Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 28. CAPÍTULO 28
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28. CAPÍTULO 28

U na valla alta rodeaba la obra. Al otro lado se alzaban los cimientos de un futuro complejo de uso mixto. Varios obreros con casco se movían entre la maquinaria. El estruendo de los martillos neumáticos llenaba el aire.

Cuando Victoria y Rivera se acercaron a la puerta de acceso, un hombre con casco y chaleco reflectante los esperaba.

Rondaba los cincuenta, tenía una constitución musculosa y parecía molesto por la interrupción.

Apartó de una patada un objeto metálico.

Sus botas de trabajo estaban cubiertas de polvo de hormigón.

—¿Michael Davis? —llamó Victoria al llegar hasta él.

—Sí. Y vosotros sois del FBI.

Mantuvo los brazos cruzados mientras le mostraban sus credenciales. Su mirada descendió hasta la mano de Victoria cuando ella levantó la placa.

La miró a los ojos y preguntó:

—¿Qué le pasó en los dedos?

—Congelación —respondió Victoria.

Davis levantó la mano izquierda.

—Yo también perdí dos hace unos años. Un accidente con una motosierra. Todavía los noto. A veces me vuelve loco.

—A mí me pasa lo mismo. Siento dolor y picor fantasma.

—Nada parece aliviarlo —dijo Davis.

—Yo tampoco he encontrado nada —contestó Victoria—. ¿Hay algún sitio más tranquilo donde podamos hablar?

—Eh... Sí. La caseta. —Señaló una pequeña oficina de obra. Sortearon equipos y montones de materiales hasta llegar a ella y entraron. El reducido interior estaba atestado de planos, manuales de seguridad y artículos para preparar café.

Se sentaron ante una mesa portátil cubierta de diagramas. Davis dejó el casco en un estante situado a su espalda.

—Estamos aquí por Jules Johnson —dijo Victoria.

—¿Johnson? —preguntó Davis—. ¿Por qué? Sabéis que está muerto, ¿no?

—Sí, y sabemos que lo visitó tres veces en prisión antes de que muriera. ¿Por qué?

El rostro de Davis se endureció.

—Me debía dinero. Quince mil dólares. Más los intereses.

—¿Tiene alguna prueba? —preguntó Rivera.

Davis gruñó. Sacó un iPhone antiguo y pulsó la pantalla agrietada.

—Sí. Mirad esto. Conservo mensajes de texto antiguos. Nunca borré su contacto.

Victoria examinó los mensajes. Eran airadas exigencias de pago.

—¿Lo visitó en prisión para cobrar? —preguntó Rivera.

—Para intentarlo —dijo Davis—. De mucho me sirvió. No paraba de decir que me pagaría cuando saliera. Como si eso fuera a ocurrir. Estaba dentro por asesinato. No iba a salir.

—Entonces, ¿por qué siguió visitándolo? —preguntó Victoria.

—Pensé que podría hacer que se sintiera culpable y me dijera dónde había escondido el dinero.

O a quién podía reclamárselo. —Alzó las manos—.

Y entonces va y consigue que lo maten en prisión.

Ahora ya no recuperaré ese dinero jamás.

Así que sí, lo visité. Y estoy cabreado porque murió debiéndome dinero.

Un tren pasó retumbando por fuera, tan cerca que la caseta vibró. El sonido era grave y atronador y hacía traquetear las ventanas. Victoria esperó a que pasara antes de continuar.

—¿Dónde estaba ayer por la mañana? —preguntó Rivera—. Sobre las diez.

—Aquí. Trabajando. Teníamos programado un vertido de hormigón. —La mirada de Davis se aguzó—. ¿Por qué? ¿De qué va esto en realidad?

—Estamos investigando un secuestro —dijo Victoria mientras observaba su rostro—. Ayer se llevaron a cuatro hombres. Alguien exige una confesión a cambio de liberarlos. Podría estar relacionado con Jules Johnson.

Davis arrugó el rostro.

—¿Cómo?

—Puede que alguien quiera vengar su muerte —dijo Victoria.

Davis soltó una risa seca.

—¿Vengarlo? ¿De verdad creéis que le importaba tanto a alguien? A mí no. Yo quería que Jules siguiera vivo porque quería recuperar mi dinero. Por ninguna otra razón. Le guardaré rencor mientras viva. Espero que no, pero es algo difícil de olvidar. Tanto dinero.

Victoria miró a Rivera, que asintió levemente. Creían a Davis.

—Tendremos que verificar su coartada —dijo Rivera—. Denos una lista de personas que puedan confirmar que ayer estuvo aquí.

—Claro. Hablad con cualquiera de la obra.

Había treinta hombres aquí para el vertido.

—Davis se levantó y cogió el casco—. Jules Johnson me estafó.

Os prometo que no estoy intentando vengarlo.

—Llegó a la puerta y se volvió de golpe—.

Un momento. ¿Congelación? Vaya. Usted es la mujer del avión.

Es... Heslin. Como ha dicho. Acabo de caer.

Jules acabó provocando la muerte de su madre.

—Sí —respondió Victoria—. Jules también me arrebató algo a mí. Como ha dicho, es algo difícil de olvidar.

Antes de abandonar la obra, los agentes consiguieron los nombres de cuatro compañeros de trabajo, y todos confirmaron por separado la coartada del encargado.

—Davis está limpio —dijo Rivera mientras regresaban al coche—. Solo es un tipo que quería recuperar su dinero.

Victoria caminaba con las manos entrelazadas a la espalda, asiéndose las muñecas.

Ya había investigado dos veces el pasado de su padre. Negocios. Relaciones. No había encontrado nada más sospechoso. No tenía ninguna otra pista que seguir. Lo cual significaba que su padre no podía ser quien tenía que confesar.

Al menos habían identificado a la familia de Allison Hammond. Aquella pista parecía más prometedora. Victoria creía ahora que Lawrence Goodman era culpable de algo que iba mucho más allá de hacer sentir incómoda a otra persona.

Su teléfono sonó mientras Rivera abría el coche. Un prefijo 850. Florida.

—Agente Heslin.

—Soy el agente Carver, de la oficina de Pensacola. Hemos ido a la residencia de los Hammond. La familia está en casa. El viernes operaron al padre para ponerle una prótesis de rodilla.

Victoria se apoyó en la puerta del copiloto.

—¿Está seguro?

—He hablado personalmente con él. Está en un sillón reclinable con una bolsa de hielo sobre la rodilla.

No ha salido de casa en tres días. La madre lo ha confirmado y lo hemos verificado con el hospital.

Han colaborado en todo momento. Querían asegurarse de que supiéramos que no habían hecho nada malo.

—¿Qué impresión le han dado?

—Que esas personas no tienen nada que ver con el secuestro que están investigando.

—De acuerdo. Gracias por comprobarlo. —Colgó.

Rivera la miró por encima del techo del coche.

—No han sido los Hammond —dijo ella.

Rivera asintió una sola vez.

Otro nombre descartado, aunque, si seguían investigando la vida de Lawrence Goodman, quizá tuvieran que volver a hablar con los Hammond en algún momento.

Subió al coche y el ruido de la obra se fue apagando.

El sonido de otro tren que pasaba resonó a sus espaldas mientras se alejaban.