24. CAPÍTULO 24
L a habitación apestaba a todas las humillaciones que habían soportado.
Harrison se había llevado la peor parte. Primero, por el síndrome de abstinencia del alcohol, y después por el dedo amputado. Necesitaba analgésicos, antibióticos y cirugía.
Thomas intentó conservar la cordura. Agradecía que Jake estuviera allí.
Seguía sentado junto a Harrison, presionando la mano mutilada del diplomático para contener la hemorragia.
Jake era dos décadas más joven que cualquiera de los demás, pero había mantenido la calma mejor que ellos.
Su formación y experiencia debían de haberlo ayudado.
Thomas sintió una oleada de orgullo al pensar que Victoria mostraría el mismo control sereno en aquella situación.
Durante la ceremonia de graduación, Thomas había grabado el discurso de Victoria para Alex y Ned. Ojalá pudiera escucharlo ahora. Aunque no recordaba cada palabra, conservaba en la memoria la mayor parte.
Llegará un momento en vuestra vida en el que os sentiréis inseguros, incluso asustados. El miedo nos lleva a buscar a alguien a quien culpar, alguien a quien sacrificar para sentirnos más seguros. No dejéis que gane.
Victoria había hablado de la época posterior a sobrevivir a un accidente aéreo, pero aquellas palabras también se aplicaban a la situación presente.
Thomas se sentía inseguro. Tenía miedo. Quería que otro confesara.
¿Estaba dispuesto a sacrificar a uno de los demás?
A Jake no. Pero a Harrison y a Lawrence, sí.
No quería que les hicieran daño. Solo que admitieran su culpabilidad.
Todos los que estaban en la habitación habían oído el discurso de Victoria, si es que habían prestado atención. Por desgracia, su consejo era difícil de seguir.
Al final, Jake soltó la mano de Harrison.
—La hemorragia está controlada. Tiene que seguir presionando la venda contra la herida.
Harrison soltó un gemido al seguir las instrucciones de Jake.
—He mentido —soltó Lawrence—. Sobre lo que dije de la chica. Solo lo dije porque pensé que, si confesaba algo, nos dejaría salir de aquí. No era verdad.
—¿Ha mentido? —Thomas frunció el ceño, incapaz de guardar silencio pese a que quería hacerlo.
Las palabras se precipitaron en un torrente de frustración—.
¿Su estrategia consistía en hacer creer a nuestro secuestrador que es un violador o un pederasta?
Porque ella no tenía dieciocho años, ¿verdad, Lawrence?
—¡Intentaba salvarnos!
Incluso Harrison, medio inconsciente y temblando, volvió la cabeza hacia Lawrence.
—Enfermo —masculló entre castañeteos—. Tengo una hija. Es un enfermo.
Thomas estaba de acuerdo.
—¡Ya se lo he dicho, me lo inventé! —La voz de Lawrence se elevó.
Thomas no sabía si la confesión anterior de Lawrence había sido mentira o si mentía ahora. Era imposible saber si algo de lo que decía cualquiera de ellos era verdad.
—Cuando uno es rehén, quiere que su secuestrador lo vea como un ser humano —dijo Jake con voz firme pero serena—. Quiere despertar su empatía. Después de su confesión, cree que somos peores de lo que pensaba.
—¡A quién le importa lo que piense ese tío! —dijo Lawrence—. ¡Está trastornado! Está buscando historias escandalosas para poder chantajearnos a todos... o disfruta cortando partes del cuerpo.
Thomas se estremeció porque ambas teorías parecían posibles.
Lawrence sacó pecho.
—Es un solo hombre. Nosotros somos cuatro. Necesitamos un plan para reducirlo.
En realidad, eran tres. Harrison no estaba en condiciones de ayudar.
Thomas se mantenía en forma gracias al gimnasio y a sus carreras diarias, pero no sabía de cuánto le serviría eso en una lucha por su vida.
Y no podía imaginar que Lawrence hubiera recurrido alguna vez a la fuerza física para defenderse a sí mismo o a otra persona. Para eso tenía gente.
—No vamos a intentar nada —dijo Jake—. Ya nos ha demostrado que no le repugna la violencia. Si nos abalanzamos sobre él, utilizará esa pistola. Quizá uno de nosotros consiga salir, pero lo más probable es que nos pegue un tiro a todos y alguien muera.
—Lo entiendo —dijo Lawrence con una mueca desdeñosa—. Porque, para usted, lo único peor que permitir que nos secuestren es permitir que nos maten.
—Preferiría que todos siguiéramos vivos. —Jake se echó un poco de agua sobre las manos ensangrentadas, se las frotó y después se las secó en la pernera del pantalón.
Lo que hizo a continuación sorprendió a Thomas. Abrió la nevera, desenvolvió un sándwich y le dio un bocado. Pavo, queso, lechuga y tomate.
Lawrence hizo una mueca.
—¿Cómo puede comer después de lo que ha pasado?
Jake arrancó otro bocado, masticó y tragó.
—El pan está reblandecido y solo va a empeorar. Coma algo ahora. Tenemos que conservar las fuerzas.
—Tiene razón. —A Thomas le habían rugido las tripas hasta el mismo instante en que regresó su secuestrador—. Deberíamos comer para poder pensar.
Thomas cogió un sándwich de jamón y queso y se obligó a comer. Cada bocado sabía a cartón. Su estómago vacío protestó.
Lawrence los observó con el ceño fruncido hasta que por fin se sirvió comida y cogió una botella de agua.
—¿Dijo cuándo iba a volver?
Jake dejó de comer.
—No. Pero nos dio más pistas antes de irse. Mencionó que alguien se desangró sobre unos adoquines.
—Yo también lo oí —dijo Lawrence—. Dijo que ella estaba lejos de casa. Así que ahora sabemos que quien resultó herida fue una mujer. Se desangró y murió. Quizá fuera su esposa.
Thomas había oído a su secuestrador, pero, con aquella violencia repentina y los gritos de Harrison, no había procesado la información como lo habría hecho normalmente.
Volvió a él como fragmentos de una pesadilla.
Thomas sabía lo que se sentía al perder a alguien en circunstancias trágicas.
El dolor y la rabia podían consumirlo todo.
Pero ¿secuestraría al azar a personas que quizá fueran responsables?
¿Las sometería a torturas psicológicas y físicas? No. Por supuesto que no.
¿Había fantaseado con ello? Tal vez. Pero pensar en algo y hacerlo no eran lo mismo.
Sacudió la cabeza. Aquello no tenía nada que ver con él.
A menos que sí lo tuviera.
Debía concentrarse en la nueva información.
—Dijo que ella estaba lejos de casa. Después de todo, no parece que ocurriera en Georgetown.
Lawrence examinó su comida.
—Tiene que usar la cabeza, Thomas. Washington D. C. está lejos de casa si ella procedía de otro lugar. Si era turista.
Lawrence tenía razón.
Había adoquines en las ciudades antiguas.
En los barrios históricos. Pero ¿había alguno en la zona de Georgetown?
Thomas intentó visualizar el campus y las calles circundantes.
Se imaginó las casas de piedra rojiza y las tiendas.
La escalinata que se había hecho famosa por la película El exorcista.
Se la imaginó con ladrillos rojos. Después, con piedras grises.
¿De qué estaba hecha? Había recorrido la zona a pie y en coche cientos de veces.
Pero no conseguía visualizar el material del pavimento de las calles.
La adrenalina estaba remitiendo y daba paso a un profundo cansancio.
Cerró los ojos y se obligó a concentrarse.
Aquello era importante. Las nuevas pistas podrían revelar por qué estaban en el sótano.
Pero, sometido a la tensión de aquella situación inconcebible, no podía afirmar si había alguna calle adoquinada en la zona de Washington D. C.
—Nunca dijo que el incidente ocurriera en Georgetown —dijo Jake—. Fuimos nosotros quienes lo dimos por sentado.
Thomas apretó los dientes.
—Tiene razón. No lo dijo. Podría haber sido en cualquier parte. Nantucket. Nantucket tiene calles adoquinadas.
—También Roma. Praga. París. Todas las ciudades antiguas de Europa —dijo Lawrence.
—¿Alguno de ustedes estuvo en una de esas ciudades hace diez años? —preguntó Thomas.
Lawrence estrujó los restos de su sándwich dentro del envoltorio de plástico.
—Ese fin de semana volé a las Bahamas. Ya se lo he dicho.
Jake se apoyó un instante el puño en la barbilla.
—Otra cosa... Tampoco especificó qué fin de semana. Lo que le ocurriera a esa mujer podría haber sucedido hace unos diez años. En abril o junio, por ejemplo, no en mayo. ¿Alguno de ustedes viajó a alguna ciudad histórica europea aquella primavera o aquel verano?
Lawrence miró al frente.
—Probablemente. Viajo a menudo. Viajes de última hora.
—No he viajado mucho desde que murió mi esposa —dijo Thomas—. Visito a mi hijo en Colorado. ¿Y usted?
—Antes pasaba más tiempo fuera que en casa —dijo Jake—. Pero no recuerdo ningún incidente. Al menos...
—¿Al menos qué? —gritó Lawrence.
—Al menos no como civil —respondió Jake—. Y nunca le he hecho daño a una mujer.
Un recuerdo fortuito asaltó a Thomas. La escuela infantil.
Una compañera le quitó la fiambrera. Él se la había arrebatado y la había empujado.
Ella rompió a llorar. El director había intervenido.
Le dijo a Thomas que ya debería saberlo.
Los niños no hacen daño a las niñas. Los hombres no hacen daño a las mujeres.
Thomas se había avergonzado entonces. Era extraño cómo ciertos recuerdos se quedaban grabados.
Los dos miraron a Harrison.
Tenía los ojos cerrados. Movía los labios sin emitir sonido alguno.
—Harrison —dijo Thomas—. Alemania tiene calles adoquinadas. Múnich. Heidelberg. ¿Me sigue? ¿Lo oyó decir que esto tiene que ver con una mujer que se desangró? ¿Le suena de algo?
—Este es el peor maldito día de mi vida —masculló Harrison—. Déjeme en paz.
—Si uno de nosotros mató a alguien —dijo Jake—, esa es la parte que debería destacar, ¿no?
Nadie respondió.
—Tiene que ser él —dijo Lawrence señalando a Harrison—. Estuvo en Europa, donde hay calles adoquinadas por todas partes. Ahora tiene un grave problema con la bebida. Probablemente ya lo tenía hace diez años. Quizá no lo recuerde.
Thomas quería darle la razón. La lógica era sencilla. Pero una lógica sencilla no bastaba para culpar a nadie.
—Georgetown tiene calles adoquinadas, idiotas —gritó Harrison.
—Esperemos que tenga más momentos de lucidez como ese y recuerde algo —dijo Jake.
—¿Y si no? —preguntó Lawrence.
Thomas oyó la voz plana y distorsionada repitiéndose en su cabeza: Puede que la próxima parte del cuerpo sea una sin la que no podáis vivir.