15. CAPÍTULO 15
T homas mantenía la mirada fija en la puerta de acero, preparándose para cuando volviera a abrirse. En su mente se repetía una y otra vez aquella voz distorsionada, con el eco de la amenaza de enviar partes de sus cuerpos a sus seres queridos.
Si le cortaban un dedo, probablemente Victoria sería la destinataria.
Las pesadillas con las que se había topado trabajando en diversas investigaciones la habían preparado mejor que a nadie para soportar la conmoción.
Ella misma había perdido las puntas de los dedos tras sufrir congelación y ver cómo se volvían negras.
Si alguien podía soportarlo, era ella, aunque se sentiría impotente y furiosa. Tenía que evitarle aquella experiencia.
Uno de sus compañeros tenía que confesar antes de que las cosas empeoraran.
En uno de los catres, Harrison se volvió de lado y después se incorporó. Se llevó una mano a la boca, la mantuvo allí unos instantes y luego la bajó.
No tenía buen aspecto.
—Tenemos que resolver esto ya —dijo Thomas.
—Hace diez años, en mayo —respondió Jake—. ¿Dónde estábamos? Empecemos por ahí. Otra vez. ¿Dónde estaba usted, Thomas?
—En la Universidad de Georgetown. Mi hijo Alex se graduó aquel fin de semana. Era su ceremonia de graduación.
—Yo también estaba allí —dijo Lawrence—. Me hicieron un reconocimiento por una donación a la universidad. Siempre quieren que vaya para poder darme las gracias como es debido.
—¿Por qué está tan seguro de que fue aquel año? —preguntó Jake.
—Porque lo estoy.
Jake intervino.
—Harrison, ¿y usted? ¿Dónde estaba hace diez años?
—Sin mi secretaria ni mi agenda, no puedo decirle con exactitud dónde estaba un fin de semana concreto de hace una década, pero sí sé que no estaba en Estados Unidos. —Harrison apoyó las palmas contra los muslos y expulsó el aire por la boca—. Era el embajador en Alemania. Vivía en Berlín.
—¿Está seguro? —insistió Jake—. ¿No volvió en avión para asistir a algún reencuentro, ceremonia o algo parecido?
Harrison se frotó las sienes.
—No. Estoy seguro de que estaba en el extranjero. Habría sido mi segundo año en la embajada. Regresé por Navidad y en agosto, pero no en mayo. Nunca en mayo. La agenda de primavera siempre estaba repleta de reuniones de la UE y actos diplomáticos en los patios, cuando hacía mejor tiempo.
—¿Puede corroborarlo alguien? —preguntó Jake.
Harrison levantó la cabeza de golpe.
—Era el embajador en Alemania. Todo mi personal puede corroborarlo.
Todas las cartas diplomáticas de aquel periodo llevan mi firma.
Evidentemente, ahora no puedo demostrárselo.
Ni tendría por qué demostrarles nada a ninguno de ustedes.
Y menos aún a usted, Jake. —La voz de Harrison había subido hasta convertirse casi en un grito—. Aquí no se me está juzgando.
—En cierto modo, sí —dijo Thomas—. Se nos está juzgando a todos.
Harrison abrió la boca y volvió a cerrarla. Le temblaban las manos. Los temblores también le recorrían los brazos.
Thomas no sabía si Harrison decía la verdad o era un mentiroso excelente.
Mientras permanecieran atrapados en aquella habitación, no tenían forma de comprobar las afirmaciones de los demás.
Debía confiar en que todos deseaban escapar tanto como él y en que confesarían cuando averiguaran qué quería oír su captor.
Lawrence señaló a Jake con la barbilla.
—¿Y usted? ¿También estaba en Georgetown?
—No. Hacía un año que había terminado la universidad. Trabajaba en una consultora de Washington. Hasta hoy, nunca había asistido a una graduación de Georgetown. Solo he estado unas cuantas veces en el campus para ver partidos de baloncesto, y de eso hace ya mucho tiempo.
—Pero estaba en la zona de Washington, ¿no? —preguntó Thomas.
Jake apretó los labios.
—Estoy casi seguro de que estaba en Europa.
—¿También estaba en Europa? ¿Por qué? —exigió saber Lawrence.
—Viajaba mucho por trabajo. El 17 de mayo es mi cumpleaños y recuerdo que estaba en el extranjero cuando cumplí veintitrés años.
—De acuerdo, así que puede que Jake no tenga nada que ver con esto —dijo Lawrence—.
Creo que todos nos lo esperábamos. Usted está aquí porque se limitaba a hacer su trabajo.
De una forma espantosa, debo añadir, aunque eso cae por su propio peso.
Pero dos de nosotros estábamos en el mismo sitio el mismo día. Thomas y yo. Harrison afirma que él no.
—¿Que lo afirmo? —Harrison se quedó unos segundos con la boca abierta—. No estaba en el país. Punto. Es un hecho. Así que, si todo esto tiene que ver con algún incidente ocurrido en el campus, yo no participé. Les dije desde el principio que esto no iba conmigo.
—Entonces, ¿por qué está aquí? —preguntó Lawrence—. Jake formaba parte de su escolta. ¿Por qué utilizarlo a él si me buscaban a mí? ¿Cómo iban a saber que yo estaría cerca de usted?
—A los dos les rindieron homenaje en la ceremonia —dijo Thomas—. Quizá sabían que en algún momento estarían juntos. En el escenario. En la recepción para invitados de honor.
—Tiene sentido —dijo Jake.
Lawrence frunció el ceño.
—Volvamos a hace diez años... ¿Recuerdan que sucediera algo durante la graduación o después? —preguntó Jake, desplazando la mirada entre Lawrence y Thomas.
Thomas obligó a su mente a regresar a aquel fin de semana. Visualizó a Alex con la toga y el birrete. Había pegado un peluche encima del birrete: la mascota de Georgetown, un bulldog montado en una tabla de snowboard.
A diferencia de Victoria, Alex no sabía qué iba a hacer a continuación, solo que no sería un trabajo de oficina.
Alex había nacido para trabajar al aire libre.
Tal vez se hiciera guía de aventura o instructor de esquí.
Aún lo estaba decidiendo. Nadie le metía prisa.
Victoria y Alex lo eran todo para Thomas.
Por encima de cualquier otra cosa, quería que sus hijos fueran felices.
Un senador pronunció el discurso de graduación aquel año.
El sol caía a plomo sobre la multitud sentada.
Victoria, que acababa de empezar a trabajar como perfiladora del FBI, estaba a su lado.
Todos los miembros de la familia Heslin eran conscientes de la ausencia de Abigail, como ocurría en cada acontecimiento importante desde su muerte.
Debería haber estado allí, pero no estaba.
Piensa.
El día de la ceremonia, Thomas y Victoria habían hablado con los amigos de Alex y con sus padres. Con los profesores de Alex. Su suegro conocía a Lawrence. Thomas quizá se hubiera cruzado con él en algún momento. Pero no lo recordaba.
¿Qué más?
Había pasado mucho tiempo y, cuanto mayor se hacía, menos recordaba.
Después habían ido todos a cenar. Alex, Victoria y los abuelos, junto con las familias de algunos amigos de Alex. Un restaurante italiano con buena comida y buen vino. Lo pasaron bien.
Tenía que haber algo más.
Pero no lograba recordarlo.
Hasta donde Thomas sabía, nadie había resultado herido. Nadie había muerto. Si hubiera ocurrido, sin duda se habría enterado y lo recordaría, sobre todo si de alguna manera hubiera sido responsable.
—¿Algo? —preguntó Jake, mirando a Thomas.
—No. Fue un buen día para todos los que me rodeaban.
—¿Y usted, Lawrence?
Lawrence alzó las manos y mostró las palmas.
—¿En serio? No lo sé. Probablemente fui a la ceremonia y escuché los discursos. Me senté en el escenario. Después asistí a varias recepciones para donantes. Igual que este año.
—¿No hubo nada diferente que le llamara la atención? —insistió Jake.
Lawrence apretó los labios en una profunda mueca de desagrado.
—La diferencia más notable fue que no acabé atrapado en una mazmorra con cubos para mear. Aquella tarde volé a las Bahamas en un avión privado.
—¿Por qué? —preguntó Jake.
—¿Por qué no? —respondió Lawrence—. Porque puedo.
Jake asintió con brusquedad.
—De acuerdo, ¿iba solo en aquel vuelo?
Lawrence no respondió de inmediato. Luego dijo:
—Eso no es relevante.
Ocultaba algo. No había ido solo y no quería decirles con quién había estado, lo cual resultaba extraño. Lawrence era adulto. Estaba soltero. Fuera quien fuese su acompañante, no debería importar. A menos que esa persona estuviera casada.
—Puesto que todos estamos sufriendo ahora mismo graves inconvenientes por algo que quizá haya hecho usted, permítanos decidir qué es relevante —espetó Harrison.
Lawrence levantó las manos.
—No tiene nada que ver con... con lo que sea todo esto.
—Y, sin embargo, está eludiendo las preguntas sobre dónde se encontraba y con quién estaba —dijo Harrison.
Lawrence cruzó los brazos.
—No pienso seguir hablando de esto. Mi vida privada es asunto mío.
—No cuando puede costarnos la vida —dijo Thomas.
—Está bien —gruñó Lawrence—. Me marché de la recepción con una joven de Georgetown.
—¿Qué quiere decir con «de Georgetown»? —preguntó Harrison—.
¿Del barrio o de la universidad...? ¿Qué?
Ah... Era una chica de compañía. Así es como disfruta usted, ¿eh?
¿No puede mantener una relación normal con una mujer a pesar de sus millones?
—Su voz tenía un matiz descontrolado mientras golpeaba el suelo con el pie a un ritmo frenético.
—Son miles de millones, no millones. Y no era una chica de compañía. Estudiaba Derecho. Yo era su mentor. ¿Contento?
Thomas notó que se le desencajaba la mandíbula.
—¿Se llevó a una universitaria a las Bahamas? —preguntó Harrison con sorna.
—Era una de las beneficiarias de mis becas. Era mayor de edad. Tenía diecinueve años.
—¿Y cuántos años tenía usted ? —exigió saber Harrison—. ¿Sesenta? ¿Más del triple que ella?
Lawrence lo fulminó con la mirada, pero no respondió.
—Es repugnante —dijo Harrison—. Si mi hija se hubiera ido con un viejo cuando estaba en la universidad, habría querido matarlo con mis propias manos.
—Yo también —dijo Thomas con asco. Se imaginó a Victoria a aquella edad y se le revolvió el estómago.
No se sentiría cómodo si Lawrence saliera con Victoria ahora , mucho menos cuando era una joven universitaria.
Y la chica con la que había estado Lawrence era una de las beneficiarias de sus becas.
Él financiaba sus estudios. El desequilibrio de poder y edad resultaba inquietante.
—¿Le ocurrió algo durante el viaje? —preguntó Jake.
—Estaba viva cuando nos separamos. Si murió después, no es responsabilidad mía —dijo Lawrence con una mueca desdeñosa—. Al menos yo recuerdo con quién estaba. ¿Qué me dicen de nuestro estimado diplomático, que bebe tanto que no recuerda dónde estaba ni qué hizo?
—¿De qué demonios está hablando? Le he dicho que estaba en Alemania sirviendo a nuestro país —gritó Harrison.
Lawrence chasqueó la lengua.
—Eso dice usted.
Mientras Lawrence y Harrison intercambiaban insultos, Thomas cerró los ojos.
Estaba cansado de respirar aire reciclado en una caja de hormigón.
Cansado de pasarse horas y horas escuchando a dos hombres que le desagradaban profundamente.
Le escocían los ojos. El dolor de espalda era imposible de ignorar.
Quería estar en su cama, en casa. Despertarse descansado y salir a correr al aire libre, respirando el fresco aire primaveral. Que todo aquello no fuera más que una pesadilla disparatada e inquietante.
Abrió los ojos.
Harrison y Lawrence seguían a la gresca. Thomas dejó de oír sus palabras y se limitó a ver cómo movían la boca. Probablemente, ninguno de los dos había pasado un solo día realmente incómodo en toda su vida.
Los odiaba. Reconoció el sentimiento y no lo rechazó. Estaba demasiado cansado para rechazar nada.
Jake permanecía sentado contra la pared de enfrente, con los brazos apoyados en las rodillas, observando la discusión sin reaccionar. Era la única persona de aquella habitación en quien Thomas confiaba, aunque apenas lo conocía.
¿Cómo podía saber si alguien mentía? No podía. Esa era la verdad. Cada uno parecía convencido de su propia inocencia, y Thomas no tenía con qué contrastar sus palabras salvo con su propio juicio, exhausto y cada vez menos fiable a medida que pasaban las horas.
La memoria jugaba malas pasadas incluso en las mejores circunstancias, sobre todo después de diez años.
La gente recordaba lo que quería recordar.
Olvidaba oportunamente las partes que la dejaban en mal lugar o las racionalizaba hasta convertirlas en historias distintas.
En aquel sitio, con apenas sueño y una desesperación creciente, ya no estaba seguro de que sus propios recuerdos fueran fiables. Mucho menos los de los demás.
Ojalá pudiera hablar con Victoria. Ella vería más allá de cualquier evasiva o invención. Formularía las preguntas adecuadas y se acercaría a la verdad.
En lugar de eso, daban vueltas en círculo sin que se vislumbrara el final. Tarde o temprano, su captor regresaría. No tendrían nada que confesar. ¿Cumpliría su palabra de sacarlos del sótano en pedazos?
Harrison por fin se quedó callado. Se sentó contra la pared con las rodillas recogidas. Le temblaba todo el cuerpo.
Fuera lo que fuese lo siguiente, Harrison no iba a facilitarlo.