Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 27. CAPÍTULO 27
52%

27. CAPÍTULO 27

R ivera aparcó delante de un edificio de apartamentos reformado en Q Street.

Mary Liskoff les abrió mediante el portero automático y salió a recibirlos al rellano de la tercera planta. Rondaba los veintitantos, aunque parecía más joven. Tenía el pelo rubio claro y los ojos azules como Victoria.

Los agentes le mostraron sus credenciales.

Mary los invitó a pasar.

Un pequeño labradoodle se abalanzó sobre ellos nada más entrar.

—Estos perros suelen ser hipoalergénicos —dijo Victoria, recordando que Rivera tenía una fuerte alergia al pelo de perro.

Rivera se abstuvo de tocar al animal mientras se sentaban en un sofá de dos plazas en el pequeño salón de Mary.

A unos pasos de ellos, Mary se acomodó en el borde de un sillón, como si pudiera verse obligada a huir en cualquier momento.

El perro se dejó colmar de atenciones por Victoria y luego se tumbó en el suelo junto a su dueña, observándolo todo.

—Gracias por recibirnos con tan poca antelación —dijo Rivera—. Estamos investigando un asunto relacionado con Lawrence Goodman. Según tenemos entendido, su fundación le ofreció una beca y usted la rechazó.

—Así es. —Mary entrelazó las manos.

—¿Puede decirnos por qué? —preguntó Victoria.

La mirada de Mary pasó de un agente al otro.

—Todo lo que diga quedará entre nosotros, a menos que sea necesario para iniciar un proceso judicial —dijo Rivera.

Mary levantó la cabeza de golpe.

—¿Un proceso judicial contra Lawrence Goodman?

—Estamos recabando información —dijo Victoria.

—¿Se han quejado otras chicas? —preguntó Mary—. ¿Por eso están aquí?

—Es usted la primera con la que hablamos —dijo Rivera—. Pero la información que pueda proporcionarnos podría ser crucial. Necesitamos saber si hay algo que investigar. Si alberga alguna preocupación respecto al señor Goodman, por favor, cuéntenosla.

—Tenía quince años cuando recibí la carta de invitación. Decía que la fundación se había fijado en el acto benéfico contra el cáncer que organicé con una amiga. Su madre tenía cáncer de ovario. —Las palabras brotaron atropelladamente de la boca de Mary, como si llevara años conteniéndolas.

—¿Cómo supo él de su existencia? —preguntó Rivera.

—En mi segundo año de instituto, se hizo viral en internet una publicación en la que aparecía durante el acto benéfico.

Llevaba unos pantalones muy cortos, la parte de arriba de un bikini y dos coletas.

Intentaba parecer mona. Alcanzó un millón de visitas.

—Acarició a su perro—. El caso es que...

no era una estudiante brillante. Sacaba buenas notas, pero nada extraordinario.

La beca cubría todos los gastos de la universidad, además de la manutención.

Mis notas no me permitían acceder a la mayoría de las universidades que me sugirió el señor Goodman.

Pero él decía que veía potencial en mí. Lo único que tenía que hacer era mantener una nota media de 3,5 en el instituto y asistir cada trimestre a una cena con él para hablar primero de mi futuro y luego de mis progresos.

Victoria tomó notas.

—¿Asistió a alguna de esas reuniones?

—A dos. La primera fue en grupo. La segunda fue a solas con Lawrence.

No me lo esperaba. En el Ritz-Carlton. Cenamos en una zona privada de la azotea.

—Mary retorció las manos—. Era mayor que mi padre, tenía una edad más cercana a la de mi abuelo, y así era como yo lo veía.

Me ofreció vino. Dijo que quizá fuera la mejor cosecha que probaría en toda mi vida, aunque sabía que yo era menor.

Dijo que en Europa hasta los niños beben vino durante la cena, pero también que no debía contárselo a nadie. Sería nuestro pequeño secreto.

Mary apretó la mandíbula y apartó la mirada de ellos para fijarla en una lámina enmarcada de hortensias blancas.

Victoria y Rivera esperaron a que continuara.

—Así que me convencí a mí misma, o convencí a la cría de quince años que era entonces, de que más me valía beber aquel vino ridículamente caro o me perdería la oportunidad y nunca llegaría a ser una mujer sofisticada y madura.

Recuerdo que me sentía mareada mientras él hablaba de las ventajas de la beca.

Cuando terminamos de comer, dijo que su suite era el ático del hotel, que tenía unas vistas increíbles y que allí hablaríamos de mi futuro.

—La mirada de Mary se endureció—. Yo no era una ingenua.

No me fiaba de él. Me hacía una idea bastante precisa de lo que esperaba a cambio del dinero de aquella beca. Me revolvía el estómago.

Victoria mantuvo un tono neutro.

—¿Qué hizo?

—Me inventé una excusa porque no soportaba imaginar las zarpas de aquel viejo encima de mí. Le dije que tenía que volver a casa para terminar un trabajo. Salí de allí y al día siguiente rechacé la beca. Dije que no pensaba ir a la universidad.

—¿Denunció lo ocurrido? —preguntó Rivera.

—¿Denunciar qué? ¿Que Lawrence Goodman me compró vino y me invitó a su habitación de hotel?

¿Que me hizo sentir incómoda? —Mary soltó una risa amarga—.

No me tocó. No me hizo ninguna proposición explícita.

No me obligó a beber. Y yo había firmado un acuerdo de confidencialidad, lo cual solo consiguió confundirme y hacerme temer que podría meterme en problemas si contaba algo.

—Fue acoso —dijo Rivera.

—Y se supone que es un multimillonario que hace muchísimo bien.

No dejan de elogiarlo por su generosidad.

Yo no tenía pruebas ni testigos. Si lo hubiera acusado de algo, sus abogados me habrían destrozado.

Ese hombre es poderoso. La gente poderosa hace lo que le da la gana y se sale con la suya. Todo el mundo lo sabe. No soy idiota.

Victoria entendía perfectamente por qué Mary no lo había acusado. No era más que una sensación, algo insuficiente. Lo mejor que podía hacer era apartarse de aquella situación e intentar borrar de su mente ese recuerdo desagradable. Pero, al igual que Victoria, Mary tampoco lo había olvidado.

—Siento que tuviera que pasar por eso —dijo Rivera.

—Podía elegir, y elegí —dijo Mary—. No necesitaba ir a una universidad de élite, y mucho menos si eso implicaba quedar en deuda con ese tipo. Pero siempre he pensado que no puedo ser la única persona que acabó en una situación así.

—Probablemente no —dijo Rivera.

Mary bajó la vista hacia su perro.

—Hay otra persona de la que deberían saber para su investigación.

—¿Quién? —preguntó Victoria.

—Allison Hammond. Recibió una beca al mismo tiempo que yo. La conocí en la cena de grupo. Nos parecíamos muchísimo. Tanto que los demás nos preguntaban si éramos hermanas. Ella aceptó la beca. Firmó los acuerdos de confidencialidad. Se reunió con él más de dos veces.

—¿Cree que hablará con nosotros?

—Sé que no lo hará —respondió Mary.

—¿Por qué no? —preguntó Rivera.

—Porque se suicidó unos meses después de que la conociera.

Victoria guardó silencio mientras asimilaba la trágica noticia.

—¿Cree que Lawrence tuvo algo que ver con su suicidio? —preguntó Rivera.

Mary asintió.

—Me llamó para averiguar qué había pasado durante mi reunión privada con Lawrence.

Quería saber por qué había rechazado el dinero.

Se lo conté todo. Le daba miedo decir demasiado, supongo que por el acuerdo de confidencialidad, y sus padres estaban encantados con la beca.

Él debió de hacerle daño o abusar de ella, y Allison no sabía qué hacer al respecto.

Dejó de responder a mis llamadas. Unas semanas después, estaba muerta.

Victoria anotó el nombre en su cuaderno.

—¿Sabe dónde podemos encontrar información sobre Allison? ¿Familiares, amigos?

—Sus padres viven en Florida. No sé cuánto les contó. Probablemente nada, puesto que ni siquiera hablaba conmigo.

Victoria se levantó.

—Gracias, Mary. Nos ha sido de gran ayuda.

—¿De verdad? —Mary los acompañó hasta la puerta—. Porque han pasado diez años desde que Allison murió y Lawrence sigue concediendo becas. Supongo que aún mantiene «reuniones de mentoría» con alumnas de instituto.

—Lo investigaremos —dijo Rivera.

Mary se tocó el cuello.

—No quiero que mi nombre aparezca en ningún informe. Pero tampoco quiero que otras chicas pasen por lo mismo que Allison.

Los agentes dieron las gracias a Mary y se marcharon.

—No va a ser la única con una historia así —dijo Rivera.

—No, no lo será —coincidió Victoria.

La prioridad de las fuerzas del orden que trabajaban en aquel caso era localizar a los hombres secuestrados y detener a quienquiera que los hubiera raptado. Una vez que lo consiguieran, podrían investigar a Goodman más a fondo y quizá reunir pruebas suficientes para presentar cargos contra él.

Por el momento, habían encontrado a una familia con motivos para querer que Lawrence confesara.

—Hablemos con los Hammond —dijo Victoria—. Veamos qué pueden contarnos sobre la relación entre Allison y Goodman.

Mientras Rivera se alejaba en coche de la calle de Mary, Victoria hizo una búsqueda en el teléfono.

—La madre, Lisa Hammond, es enfermera instrumentista quirúrgica en Destin, Florida. Tendría acceso a anestésicos de uso médico como los restos hallados en el todoterreno.

Victoria dejó un breve mensaje para la familia. Después buscó el número de la oficina local de Pensacola.

—FBI de Pensacola —respondió un hombre.

—Soy la agente especial Victoria Heslin, de la oficina local de Washington, placa 4473222. Necesito que envíen a un agente a una dirección particular de Destin. Está relacionada con una investigación activa por secuestro. Hay varias víctimas. Necesito que vigilen esa dirección cuanto antes.

—¿Qué estamos buscando?

—Confirmación de que los residentes están allí y de que han permanecido en la zona.

Las personas de interés son Lisa Hammond, enfermera quirúrgica, y su marido.

Todavía estoy buscando el nombre completo de él.

No tenemos orden judicial. Se trata solo de comprobar su paradero.

Necesito saber si están en casa, cuánto tiempo llevan allí y si hay algo fuera de lo normal.

—Podemos tener a alguien allí en menos de una hora.

—Se lo agradezco. Llámeme cuando tenga información. —Le dio su número—. Y, por favor, trátenlo como un asunto urgente. Tengo a cuatro hombres desaparecidos.

—Entendido, agente Heslin. Nos pondremos en contacto.

Victoria terminó la llamada y dejó el teléfono sobre su regazo.

—¿Mientras tanto sigues queriendo ver a ese tal Davis? —preguntó Rivera—. El que visitó la cárcel.

—Sí. —Introdujo la dirección de su domicilio en el teléfono—. Su casa está a solo quince minutos de aquí.

—Llama antes. Asegúrate de que esté en casa.

Victoria encontró su número y lo marcó.

—¿Sí? —respondió un hombre. Al fondo se oía el ruido de unas obras: maquinaria, gritos, el pitido de un vehículo dando marcha atrás.

—¿Es usted Michael Davis?

—¿Quién pregunta?

—Soy la agente especial Heslin, del FBI. Necesito hablar con usted. ¿Está en casa?

El ruido de fondo continuó: un martillo neumático y alguien que gritaba instrucciones.

—¿Es del FBI? ¿De qué se trata?

—Preferiría hablarlo en persona.

—Estoy trabajando.

—¿Suele trabajar los domingos? —preguntó Victoria.

—Cuando hace falta. Llevamos retraso. ¿Por qué quiere hablar conmigo?

—Se trata de un caso de desaparición. ¿Dónde está?

Se produjo otra pausa. Davis estaba sopesando claramente si cooperar o no.

—¿Tiene que ver con alguno de mis hombres? ¿Se ha metido alguien en problemas?

—Solo necesitamos hacerle unas preguntas. ¿Dónde está la obra?

Davis suspiró.

—En Nations Road. Es un proyecto urbanístico enorme, no tiene pérdida. Somos los únicos que estamos trabajando en esta manzana.

—Estaremos allí en quince minutos.

—Mire, estoy trabajando. ¿No puede esperar hasta...?

—No puede esperar. Vamos para allá.

—De acuerdo. Pregunte por mí en la entrada. —Colgó.

—Está en una obra. Podemos localizarlo allí —dijo Victoria mientras trazaba la ruta al nuevo destino en el teléfono—. Está cerca de la estación de tren.

Arrancaron el coche y se pusieron en marcha.