Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 29. CAPÍTULO 29
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29. CAPÍTULO 29

V ictoria y Rivera regresaron a la sala de reuniones del FBI poco después de las siete de la tarde del domingo.

Sobre la mesa de reuniones había una caja de pizza abierta. Solo faltaban unas porciones.

Rivera cogió una. —No has comido nada en todo el día —le dijo a Victoria.

Tenía razón. Nada desde los bocadillos del desayuno que Sam había encargado hacia las diez de la mañana. Cogió una porción de pizza. Sam siempre se acordaba de que era vegetariana.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó Sam.

—Dos callejones sin salida —respondió Victoria—. ¿Ha pasado algo mientras no estábamos?

—Sí. —Sam frunció el ceño—. Los medios ya se han echado encima de la historia.

Victoria no debería haberse sorprendido. Con tantas agencias implicadas, el alto cargo diplomático de Harrison y la fortuna de Lawrence, la historia tenía todos los ingredientes para convertirse en una noticia de enorme repercusión. Las filtraciones eran inevitables.

Sam giró el portátil para mostrarles una página web de noticias. El titular rezaba: «Cuatro hombres secuestrados en Georgetown: el FBI busca al jefe de Protocolo Harrison Porter, a un agente de la CIA y a otros dos hombres».

—Solo han hecho público el nombre de Harrison —dijo Sam—. La CIA no quiere confirmar la identidad de Jake.

Victoria se apretó las sienes con los dedos y empezó a moverlos en lentos círculos para aliviar la tensión. —¿Qué más?

—Nos están acribillando a todos con avisos. Solo el FBI ha recibido más de doscientas llamadas en la última hora. Nos pasarán cualquier pista que parezca creíble.

—¿Alguna hasta ahora? —preguntó Rivera.

—Un testigo vio a unos hombres trasladar objetos grandes con forma de alfombra desde un todoterreno negro hasta una camioneta.

El horario encaja, pero el lugar no estaba ni cerca de donde la policía encontró el todoterreno abandonado.

—Sam se encogió de hombros—. A veces una alfombra no es más que una alfombra.

Otro ciudadano ha informado de actividad sospechosa cerca de un almacén abandonado al sur de aquí. Los inspectores ya van de camino.

Victoria siguió masajeándose las sienes.

Cada noticia provocaría más llamadas. Videntes.

Teóricos de la conspiración. Gente que quería involucrarse en la investigación.

La información que necesitaban podía quedar sepultada.

Perderían más tiempo siguiendo pistas falsas.

Por otra parte, la cobertura mediática quizá fuera de ayuda.

Alguien podía haber visto a los hombres o a sus captores.

Piensa en positivo, se dijo. El vaso está medio lleno. No medio vacío y perdiendo agua.

El teléfono le vibró en el bolsillo.

Lo sacó y vio «Papá» parpadeando en la pantalla. Se le cortó la respiración.

—He recibido otro mensaje —dijo.

Con una súbita oleada de esperanza y miedo, lo leyó en voz alta.

—Sigue SIN haber confesión. CERO responsabilidad. Puede que averigües de qué va todo esto y los encuentres antes de que esos cretinos privilegiados digan la verdad. Ella estaba en la Ciudad de la Luz, empezando su vida. Él acabó con ella. Por fin va a pagar.

Victoria guardó silencio mientras asimilaba el mensaje. Los mensajes daban a entender que sus captores querían o esperaban que los encontrasen.

—El tono y las mayúsculas me dicen que están perdiendo la paciencia —dijo Rivera—. Hay mucha información concentrada ahí. La Ciudad de la Luz. París.

—París —confirmó Sam.

—Entonces, ¿esto no tiene que ver con Georgetown? —preguntó Victoria.

—No lo sé. —Rivera escribió en la pizarra blanca: Víctima femenina. París.

—Una joven que estaba empezando su vida —dijo Victoria—. Una chica que acababa de terminar el instituto. Otra víctima de Lawrence. Una a la que aún no hemos encontrado. A punto de empezar la universidad.

—O de iniciar su carrera profesional —dijo Sam—. O acababa de casarse.

Rivera añadió esas posibilidades a la pizarra.

—Estoy consultando los archivos policiales de París —dijo Sam—. Ciudadanas estadounidenses fallecidas hace unos diez años.

Victoria acercó el portátil y abrió la base de datos de Interpol. —Yo buscaré casos de personas desaparecidas. Muertes sin resolver. Cualquier cosa sospechosa ocurrida en mayo.

La sala de reuniones quedó en silencio mientras los agentes buscaban en internet. Un reloj marcaba los segundos en la pared. Fuera, el cielo se oscurecía.

Victoria repasó los resultados de la búsqueda. La mayoría de las muertes tenían explicaciones claras. Causas naturales. Accidentes documentados. No había encontrado ninguna que exigiese una confesión.

Hasta que la encontró.

Un atropello con fuga.

La víctima se llamaba Emily Young. Tenía veintidós años.

Hizo clic para seguir leyendo.

Desde el otro lado de la mesa, Rivera dijo: —Tengo un nombre.

Kyla Mitchell. —Rivera se aclaró la garganta y leyó de la pantalla—.

Tenía veintitrés años cuando murió. La encontraron en la habitación de su hotel el 2 de mayo.

La causa oficial de la muerte fue una sobredosis accidental.

—Hizo una pausa y entornó los ojos ante la pantalla—.

Pero sus amigos y familiares insistieron en que no consumía drogas.

Otro huésped del hotel la vio la noche anterior con un hombre mayor muy bien vestido.

Hablaba inglés con acento estadounidense.

La policía nunca logró identificarlo ni localizarlo.

Victoria tomó notas. —¿Qué hacía en París?

—Estaba visitando a una amiga —dijo Rivera, leyendo el expediente—. Pero escucha esto: se había prometido con su novio de la universidad apenas dos semanas antes. A eso podría referirse lo de «empezando su vida». Puede que el prometido todavía guarde rencor si alguien fue responsable de su muerte.

—Tengo una historia parecida —dijo Sam—.

Jessica Torres, veintisiete años. Una estudiante de doctorado estadounidense en la Sorbona.

Desapareció el 9 de mayo tras salir una noche con sus amigos por el barrio del Marais.

Unos vecinos encontraron su cadáver en el Sena dos semanas después.

La policía calificó la muerte de ahogamiento accidental.

—Las dos muertes son posibles —dijo Victoria—, pero esta también. Emily Young, veintidós años. Acababa de graduarse en Boston College. Murió el 16 de mayo, hace diez años, después de que un vehículo la atropellara. El conductor huyó del lugar.

Miró la fotografía de la víctima. Llevaba el pelo oscuro recogido en una coleta. Tenía una sonrisa radiante y segura. Vestía una sudadera de Boston College.

Se graduó el 9 de mayo. Murió el 16 de mayo.

—Tenemos tres posibles víctimas —dijo Rivera—. Tres muertes en circunstancias dudosas. Todas durante importantes transiciones vitales: una graduación, un compromiso, la finalización de un doctorado.

—Pero solo una de las familias es de aquí —dijo Victoria.

Rivera asintió. —Pidamos a la policía francesa los expedientes completos de los casos y hablemos con quienes las conocían.

—Me pondré en contacto directamente con Interpol —dijo Sam—. Será más rápido que seguir los cauces oficiales.

—Mientras investigamos a cada víctima, averiguad si existe alguna conexión con cualquiera de los hombres secuestrados. —Victoria volvió la cabeza y reprimió un bostezo que la sorprendió sin previo aviso.

Rivera fue el siguiente en bostezar. Miró el reloj y luego recorrió la mesa con la vista. —Ya ha pasado la medianoche. Idos a casa. Dormid. Volveré a las siete de la mañana.

—De acuerdo —dijo Victoria, aunque no quería dejar de trabajar—. Avísame si te enteras de algo antes.