26. CAPÍTULO 26
T homas había perdido su reloj interno. Se había hecho añicos.
El enorme sótano parecía ahora más pequeño. El miedo, el tiempo y el aire fétido habían comprimido el espacio desde su llegada.
A unos cuatro metros y medio de distancia, Lawrence se apoyaba contra la pared, con las manos juntas ante sí y los ojos cerrados. Rezaba, meditaba o trataba de desaparecer dentro de sí mismo.
Harrison yacía en el catre, envuelto en mantas manchadas de sangre. Tenía la mano mutilada sobre el pecho. Llevaba horas sin decir nada coherente. Se rascaba el brazo con la mano sana y repetía el movimiento incluso después de haberse abierto la piel.
Harrison nunca le había caído demasiado bien a Thomas, ni siquiera antes de que acabaran atrapados juntos.
El discurso del hombre durante la ceremonia de graduación había sido más autocomplaciente que inspirador.
Pero ahora sentía lástima por el diplomático.
Entre el síndrome de abstinencia y la herida, era quien peor lo estaba pasando.
Sentado lo más lejos posible de los cubos y respirando a través de la manga, Thomas apartó sus pensamientos de Harrison y de aquella repugnante habitación y pensó en Victoria.
Antes de marcharse del campus, debería haberle dicho que la quería, que su discurso había sido increíble y que no podía estar más orgulloso. Ojalá le hubiera dicho todas esas cosas.
¿Los estaría buscando en ese momento? ¿Estaría acotando su ubicación? ¿Habrían dejado alguna pista?
El silbato del tren volvió a sonar. Cuando cesó, oyó unos golpes rítmicos.
—¡Otra vez! ¿Qué está pasando? —gritó Lawrence—. Cuando salgamos de aquí, me aseguraré de que quienquiera que esté haciendo esas obras pague por su estupidez. ¿Cómo es posible que no sepan que estamos aquí abajo?
—Parece una maza —respondió Jake.
Un estrépito llegó desde arriba. Las luces fluorescentes parpadearon.
Harrison dejó escapar un gemido gutural que puso a Thomas la carne de gallina.
Cerró los ojos. El frío del suelo se filtraba a través de su ropa.
El dolor de espalda había empeorado. Se preguntó por qué solo había dos catres en vez de cuatro.
Los catres tenían colchones finos, pero en aquel momento no le habría importado dormir en uno.
Sin embargo, Lawrence era mayor y Harrison estaba hecho un desastre.
Thomas y Jake les habían cedido los catres para dormir sin pensárselo demasiado.
De algún modo, en medio de la desdicha y el ruido, Thomas se quedó dormido y no oyó el chasquido de la cerradura ni vio entrar a su captor.
—¿Estáis listos para confesar? —Su voz resonó a través del modulador e hizo que Thomas se levantara del suelo de un salto.
—Estamos listos para largarnos de una puta vez —respondió Lawrence—. Harrison necesita un médico.
—Entonces, ¿cuál de vosotros está dispuesto a decirme la verdad?
Jake se puso en pie.
—Necesitamos más información. Mencionaste que una mujer murió sobre unos adoquines. Pero eso no basta. Tienes que...
—¿Que tengo que...? —La voz de su captor subió de tono—. ¿Crees que estás en situación de exigir nada?
Lawrence se levantó con las manos en las caderas.
—Te das cuenta de que acabas de cortarle un dedo a un miembro del gabinete, ¿verdad? Soy uno de los hombres más ricos del país. Uno de nosotros tiene una hija que es una famosa agente del FBI. Todo el mundo nos está buscando ahora mismo.
Una gélida oleada de furia recorrió las venas de Thomas. No quería que su captor centrara su atención en Victoria. No quería que pensara en ella en absoluto.
—Hemos cooperado —continuó Lawrence—. Te di una confesión y, desde entonces, no hemos dejado de intentar averiguar qué quieres.
¿Y tú respondes mutilándonos? ¿Amenazando con enviar partes de nuestros cuerpos a nuestras familias?
Eres un psicópata y, cuando nos encuentren, te pudrirás en la cárcel durante el resto de tu vida.
Así que asume las pérdidas y déjanos marchar.
Ahora mismo. Antes de que la situación empeore aún más para ti.
Su captor no se movió.
Thomas contuvo la respiración.
Entonces el hombre se echó a reír. El modulador convirtió el sonido en una carcajada distorsionada.
—Me da igual lo que me pase después de esto. —Se acercó más a Lawrence—. Lo único que me importa es haceros pagar. Las cosas solo van a empeorar para vosotros.
Thomas levantó las manos, como en una especie de gesto conciliador.
—Entendemos que perdiste a alguien que te importaba. Por favor, dinos qué ocurrió para que el hombre que lo hizo pueda disculparse.
—Os di pistas. ¿Cómo podéis no saberlo? —aulló su captor—. ¿Hasta qué punto sois unos depravados?
—Cortarle un dedo no ha ayudado —dijo Jake, con una dureza que Thomas no le había oído hasta entonces—. Ya estaba sufriendo el síndrome de abstinencia. Y ahora, el shock y la pérdida de sangre. No hacía falta que...
Su captor se volvió hacia Jake con una velocidad pasmosa.
—¡No me des lecciones! —La voz distorsionada se quebró de rabia—. ¡No tienes ni idea de lo que he tenido que soportar!
Jake retrocedió con las manos en alto.
—Estamos intentando recordar. Averiguarlo. Pero no nos estás dando suficiente...
—Deberíais saberlo. El mundo entero debería saberlo. ¡Y lo sabrá! Cuando haya terminado aquí, lo sabrá.
—Mira —dijo Jake en tono razonable—. Si lo hizo Harrison, es muy posible que de verdad no lo recuerde. Es alcohólico. Todos podemos verlo. Puede sufrir lagunas mentales. Podría haber matado a alguien y ni siquiera...
—¡No quiero excusas! —Su captor agarró el cuchillo.
—No estoy poniendo excusas. —La voz de Jake seguía serena, como si mantuviera una conversación normal con un amigo sobre dónde ir a comer—. Estoy intentando entender...
El cuchillo relampagueó.
Jake se llevó la mano a un lado de la cabeza.
—¡Pero qué...! —La sangre se filtró entre sus dedos.
—Eso es por cuestionar mis métodos —dijo la voz distorsionada.
Su captor se marchó.
La puerta se cerró de golpe. La cerradura emitió un chasquido.
—¿Qué te ha hecho? —preguntó Thomas.
Jake bajó la mano ensangrentada. La curva superior de la oreja había desaparecido, cercenada de un tajo limpio.
—Solo ha sido la parte de arriba. No la oreja entera.
Thomas no pudo evitar preguntarse quién recibiría aquel pedazo de oreja.
—Sigue haciendo presión —le dijo a Jake, tal como Jake le había indicado antes a Harrison.
Jake volvió a llevarse la mano a la cabeza. La sangre le corría por el cuello y teñía de rojo el cuello de la camisa de vestir.
Thomas miró a su alrededor. Jake y él ya habían sacrificado sus camisetas interiores por el dedo de Harrison.
—Lawrence, dame tu camiseta.
Lawrence no se movió.
—Tu camiseta —espetó Thomas a Lawrence—. La necesitamos.
Lawrence parecía paralizado.
—No llevo ninguna.
—Sí que llevas —gritó Thomas—. Puedo ver la parte de arriba. Dámela. Rápido.
Lawrence se desabotonó la camisa de vestir. Se la quitó y entonces se detuvo.
—Daos la vuelta.
—¿Qué? —replicó Thomas, desconcertado.
—Daos la vuelta o no os doy mi camiseta —dijo Lawrence.
Jake se volvió hacia la pared. Thomas esperó un segundo y luego hizo lo mismo.
Oyeron el roce de la tela. Entonces la sudada camiseta interior de Lawrence voló hacia ellos y aterrizó sobre el brazo de Thomas. Apestaba a un penetrante olor corporal.
Lawrence les daba la espalda, con los codos hacia fuera mientras volvía a abotonarse la camisa de vestir.
Thomas notó que una carcajada crecía en su pecho. No sabía por qué. Allí no había nada gracioso. Se le escapó una risa que sonó enloquecida y estrangulada. La reprimió con fuerza, temeroso de que no fuera a detenerse y de que, quizá, ni siquiera fuera una risa.
Rasgó la camiseta de Lawrence en varias tiras y las empapó con agua de una botella abierta.
—Aparta la mano —dijo Thomas.
Jake lo hizo y la sangre brotó como un diminuto géiser.
Thomas apretó la tela mojada contra la herida.
Jake siseó entre dientes, pero no se apartó.
Thomas envolvió la cabeza de Jake con la tira restante, a modo de vendaje, cubrió la oreja herida y la anudó al otro lado.
—Es lo mejor que puedo hacer.
Jake tocó la camiseta e hizo una mueca.
—Servirá. Las orejas sangran una barbaridad, pero no es mortal. Solo duele como el infierno.
Claro que dolía. Le faltaba parte de una oreja. La mayoría de los hombres estarían temblando por el shock o el dolor. Jake no. No había gritado ni gemido. Lo habían entrenado para desenvolverse en medio del caos. De no ser por su actitud, todo aquello sería aún peor.
Victoria poseía esa misma fortaleza. Durante los últimos años, había soportado traumas emocionales y físicos mientras trabajaba en distintas investigaciones.
Unos delincuentes le habían disparado a las afueras de Boston.
En otro caso, en México, la habían arrojado al océano lejos de la costa.
Más recientemente, una avalancha la había sepultado viva.
Y luego estaba la inimaginable experiencia que siguió al accidente de avión.
Había sobrevivido a todo, se había vuelto más fuerte y serena y había regresado al trabajo.
Thomas no estaba tan seguro de que aquello fuera bueno —que volviera al trabajo de campo—, pero el pecho le dolía de orgullo, y eso le daba la fe que necesitaba para superar aquello.
Su celda parecía un hospital de campaña después de una batalla. Las salpicaduras de sangre cubrían el suelo y las paredes. De los catres colgaban tiras ensangrentadas de camisetas usadas como vendas. El olor a sudor y a cuerpo se mezclaba con el hedor de los cubos del rincón.
—Esto es inadmisible —dijo Lawrence, con la camisa de vestir abotonada casi hasta el cuello—. La próxima vez que vuelva, tenemos que tomar el control de la situación.
Thomas arremetió contra él.
—No vuelvas a mencionar a mi hija delante de ese monstruo.
—¿Qué problema tienes, Thomas? Estaba intentando que entendiera las consecuencias —protestó Lawrence—. Además, oí su discurso. No parece una agente típica, pero no le ha ido nada mal.
—¿Que no le ha ido nada mal? —repitió Thomas—. ¡Es mucho más que eso, Lawrence! Ella no estaba en el escenario solo por haber donado dinero, como tú.
—Muy bien. Mira, lo importante es que ella está ahí fuera. No atrapada aquí con nosotros. ¿Qué podría hacerle?
Thomas no quería pensar en lo que podría hacerle.
En cierta ocasión, un asesino en serie se había obsesionado con Victoria.
La situación no había terminado bien, y aquella experiencia había sacudido los cimientos de su mundo.
Fue entonces cuando Thomas comprendió por primera vez el peligro al que se enfrentaba su hija al hacer su trabajo.
Era una agente competente, pero él seguía siendo su padre. Su deber era protegerla como pudiera.
—Limítate a no volver a mencionársela —dijo Thomas—. Piensa antes de hablar. Amenazarlo lo enfurece y alguien acaba pagándolo. Primero, el dedo de Harrison. Ahora, la oreja de Jake.
—Eso no es culpa mía...
—Tiene razón. —Jake habló entre dientes—. A partir de ahora, será mejor que no digas nada.
—Estaba intentando ayudar —dijo Lawrence—. Alguien tiene que hacer algo. No podemos permitir que esto continúe.
En eso Thomas estaba de acuerdo, pero ¿qué podían hacer? Volvió a dejarse caer contra la pared. Estaba exhausto. Agotado hasta los huesos por el miedo y la impotencia.
Arriba, los golpes comenzaron de nuevo.
—Tenemos que darle la respuesta que quiere —dijo Thomas. Llevaban días repitiendo lo mismo una y otra vez, sin conseguir nada.
Se oyó un golpe más fuerte y del techo cayó una fina lluvia de polvo. Se posó sobre las mantas y el frigorífico y se mezcló con la sangre del suelo.
Alguien estaba desmontando el edificio pieza a pieza.
Igual que su captor hacía con ellos.