25. CAPÍTULO 25
U n correo electrónico de la prisión llegó a la bandeja de entrada de Victoria cuando entró en la sala de conferencias del FBI. Un funcionario de prisiones le había enviado una lista de las personas que se habían registrado para visitar a Jules Johnson durante su encarcelamiento.
Repasó los nombres. No tardó mucho. Jules no estaba casado. No tenía hermanos. Ni amigos íntimos.
Solo seis personas lo habían visitado durante su encarcelamiento.
Aquello le decía mucho. Poca gente se preocupaba por Johnson.
Dos eran sus abogados de oficio, que se ocupaban de los recursos habituales posteriores a una condena.
Otros dos eran investigadores del Servicio de Alguaciles de Estados Unidos que habían acudido para realizar entrevistas rutinarias.
Una era una mujer llamada Linda Johnson. La madre de Jules. Iba a verlo una vez al año, por su cumpleaños. Una rápida comprobación de su edad y estado de salud permitió descartarla como alguien capaz de urdir un secuestro de gran repercusión mediática.
El sexto visitante era un desconocido.
Michael Davis. Fecha de nacimiento: 15/03/1982. Relación con el recluso: Asuntos profesionales.
Había mantenido contacto con Johnson tres veces en los meses anteriores a su muerte. Era un amigo. O algo más que un amigo. O un cómplice al que Johnson había estado protegiendo.
Era una mera conjetura, pero podía seguir investigándola.
Victoria introdujo el nombre y la fecha de nacimiento en las bases de datos del FBI. Su permiso de conducir había caducado tres años antes y lo había renovado con una nueva dirección en Washington D. C. En un currículum publicado en internet figuraba como encargado de obra.
Michael Davis no tenía antecedentes penales. Ni órdenes de detención pendientes. Su currículum mostraba una trayectoria laboral estable en el sector de la construcción.
Levantó la vista del portátil cuando Rivera regresó a la sala de conferencias con el teléfono en la mano.
Se le iluminó la cara al hablar. —He encontrado a una estudiante que rechazó una de las becas de Lawrence hace diez años.
Está en D. C. y he concertado una cita con ella.
Parecía nerviosa, pero quería hablar conmigo.
Resulta que los candidatos a sus becas tienen que firmar acuerdos de confidencialidad.
—Un acuerdo de confidencialidad para una beca —dijo Victoria—. No parece normal.
—No, yo tampoco creo que lo sea —convino Rivera—. He quedado con ella a las dos en su apartamento de Dupont Circle. ¿Puede venir conmigo? Tener a una agente nos ayudará.
—Iré —dijo ella.
Cerró el portátil, se puso en pie y cogió el impermeable del respaldo de la silla. —Yo también tengo algo que quiero investigar. Después de esta entrevista, me gustaría hacer otra parada para hablar con alguien.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo único que he encontrado hasta ahora que podría relacionar todo esto con mi padre.
Rivera no dijo nada y esperó a que se explicara mientras salían al pasillo.
—El hombre que secuestró a mi madre murió en prisión. Lo asesinó otro recluso. Fue un encargo. Hace diez años. El día en que mi madre habría cumplido años.
Rivera enarcó las cejas.
—Y solo he encontrado a una persona que visitara a Johnson en prisión, aparte de los abogados de oficio y los alguaciles. La única persona que podría querer vengarlo. Vive a las afueras de la ciudad. Quiero descartarlo.
—¿Qué relación podría tener con los hombres desaparecidos?
Victoria bajó la voz. —Si este tipo cree que mi padre pagó para que mataran a Johnson en represalia por lo que le hizo a nuestra familia... Es un motivo para ir a por mi padre.
Rivera vaciló antes de preguntar: —¿Cree que su padre tuvo algo que ver con ese encargo?
—No. No lo creo. Pero le prometí que investigaría el pasado de mi padre, y eso es lo que he hecho. Y esto es adonde me ha llevado.
—Podemos ir a verlo después —dijo Rivera—. Si hace falta. Si sigue siendo necesario.
—Bien. —Victoria se dirigió hacia la puerta—. Dos pistas, un solo viaje. Vámonos.
—Buena suerte —dijo Sam—. Avísame si recibes otro mensaje de los secuestradores.
Victoria y Rivera recorrieron deprisa el pasillo en dirección a los ascensores.
—La mujer con la que vamos a hablar se llama Mary Liskoff —dijo Rivera mientras esperaban el ascensor—. Aceptó una beca de la Fundación Goodman y después la rechazó. Pero ya había firmado el acuerdo de confidencialidad.
El ascensor llegó. Victoria pulsó el botón de la planta del garaje.
—Hace bien en tener cuidado con las consecuencias legales, pero, si Lawrence ha hecho algo, tenemos que saberlo.
—Una imagen de Lawrence en la biblioteca con un fajo de billetes cruzó la mente de Victoria—.
Le recordaré a Mary que otras chicas podrían estar en peligro.
Si le ocurrió algo, podría seguir ocurriéndoles a otras.
Alguien tiene que hablar. La culpa puede ser un incentivo mejor que el interés propio.
Las puertas del ascensor se abrieron en el aparcamiento. Rivera se quedó atrás para dejarla pasar primero. Mientras caminaban hacia el vehículo oficial del FBI, Victoria lo sorprendió mirándola.
Volvió a llover mientras conducían. Los peatones avanzaban deprisa por las aceras mojadas de Pennsylvania Avenue, con los paraguas inclinados contra el viento. Nadie hacía cola ante los puestos de comida ambulantes de la esquina de Ninth Street.
—¿Y si el secuestro se debe a algo completamente distinto y ahora mismo nos estamos desviando muchísimo? —preguntó Victoria.
—El secuestrador fue muy concreto al mencionar lo de hace diez años. Es prácticamente lo único que tenemos para tirar del hilo. Y la conexión con Georgetown. Dos de los cuatro hombres estuvieron allí aquel fin de semana.
—Si todo esto tiene que ver con Lawrence, ¿por qué secuestrar también a Harrison, a Jake y a mi padre?
—He estado pensando en eso —dijo Rivera, mientras conducía con una mano al volante—. La conclusión a la que siempre llego es la presión psicológica.
—¿A qué se refiere?
—Piénselo. Un hombre solo podría resistir.
Guardar silencio. Decidir que merece la pena proteger el secreto a cualquier precio.
Pero ¿cuatro hombres? —Negó con la cabeza—.
Eso cambia las cosas. Cada vez que uno de ellos se niega a hablar, otro sufre.
Pierde un dedo. Resulta herido. Están encerrados allí juntos y todos reciben el castigo por los actos de un hombre y, ahora, por su silencio.
Victoria se quedó inmóvil, porque su padre era uno de aquellos hombres.
—El secuestrador ni siquiera tiene que hacer gran cosa —continuó Rivera—. Solo tiene que esperar. Cuatro hombres, todos aterrorizados, todos desesperados... Se presionarán entre sí. Suplicarán. Negociarán. Las víctimas se convierten en interrogadores.
—Es un plan tremendo. Puede funcionar. Dios mío, podría ponerse muy feo, ¿verdad?
—Por eso no quería hablarlo con usted. No piense en esa parte —dijo Rivera.
—¿Cómo no voy a pensar en ello? Estoy pensando en absolutamente todos los aspectos de esta situación.
—Lo sé —respondió él.
Victoria creía que Lawrence era probablemente quien debía confesar. Su instinto había acertado tantos años atrás. Quizá, si se lo hubiera contado a alguien...
Mary Liskoff, la mujer que había rechazado la beca, tal vez sintiera lo mismo.
Estaban a punto de averiguarlo.