Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 30. CAPÍTULO 30
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30. CAPÍTULO 30

N ed seguía despierto cuando Victoria llegó a casa.

Cruzó la cocina cojeando para recibirla.

Se había hecho daño en la rodilla durante una carrera larga y se suponía que debía guardar reposo.

Tenía que pedir cita con un médico para que le hicieran una resonancia magnética.

A ella le preocupaba la lesión, que pudiera haberse desgarrado un músculo.

Entonces se produjo el secuestro, que les dio un motivo de preocupación más inmediato y peligroso.

—Aún estás despierto —dijo ella, refugiándose entre sus brazos abiertos.

Hundió la cabeza contra su pecho.

Los perros se arremolinaron a su alrededor, olisqueando, resoplando y meneando la cola.

No veían a Victoria desde la mañana anterior, pero se comportaban así cada vez que volvía a casa, tanto si llevaba fuera una hora como una semana.

Era muy fácil quererlos. Eran leales y cariñosos. Cada uno con sus peculiares manías.

Izzy replegó los labios en una sonrisa.

Oliver apoyó el largo hocico contra la cadera de Victoria.

Victoria sabía lo que prefería cada perro. Oliver quería que le acariciaran las orejas. Lilly quería estar cerca y no apartaba la mirada de Victoria, pero no le gustaba que la tocaran.

Myrtle se acercó renqueando. Victoria se agachó y tomó la cabeza de la perra entre las manos.

La pequeña galga tenía catorce años. Se había quedado completamente sorda el invierno anterior y caminaba con una cojera muy marcada, mucho peor que la de Ned.

Con su pelaje leonado, parecía un cervatillo, que fue lo que Victoria pensó la primera vez que la vio bajar de un camión procedente de un canódromo de Alabama.

Victoria se sentó en el suelo junto a Myrtle y le acarició el cuello. A Myrtle no le quedaba mucho tiempo. Victoria atesoraba cada agridulce minuto que aún podía pasar con su querida perra.

Las personas y los animales a los que quería la abocaban a sufrir tarde o temprano, pero merecían la pena.

Permaneció allí otro minuto, aún sin ganas de levantarse. La casa estaba en silencio, salvo por el zumbido del lavavajillas en marcha. Ned había dado de comer a los perros y a los burros mientras ella trabajaba.

—¿Has comido? —preguntó él.

—Sí, pizza. Sobre las ocho. Estoy bien.

Se quitó los zapatos y se arrancó los calcetines. Tenía los talones secos y agrietados. Llevaba semanas queriendo prestarles algo de atención, ponerse crema al menos; una de tantas tareas de cuidado personal que siempre acababan relegadas y olvidadas. Más tarde, pensó. Cuando esto termine.

Ned le dejó en la encimera un plato con galletas saladas y queso, manzana cortada y tiras de pimiento. No dijo nada sobre la hora —casi la una de la madrugada— ni sobre el hecho de que ella estuviera sentada en el suelo de la cocina.

—Cuéntame lo que puedas —dijo.

Ella le habló de los mensajes enviados desde el teléfono de su padre.

Se le habían grabado a fuego en una parte del cerebro que no se apagaría hasta que lo encontraran.

Le explicó la pista de París y lo de las tres posibles mujeres.

Admitió que la policía y la CIA apenas habían encontrado nada más que les indicara por dónde seguir. No mencionó el dedo amputado.

Él escuchó sin interrumpirla.

—Pensaba que esto tendría que ver con dinero —dijo ella—. O que pretendían presionarnos para exigir algo. Pero ya no lo creo. Quienquiera que esté detrás de esto perdió a un ser querido en una tragedia. Eso lo entiendo muy bien. Pero esa persona perdió el norte.

—¿Has hablado con tu hermano?

—Lo he llamado de camino. También le he dejado un mensaje a mi abuelo. Solo para decirle que, a medianoche, aún no había buenas noticias.

Se comió el queso y las rodajas de manzana, dando pequeños bocados a Myrtle.

—Yo me ocuparé de los animales por la mañana. Vendrá alguien a la una para volver a darles de comer —dijo Ned—. Me llevaré a Myrtle al trabajo para poder vigilarla.

—Estupendo, gracias.

Arriba, Victoria se cepilló los dientes, se cambió de ropa y se tumbó en su lado de la cama, sobre unas sábanas frescas y limpias.

Los perros los habían seguido escaleras arriba y se habían instalado en las camas caninas repartidas por la amplia habitación. Big Ed dio vueltas hasta quedar satisfecho y después se dejó caer con un gruñido.

Victoria se quedó mirando el techo, incapaz de desconectar el cerebro.

Era aprensiva por naturaleza, de las que ven el vaso medio vacío.

Lo había aceptado hacía mucho tiempo. No era una preocupación destructiva que la paralizara y le impidiera actuar.

Se trataba más bien de una visualización constante y automática de todo lo que podía salir mal.

Esa inclinación le permitía anticiparse a los acontecimientos y le resultaba muy útil en el trabajo.

Lo era menos a la una de la madrugada, cuando necesitaba dormir.

Los engranajes de su cerebro no dejaban de girar. Oía su propia voz repasando lo que habían averiguado y lo que aún tenían que hacer.

A primera hora del día siguiente, hablarían con Interpol y recabarían más información sobre las tres jóvenes que habían muerto en París.

Alguno de aquellos trágicos casos podría conducirlos hasta los hombres desaparecidos.

Tenía que ser así. La mera idea de que aún no estuvieran siguiendo la pista correcta resultaba insoportable.

La imagen de Emily Young invadió su mente. La familia de Emily era de la zona.

Consultó el teléfono una última vez, por si había llegado otro mensaje y, de algún modo, no lo había visto.

Ningún mensaje nuevo de nadie.

Esperaba que las demás agencias estuvieran teniendo más suerte a la hora de localizar a los hombres.

Se acercó a Ned hasta que sus cuerpos se tocaron de los hombros a los pies. Entrelazó el brazo con el suyo y cerró los ojos.

Necesitaba dormirse para poder volver al trabajo.

Uno de los perros se movió en su cama y soltó un fuerte resoplido.

Cuatro horas y cincuenta y tres minutos para volver a ayudar a encontrar a su padre.