no parecía convencido. —Entonces, al menos, llévate apoyo. Un agente y un coche sin distintivos.
—No. —La voz de Victoria fue tajante—. Unos padres en duelo no se sinceran contigo si apareces dando a entender que no te fías de ellos.
Necesito que confíen en mí y poder analizar sus reacciones sin que la presencia de otra persona altere la dinámica.
Si están implicados, lo notaré. Una agente sola, haciéndoles preguntas sobre su hija, es la estrategia adecuada para conseguir información con rapidez.
—Entonces mándame un mensaje cuando llegues y da señales de vida cada quince minutos —dijo Sam.
—No hace falta. En los primeros quince minutos sabré si tenemos algo de lo que tirar. Te avisaré cuando llegue.
Rivera se puso de pie. —¿Qué vas a decirles? No puedes presentarte allí sin más y preguntarles si han secuestrado a cuatro hombres.
—Les contaré la verdad, o una parte. Si están implicados en este secuestro, reaccionarán. Y yo lo notaré.
Rivera no parecía contento, pero asintió.
Victoria cogió la chaqueta y salió mientras planeaba cómo abordarlos.
Los Young habían perdido a su hija diez años atrás.
Las fuerzas del orden habían dado por concluida la investigación.
Ninguna detención. Ninguna justicia. Ninguna posibilidad de cerrar la herida.
Solo dolor y, tal vez, una rabia sin salida.
Durante diez años.
Y entonces, una semana después del aniversario de la muerte de Emily, la exigencia de una confesión.
Pensando en aquella cronología, Victoria bajó las escaleras, cruzó las puertas de cristal del edificio del FBI y se detuvo en seco.
Una multitud de periodistas con cámaras y micrófonos ocupaba la acera.
—¡Agente Heslin! —gritó uno al verla—. ¿Es cierto que su padre es una de las víctimas?
Ella siguió andando cabizbaja, sin responder.
—Agente Heslin, ¿tienen alguna pista?
—¿Han exigido un rescate?
—¿Siguen vivos los hombres?
Victoria llegó hasta su coche, se metió dentro y bloqueó las puertas. Los periodistas no podían cruzar las barreras, pero sus cámaras siguieron cada uno de sus movimientos mientras arrancaba el motor.
La noticia estaba ya en todas partes. Se acabó mantenerla en secreto.
Encontró la dirección de la familia Young en Maryland.
A veinticuatro minutos de allí.
Victoria envió la dirección a Sam y a Rivera y salió del aparcamiento, dejando atrás las cámaras y a los periodistas que gritaban.
Nada más de «Papá». Ninguna amenaza nueva.
Solo la carretera por delante y el trayecto hasta Silver Spring.
Emily Young había vivido una semana después de graduarse en la universidad.
Victoria esperaba ir por buen camino.