16. CAPÍTULO 16
L as luces iluminaban todas las ventanas de la planta baja de la casa de su abuelo.
El Subaru plateado de Maureen seguía en el mismo sitio.
La puerta principal se abrió antes de que Victoria llegara hasta ella.
Su abuelo estaba en el umbral, apoyado en el bastón y con el rostro demacrado.
—Te he visto llegar en coche.
Victoria lo abrazó con fuerza, sin querer soltarlo.
Ojalá hubiera abrazado así a su padre aquel mismo día.
¿Y si no volvía a verlo nunca? Una oleada de culpa la golpeó al recordar las ganas que había tenido de marcharse de la recepción cuanto antes.
Ahora habría dado cualquier cosa por estar allí de nuevo, pasando tiempo con su familia.
¿Por qué no había sabido valorar lo que tenía cuando aún podía hacerlo?
—¿Hay alguna noticia sobre dónde está tu padre o por qué se lo ha llevado alguien? —preguntó su abuelo.
—Todavía no sabemos nada de ninguno de los hombres. Estamos trabajando en ello. Todo el mundo está trabajando en ello.
Él se volvió y avanzó pesadamente por el pasillo. El bastón repiqueteaba contra el suelo de madera. Para el viaje a Georgetown había utilizado uno sencillo. En casa usaba un bastón cuadrípode con cuatro patas cortas que le proporcionaba mayor estabilidad.
Victoria lo siguió hasta la cocina.
Él abrió la nevera.
Su ama de llaves había dejado dentro un plato tapado con una nota: Por favor, cene. —Maureen
A juzgar por el plato intacto, cubierto con film transparente, no lo había tocado.
—¿Está durmiendo Maureen? —preguntó Victoria.
—Esta noche tenía una fiesta del club de punto por videollamada. Así lo ha llamado ella. He dejado de hacer preguntas. —Sacó el plato de la nevera—. ¿Has comido?
—No tengo hambre.
—Yo tampoco. —Se dejó caer en una silla de la mesa de la cocina y enganchó el bastón en el borde—. Pero Maureen se pondrá pesada si no como un poco.
Victoria destapó el salmón y las verduras asadas; había suficiente para más de una persona. Lo repartió en dos platos y los llevó a la mesa junto con unos vasos de agua. La comida de Maureen siempre era excelente y estaba llena de sabor. Aquella noche, Victoria no esperaba ser capaz de apreciarla.
Sentada frente a su abuelo, lo puso al corriente de todo lo que estaban haciendo los agentes.
—Como sabemos con certeza que tanto papá como Lawrence estuvieron en Georgetown, estamos investigando aquel fin de semana. Buscamos algún incidente lo bastante grave como para que alguien quiera vengarse diez años después.
—Hay personas que no pueden dejar de buscar una forma de reparar las cosas. Se convierte en una especie de enfermedad.
—Sí, supongo que a algunas personas les pasa. ¿Conoces a alguien así? ¿Se te ocurre algo que sucediera?
—No. Nadie ni nada que encaje. ¿Tenéis alguna teoría?
Victoria ensartó un trozo de boniato asado y se lo comió. Entonces comprendió que se había equivocado. Tenía hambre. Estaba famélica. Devoró otro trozo antes de responder.
—Estamos analizando el pasado de cada uno de los hombres para averiguar quién podría haberlos elegido como objetivo.
—Así que ahora el FBI está husmeando en la vida privada de los hombres secuestrados.
—Bueno... tenemos que hacerlo si queremos encontrarlos. ¿Qué me dices de Lawrence Goodman? Lo conoces desde hace mucho, ¿verdad? ¿Qué puedes contarme sobre él?
Su abuelo suspiró.
—Lo conozco desde hace al menos treinta años, pero lo considero un conocido, no un amigo. Ahora que lo pienso, no estoy seguro de quiénes son sus amigos íntimos. —Frunció el ceño—. Es generoso con su dinero. Se ha portado bien con Georgetown.
—Eso ya lo sabemos. Pero ¿qué más? Busco cosas que quizá no figuren en registros públicos. —Clavó el tenedor en otro trozo de boniato.
Su abuelo dejó el tenedor.
—Nunca me gustó la forma en que parecía fijarse en los jóvenes. En las fiestas, en los actos benéficos... En las mujeres jóvenes. Me incomodaba. Pero eso no es motivo para llevárselo.
—Podría serlo si hizo algo más que mirar —dijo Victoria—. Además, puede que el motivo para llevarse a esos hombres no tenga sentido para nadie salvo para los responsables.
—¿Y no sabéis cuál de ellos tiene que confesar?
—Exacto. Aún no sabemos quién es su objetivo. Podría ser mi padre.
Su abuelo frunció el ceño.
—Lo dudo.
—Aun así, supongo que hay una posibilidad entre cuatro, y tengo que hacerte algunas preguntas.
—Adelante.
—¿Recuerdas cuándo murió en prisión el secuestrador de mamá?
Su expresión se ensombreció.
—Claro que lo recuerdo.
—Alguien pagó a otro recluso para que lo matara.
—Eso fue lo que nos dijeron.
—Eso fue lo que ocurrió. —Victoria terminó el último bocado de verduras y cortó el salmón, esperando a que su abuelo añadiera algo. Al ver que guardaba silencio, dijo—: El momento fue extraño. Justo antes de la graduación de Alex. Hace casi exactamente diez años. El día del cumpleaños de mamá.
Su abuelo ladeó la cabeza.
—¿Qué estás insinuando?
Ella le sostuvo la mirada.
—Si alguien quisiera vengarse por aquel asesinato, si creyera que papá o alguien de nuestra familia fue responsable...
—Tu padre no haría algo así. Y yo tampoco, si es eso lo siguiente que vas a preguntarme. —Puso una mano arrugada sobre la otra y la miró directamente a los ojos.
Victoria lo creyó. Se sintió mal por haber sospechado siquiera de él. Pero no había podido evitar planteárselo. El dolor llevaba a las personas a hacer cosas que jamás habían imaginado. Su familia había quedado conmocionada y destrozada por aquella trágica pérdida.
Su abuelo acabó apartando la mirada.
—No veo qué puede tener que ver ese delincuente con esto. ¿Quién querría vengar a ese hombre? No tenía familia. Ni buenos amigos.
—No actuó solo cuando secuestró a mi madre —dijo Victoria mientras dejaba el tenedor atravesado sobre el plato vacío—. Tenía cómplices. Nunca los detuvieron. Jamás los delató. Mantuvo la boca cerrada. Solo eso ya lo convierte en un buen amigo para los demás culpables.
La mueca de su abuelo se acentuó, dejando patente su escepticismo.
—Hay que dar demasiados saltos para que esa teoría funcione.
—A veces tenemos que hacerlo. Si un cómplice necesitaba vengar su muerte por un pacto de honor, podría ser esto.
—Conozco bien a tu padre. No es él quien tiene que confesar.
—Ya, pero la cuestión es que... quizá no importe si papá es culpable, sino solo que alguien crea que lo es.
Su abuelo agarró el borde de la mesa.
—Ah, ya entiendo.
—Es una posibilidad remota, pero ahora mismo, hasta que tengamos más información, tengo que investigar todas las opciones. —Victoria recogió los dos platos vacíos y los metió en el lavavajillas.
Sonó su teléfono. Era Rivera.
—¿Está en casa? —preguntó él.
—Estoy en casa de mi abuelo. Voy a quedarme aquí esta noche. ¿Qué ocurre?
—Solo quería asegurarme de que está bien.
—Sí. Estoy bien. —Comprendió que estaba pendiente de ella, quizá preocupado por que estuviera recorriendo las calles sola en busca de pistas. Eso habría estado haciendo si no hubiera pensado que su abuelo podía tener información valiosa—. ¿Hay novedades de la policía?
—Los forenses siguen examinando el todoterreno. También están revisando más grabaciones de las cámaras de la zona. La llamaré de inmediato si aparece algo que merezca la pena comunicar. Mientras tanto, descanse un poco.
—Lo haré. Me alegro de que estés en esto.
—Nos vemos temprano, Victoria.
Dejó el teléfono y volvió a centrar su atención en su abuelo.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó él.
—Voy a investigar un poco más a fondo el asesinato del secuestrador de mamá, por si acaso alguien cree que papá fue responsable. Trabajaré en la biblioteca, si te parece bien.
—¿A estas horas?
—Sí, no quiero perder ni un minuto.
—Tu abuela también era así. Cuando se le metía una idea en la cabeza, algo de lo que quería ocuparse, tampoco podía descansar. A veces me volvía loco. —Hizo una pausa—. Y eso es el mayor cumplido que puedo hacerle.
—Lo sé.
—Pero a veces tampoco dejaba correr las cosas cuando debería haberlo hecho. Y eso la perjudicaba. Así que no olvides dormir antes de que amanezca. Ahora mismo tienes un aspecto un poco desmejorado.
Victoria notó que se relajaba durante una fracción de segundo.
—Gracias, abuelo. Te agradezco que siempre seas sincero conmigo.
—De nada. Si no puedes confiar en que las personas a las que quieres te digan la verdad, tienes un problema.
Volvieron a abrazarse.
Victoria bostezó al entrar en la biblioteca, cuyas paredes oscuras estaban decoradas con retratos de su madre y de su abuela. La misma estancia en la que Lawrence Goodman le había dado escalofríos casi dos décadas atrás.
Entonces era una niña y, por suerte, había escapado.
Pero ya no huía de las habitaciones.
Una violenta ráfaga de viento pasó silbando junto a las ventanas e hizo que las ramas se balancearan.
Apoyada en el sofá Chesterfield, abrió un mensaje nuevo y lo dirigió al funcionario de guardia de la Oficina Federal de Prisiones del centro donde Jules Johnson había cumplido condena.
Para: [email protected]
Asunto: Solicitud urgente de documentación — Recluso fallecido Jules Johnson
Buenas noches:
Soy la agente especial Victoria Heslin, de la oficina local del FBI en Washington, número de placa 4473222.
Solicito acceso inmediato a todos los registros de visitas de Jules Johnson (número de registro de la BOP 47821-083), quien estuvo recluido en sus instalaciones hasta su fallecimiento, hace aproximadamente diez años.
Esta solicitud está relacionada con una investigación federal en curso sobre un secuestro con múltiples víctimas, dos de las cuales son empleados federales. El tiempo es crucial.
En concreto, solicito lo siguiente:
Los registros de visitas correspondientes a todo el periodo de encarcelamiento de Johnson, incluidos los nombres de los visitantes, las fechas de las visitas, la relación declarada con el recluso y cualquier identificación facilitada.
Toda correspondencia que el personal del centro señalara durante su encarcelamiento.
El informe oficial del incidente y el expediente de investigación relacionados con su muerte.
Estoy disponible por teléfono a cualquier hora. Mi número directo es el 202-542-3266.
Les ruego que traten esta solicitud como urgente. Puede haber vidas que dependan de la rapidez de su respuesta.
Lo envió.
Probablemente aquella información no conduciría a ninguna parte. Pero tenía que ser meticulosa.
Sonó su teléfono. Durante un segundo imaginó que era la prisión, que ya se ponía en contacto con ella.
Era Ned.
—Hola —contestó.
—Hola. Solo quería saber cómo estás. ¿Cómo lo llevas?
Victoria rodeó el sofá de cuero y se dejó caer en él. El mero hecho de oír su voz alivió parte de la tensión que le atenazaba los hombros.
—Iba a llamarte antes de acostarme. Estoy en casa de mi abuelo. Aún no hemos averiguado nada. Pero hay mucha gente trabajando en esto. La policía, el FBI, la CIA.
—Eso está bien.
—Sí. —Cerró los ojos—. Gracias por mantener todo bajo control en casa para que yo pueda trabajar.
—Los perros están bien. Los burros están bien. Están en el establo. Siempre saben cuándo se avecina una tormenta. Te echan de menos. Yo también.
—Yo también te echo de menos.
—¿Quieres que vaya hasta allí? Puedo estar ahí en una hora.
Quería decirle que sí. Quería tenerlo allí con ella, sólido, sereno, siempre reconfortante. Pero tenía trabajo que hacer. Además, si Rivera la avisaba de que la policía había descubierto nueva información, saldría de inmediato para ayudar.
—Voy a acostarme pronto y entraré temprano en la oficina. Pero gracias por ofrecerte. Gracias por apoyarme.
Siguieron al teléfono hablando de cosas importantes para los dos: los perros, la clínica veterinaria, la lista de Costco que ella había dejado sobre la encimera. Cosas que eran un salvavidas hacia un mundo al que estaba deseando regresar en cuanto aquella pesadilla quedara atrás.
Cuando colgó, fue más consciente del silencio de la casa. Su abuelo se había acostado.
Victoria subió las escaleras hasta la habitación de invitados que utilizaba cuando se quedaba a dormir.
Tenía el mismo aspecto que cuando ella era adolescente.
Las ventanas eran nuevas y más eficientes energéticamente, pero el papel pintado de flores, la moqueta beige y los muebles tallados seguían allí.
Se puso una camiseta larga que sacó de la bolsa de viaje y se tumbó encima de las mantas, contemplando el techo en la oscuridad. Intentó no pensar en dónde estaría su padre en aquel momento. En qué estado se encontraría. Si estaba herido. Si tenía miedo.
Uno de los hombres desaparecidos era culpable de algo.
La hipótesis del asesinato por encargo en prisión le parecía ahora endeble. Como había dicho su abuelo, ¿a quién podía importarle tanto un secuestrador muerto como para vengarse una década después?
El día siguiente sería otra larga jornada buscando información, a menos que tuvieran suerte y todo terminara antes.
Victoria se volvió de lado. Miró otra vez el teléfono. No había mensajes nuevos.
Cuando por fin se durmió, pasadas las tres de la madrugada, tuvo un sueño agitado y plagado de pesadillas.