23. CAPÍTULO 23
L os Porter vivían en un alto edificio de ladrillo de una calle histórica de Georgetown. Los árboles se arqueaban sobre la calzada y se encontraban en el centro, formando un dosel de sombra.
Rivera ignoró la reluciente aldaba de latón y tocó el timbre. A su lado, Victoria sujetó con fuerza el paraguas cuando una ráfaga de viento amenazó con levantárselo.
Un perrito ladró desde dentro.
Caroline Porter abrió la puerta. A sus pies, un bichón frisé con un lazo rosa seguía ladrando. Detrás de ellos, un enorme jarrón de flores frescas descansaba sobre una mesa de mármol en el recibidor.
—Chist, Poppy —dijo mientras cogía al perro en brazos.
Caroline rondaba los cincuenta y cinco años, tenía las clavículas prominentes y el cabello rubio, suelto y ondulado, le llegaba hasta la mandíbula. Vestía una blusa de seda color crema y unos pantalones beis, y no llevaba más joyas que un reloj Cartier de oro y su enorme anillo de casada.
—Por favor, pasen y resguárdense de la lluvia —dijo.
Dejaron los paraguas en el escalón de la entrada y pasaron.
—¿Deberíamos quitarnos los zapatos mojados? —preguntó Rivera.
Caroline hizo un gesto con la mano.
—No pasa nada. Síganme.
El interior era fresco y silencioso. Paredes y molduras en tonos neutros y claros, obras de arte enmarcadas en todas las paredes y muebles elegidos por alguien con tanto gusto como dinero.
No había fotografías de Harrison y Caroline juntos. Solo una foto familiar de Harrison, Caroline y sus dos hijos adultos. Los hombres llevaban esmoquin; las mujeres, vestidos de gala.
Sin hacer ruido con sus bailarinas, Caroline los condujo hasta una sala de estar con vistas al patio trasero y a la llovizna. Sobre las mesas del patio se habían formado charcos.
Indicó a los agentes que se sentaran y luego dejó al perro en un diminuto sofá de terciopelo.
—He hecho café. —Se volvió hacia una jarra situada en una mesa auxiliar—. ¿Les apetece?
Los agentes aceptaron.
Caroline sirvió café en tres delicadas tazas y se sentó frente a ellos.
Victoria añadió nata y azúcar. No necesitaba más cafeína, pero Caroline, o alguien de su casa, se había tomado la molestia de prepararlo y tenerlo listo. Aceptar el café quizá ayudara a que su anfitriona se sintiera cómoda.
—Le agradecemos que nos haya recibido —dijo Victoria.
—Por supuesto. —Caroline sostuvo su taza sin beber—. Tengo entendido que su padre está entre los desaparecidos.
—Así es, y puedo asegurarle que varias agencias, incluida la nuestra, están haciendo todo lo posible para traerlos a casa.
Caroline inclinó la cabeza.
—Dijeron que había novedades.
Los agentes habían acordado que sería Victoria quien le diera la noticia.
—Esta mañana hemos recibido un paquete. Lo entregaron en mano en la oficina local. El paquete contenía pruebas físicas de que han hecho daño a su marido.
—¿Qué clase de daño? —preguntó Caroline.
Victoria dejó el café. Suavizó la voz.
—Alguien entregó un dedo amputado. Comprobamos la huella en nuestra base de datos. Es de Harrison.
Caroline parpadeó varias veces.
—¿Está vivo?
—Creemos que sí. Hemos recibido mensajes de los captores que indican que los cuatro hombres seguían vivos esta mañana —dijo Victoria.
—¿Les han enviado mensajes?
—Con el teléfono de mi padre. Lo tienen los captores. Los mensajes confirman que mantienen retenidos a los hombres y que la situación sigue activa.
Caroline miró hacia el patio trasero y luego volvió la vista hacia Victoria.
—¿Sigue sin saber nada de quienes los tienen retenidos? —preguntó Rivera a Caroline.
—Nada. Llevo todo este tiempo esperando. —Se volvió hacia Victoria—. ¿Qué más les han comunicado?
—Quieren una confesión. Está relacionada con un suceso ocurrido hace diez años —respondió Victoria.
Caroline volvió a parpadear.
—¿Una confesión de quién? ¿Sobre qué?
—No lo sabemos. Los mensajes han sido vagos de forma deliberada. Los captores creen que deberíamos saberlo, pero no es así.
—Hace diez años estábamos en Alemania —dijo Caroline—. Harrison era el embajador.
—¿Regresó a Georgetown para algún encuentro de antiguos alumnos o una ceremonia de graduación? —preguntó Victoria.
—No lo creo. Seguro que pueden comprobar su agenda.
—Lo estamos haciendo —dijo Rivera—. ¿Recuerda que ocurriera algo que pudiera llevar a alguien a exigirle una confesión?
—No lo sé. Incluso entonces, Harrison y yo hacíamos vidas separadas.
—Entiendo —dijo Victoria—. Sentimos tener que entrometernos, pero todas estas preguntas tienen como único fin ayudarnos a determinar quién es el secuestrador para poder encontrar a los hombres.
Caroline alzó la barbilla y se irguió de forma casi imperceptible.
—Pregunten lo que necesiten. Desde luego, la CIA y el Departamento de Estado lo hicieron. Eso fue ayer.
—Gracias. Cuando el agente Rivera la llamó ayer por la mañana, no pareció especialmente alarmada al enterarse de que su marido había desaparecido —dijo Victoria—. ¿Puede ayudarnos a entenderlo?
La expresión de Caroline no cambió. Era difícil interpretar lo que sentía.
Suspiró, y el suspiro sonó elegante en lugar de cansado o frustrado.
—En las tres décadas que llevamos casados, Harrison ha perdido vuelos, olvidado compromisos y, en más de una ocasión, no ha vuelto a casa cuando debía. Lo primero que pensé fue que se había marchado a alguna parte.
—Que se había marchado a alguna parte —repitió Victoria—. ¿Con alguien?
—Sí. Dado el historial de Harrison, es una deducción razonable —dijo Caroline mientras cruzaba las piernas por los tobillos.
Rivera se inclinó hacia delante.
—Háblenos de ese historial, por favor.
Caroline dejó la taza sobre el platillo con un leve tintineo.
—Harrison no me ha sido fiel durante nuestro matrimonio. Hace mucho tiempo acordamos una fórmula que nos convenía lo suficiente a los dos. A cambio de discreción y de anteponer las necesidades de nuestra familia, yo asisto a sus actos y le proporciono apoyo económico con el dinero de mi familia.
—¿Y usted estaba conforme con eso? —preguntó Victoria.
—Lo he aceptado. Harrison necesita mucha aprobación externa. Yo dejé de dársela hace años. Otras mujeres están dispuestas a hacerlo. —Hizo una pausa—. Que yo sepa, sus aventuras han sido breves.
—Necesitamos los nombres de esas otras mujeres —dijo Rivera.
—No sabría decirles cómo se llaman —respondió Caroline sin emoción—.
Me esfuerzo por no saberlo. Forma parte del acuerdo.
Sin embargo, hace años me enteré de que había una mujer en la embajada de Bruselas.
Y, más recientemente, una agregada subalterna.
Pero eso es todo cuanto puedo decirles. No me interesa saber más.
—Señora Porter, esto es importante y podría ahorrarnos mucho tiempo: ¿sabe de alguien que quisiera hacer daño a su marido? ¿Alguien que pudiera guardar contra él un rencor lo bastante profundo como para secuestrarlo?
Caroline casi sonrió.
—Harrison tenía más enemigos que amigos. Funcionarios extranjeros. Colegas. Mujeres a las que ha ofendido. Subordinados a los que ha perjudicado. Les haré una lista. Me llevará algún tiempo.
—Se lo agradeceríamos —dijo Rivera.
—Si sirve de ayuda, la tarjeta de crédito personal de Harrison está vinculada a la cuenta de mi familia. Puedo darles acceso a nuestros movimientos.
—Eso sería de gran ayuda —dijo Rivera—. Solo unas preguntas más, señora Porter. ¿Hasta qué punto conocía su marido a los otros hombres?
—No estoy segura. He visto a Lawrence unas cuantas veces.
Mi marido siempre parecía incómodo en su presencia, algo que me resultaba interesante porque Harrison rara vez se siente incómodo.
Por supuesto, he visto a Jake en muchas ocasiones y no tengo nada malo que decir de él.
Espero de corazón que esté bien. Ha hecho un trabajo excelente protegiendo a mi marido y manteniéndolo a raya en la medida de lo posible.
En cuanto a Thomas Heslin... —Se volvió hacia Victoria—.
Sé quién es su padre y sé que perdió a su esposa en unas circunstancias terribles, pero no creo que nos hayan presentado nunca. He oído que es un buen hombre.
—¿Hay algo más que crea que deberíamos saber? —preguntó Rivera—. ¿Algo que Harrison dijera o hiciera durante las semanas previas a su desaparición y que le pareciera extraño?
Caroline entrelazó las manos sobre el regazo.
—Estaba preocupado. Más de lo habitual desde... —Se interrumpió.
—¿Desde cuándo? —preguntó Victoria.
—No estoy segura. Quizá desde hace varios meses. Bebía más. —Caroline frunció los labios—. Tenía pesadillas. Una vez lo oí decir: «No quería hacerlo». No le pregunté porque no era una conversación que quisiera mantener.
Victoria tomó nota mental de aquello. Le quedaba una pregunta más.
—Siento tener que preguntarle esto, señora Porter. ¿Dónde estaba la mañana de la ceremonia de graduación de Georgetown?
Una vez más, Caroline la miró sin expresión.
—No tiene por qué disculparse. Desde luego, la CIA no lo hizo cuando me lo preguntaron.
—Volvió a suspirar—. Estaba aquí, en casa.
Casi todo el tiempo en el jardín. No me interesaba volver a escuchar a mi marido pontificar sobre sus logros.
Mi asistenta me vio varias veces durante el día. Puede confirmarlo.
—Gracias. —Victoria cerró la libreta y miró a Rivera. Ambos se pusieron en pie.
Caroline acompañó a los agentes hasta la entrada de la casa, con su perrita trotando a su lado. Abrió la puerta y la sostuvo para que salieran.
Cuando pusieron un pie fuera, dijo:
—Hiciera lo que hiciera Harrison, espero que lo encuentren. —Hizo una pausa—. A mis hijos les gustaría volver a hablar con su padre, y estoy segura de que usted siente lo mismo.
—Estamos haciendo todo lo posible —repitió Victoria.
Los agentes se despidieron.
Había dejado de llover, así que llevaron los paraguas en la mano. Ninguno volvió a hablar hasta que estuvieron dentro del coche.
—Una vez más, Caroline no parecía especialmente afectada por la situación de su marido ni por lo del dedo amputado —dijo Rivera.
—Estoy de acuerdo. Pero puede que esa mujer tenga un dominio de sí misma increíble y jamás permita que nadie sepa lo que piensa de verdad.
—Caroline nos ha dado un montón de motivos para querer castigarlo. Podría haberlo organizado ella.
Victoria asintió.
—Pero ¿por qué? Si lo humilla, también quedan mal ella y su familia. No se haría eso ni se lo haría a sus hijos.
—Probablemente tenga razón —dijo Rivera mientras se alejaban de la casa.
—Deberíamos averiguar quién era la agregada subalterna —dijo Victoria.
Rivera la miró.
—¿Cree que podría haber alguna relación?
—Tal vez sepa por qué Harrison decía «No quería hacerlo» mientras dormía. Puede que eso que no quería hacer sea la razón por la que han desaparecido cuatro hombres.
Rivera mantuvo la vista fija en la carretera.
—Cierto. Claro. El problema es que Harrison no estaba aquí hace diez años. Estaba en Alemania.
El teléfono de Victoria emitió un sonido. Un mensaje nuevo. Lo cogió sin vacilar, esperando que fueran noticias relacionadas con su padre.
Era Ned. Le dijo a Rivera que no tenía nada que ver con el caso y luego leyó el mensaje de su prometido.
Estoy pensando en ti. ¿Alguna novedad?
Respondió: Nada que merezca la pena contar. Estamos siguiendo algunas pistas. Te llamaré cuando pueda.
Cuando terminó de escribir, ni ella ni Rivera hablaron durante un minuto. Agradecía que no le preguntara cómo se sentía ni si lograba mantener la entereza.
Al cabo de un rato, Rivera resopló.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Nada.
—Sí, pasa algo.
—No tiene que ver con el caso —dijo él.
—Dímelo de todas formas. Si resoplas, tienes que compartirlo.
—Vale. Cuando oigo que alguien lleva treinta años casado, pienso en una pareja sólida y estable. Bien por ellos.
—Yo pienso lo mismo —dijo ella.
—Y entonces conocemos a Caroline Porter y descubrimos que su relación es un desastre. Me hace preguntarme si existe algún matrimonio que funcione.
Victoria sonrió.
—El de mis padres funcionaba. Y también el de mis abuelos. Al menos, que yo sepa. Y mi hermano parece feliz. Él y Minka van a tener un hijo. Me alegro mucho por ellos y me hace ilusión ser tía.
Él sonrió. Algo poco habitual. Rivera no sonreía a menudo. No era malhumorado. Solo serio.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué pasa últimamente en tu vida?
Él la miró de reojo.
—¿De verdad quieres saberlo o lo preguntas por educación?
Victoria le sostuvo la mirada.
—Claro que quiero saberlo.
Él volvió la vista al frente.
—Estoy saliendo con alguien. Desde hace tres meses. Es abogada de oficio. Inteligente. Como tú.
—¿Entiende cómo es tu trabajo? ¿Y los horarios?
—Está empezando a entenderlo. Pareció tomárselo bien cuando tuve que cancelar los planes que habíamos hecho para anoche.
—Lo siento —dijo Victoria.
Él frunció el ceño.
—No seas ridícula.
El silencio posterior no resultó incómodo. Ni Victoria ni Rivera eran muy habladores. Siempre habían sido capaces de sentarse juntos sin llenar el espacio de conversación por el mero hecho de llenarlo.
Rivera sacó dos chicles de hierbabuena de un envase de plástico y se los metió en la boca. Sin decir nada, le ofreció a Victoria.
—No, gracias. —Ella volvió la cabeza para contemplar la ciudad mojada que desfilaba ante la ventanilla.
—Esto acabará pronto —dijo. Más para sí misma que para él.