14. CAPÍTULO 14
V ictoria seguía mirando la hora. Habían pasado siete horas desde el primer mensaje enviado desde el teléfono de su padre. Tres desde el segundo. No había llegado nada más.
Los hombres seguían desaparecidos. Uno de ellos tenía que confesar, pero ¿quién y qué? Los agentes aún no lo sabían.
Habían pasado el resto de la tarde intentando averiguar qué ocurrió durante el fin de semana de graduación de Georgetown, diez años atrás. De momento, no habían encontrado nada significativo que explicara el secuestro de cuatro hombres y la exigencia de una confesión.
Victoria salió de la oficina cuando se dio cuenta de que tal vez las respuestas que necesitaba no estuvieran en ninguna base de datos. Tenía que hablar con su abuelo. Quizá él tuviera razón cuando le dijo que podía ayudarla.
Se abrazó el cuerpo para protegerse del frío nocturno al salir del edificio del FBI.
El trayecto hasta la casa de su abuelo debería haber sido rápido a esas horas, pero se encontró todos los semáforos en rojo. Se quedó esperando en un cruce, dando golpecitos con el pie contra el freno. Llevaba todo el día impaciente. Quería que la situación cambiara, pero solo a mejor.
Una mujer con gabardina salió sola de una casa de ladrillo, riéndose mientras hablaba por teléfono.
Un peatón con un golden retriever esperaba mientras el perro hacía sus necesidades en una estrecha franja de césped.
Nunca dejaba de asombrar a Victoria que un solo suceso pudiera cambiarlo todo para algunas personas y absolutamente nada para las demás.
Ojalá todo fuera normal. Al día siguiente se suponía que iba a salir a caminar con su vecina, Zoey, y luego pasaría el resto del día en casa con Ned.
En lugar de eso, su vida había dado un vuelco.
Su teléfono descansaba en el portavasos, oscuro y silencioso. Rivera había prometido llamarla si recibían noticias de la Policía Metropolitana.
El semáforo se puso verde. Victoria aceleró y luego giró por M Street, esquivando un coche aparcado en doble fila con las luces de emergencia encendidas.
Condujo un poco más, ordenando sus pensamientos, antes de llamar a su hermano, que estaba en Colorado.
Alex contestó al primer tono.
—¿Tori? ¿Hay noticias?
—Todavía no. Pero necesito tu ayuda. Quiero que hagamos memoria sobre tu graduación universitaria.
—¿Mi graduación? ¿Por qué?
Victoria le explicó que exigían una confesión por un incidente ocurrido diez años atrás.
—¿Crees que está relacionado con el fin de semana de mi graduación?
—Papá estuvo en Georgetown aquel fin de semana. Lawrence Goodman también. Y, además, los secuestraron en el campus durante la graduación de este año. Estamos intentando averiguar qué ocurrió.
—¿Qué clase de cosa?
—No lo sé, Alex. Si lo supiera, no te lo estaría preguntando. —Se oyó a sí misma y suavizó el tono. No había querido hablarle con brusquedad. El miedo y la frustración la tenían con los nervios a flor de piel—. Lo siento. No quería decirlo así. Ha sido un día muy largo.
—No pasa nada. Lo entiendo. Ahora mismo no se me ocurre nada.
—¿Estás seguro? ¿Hubo alguna pelea o algún accidente?
—No. Nada que yo recuerde. Aquel fin de semana hubo una fiesta. Fuera del campus. Fuimos un montón. Se celebró en una casa enorme de Airbnb que había alquilado alguien.
—¿Qué pasó en la fiesta?
—Nada. Fue la típica fiesta de graduación.
Creo que todos empezábamos a asimilar que tal vez fuera nuestra última vez juntos y que todo estaba a punto de cambiar.
Hubo muchas despedidas. Fue un poco triste.
Solo un poco. Quiero decir, la gente estaba muy borracha.
Puede que hubiera algún drama, algunos líos, lo de siempre.
Pero nadie resultó herido. Al menos, que yo viera.
—¿Te quedaste todo el tiempo?
—En algún momento volví a mi apartamento para dormir. Cuando me fui todavía quedaba gente allí... creo..., pero no sé qué pasó después.
Victoria giró por la calle de su abuelo.
—¿Oíste algo al día siguiente? ¿Algún rumor sobre... un incidente?
—No. Nada. Si alguien hubiera muerto o sufrido una agresión, ¿no habría quedado constancia?
—No hemos encontrado ninguna. Puede que nadie lo denunciara. Si logramos identificar a la víctima o el incidente, podremos tirar del hilo para averiguar quién retiene a papá y a los demás. Acotar una ubicación.
—Estoy intentando recordar. Pero fue hace muchísimo tiempo y estoy seguro de que me pasé todo el fin de semana bebiendo. Además, ¿qué tendría que ver aquello con papá?
Victoria entró en el camino de acceso a la casa de su abuelo.
—Probablemente nada. Solo... si recuerdas algo más, llámame.
Cualquier cosa que recuerdes es importante porque ahora mismo no tenemos nada.
—No debería haber expresado la verdad con tanta crudeza cuando lo único que conseguiría sería causar dolor a todos los que querían a su padre y a los otros hombres, pero ya era demasiado tarde para retirar lo dicho.
—Lo haré. Te lo prometo. —Alex vaciló—. Sobre lo de la confesión... No creerás que fue papá quien hizo algo, ¿verdad?
Victoria quería responderle que por supuesto que no, que su padre era incapaz de hacer daño a nadie, pero tenía que mantener la mente abierta si quería ayudarlo.
—Estoy casi segura de que se vio atrapado en todo este lío por error —dijo mientras ponía el coche en punto muerto.
—Hay una cosa —dijo Alex—. No sé si tendrá importancia, pero...
—¿Qué?
—Bueno, ocurrió la noche antes de mi graduación. Uno de los secuestradores de mamá murió en prisión. El día de su cumpleaños. La prisión llamó a la familia por cortesía. ¿Te acuerdas?
Victoria se acordaba perfectamente.
—Esto va a sonar de locos, o macabro, pero consideré que su muerte era un regalo para ella. Para mamá —dijo Alex—. Tardío, pero un poco de justicia. No es que ella hubiera querido algo así, pero ya sabes.
—Sí, lo sé.
—Su muerte no fue fortuita, ¿verdad? La policía dijo que alguien había pagado a otro preso para que lo matara.
—Eso dijeron. —Victoria cerró los ojos. Jules Johnson había recibido catorce puñaladas a manos de un recluso que cumplía varias cadenas perpetuas consecutivas. Aquel preso se negó a decir una sola palabra sobre por qué lo había hecho. La investigación no había conducido a ninguna parte.
—Esto va a sonar fatal, pero ¿crees que papá estuvo implicado? ¿O el abuelo?
Alex acababa de plantear en voz alta una pregunta que Victoria llevaba años evitando. ¿Era posible? Su abuelo había quedado destrozado por el asesinato de su única hija. La había amado con una intensidad que no había menguado con el paso de los años.
Y luego estaba su padre. Por todo lo que Victoria sabía, sus padres habían tenido un matrimonio excelente, lleno de amor y respeto.
La muerte de su madre había dejado devastado a su padre.
Nunca había vuelto a casarse ni, que Victoria supiera, había salido con nadie.
Se había volcado en su trabajo y en la vida de sus hijos.
Tanto su padre como su abuelo tenían un poderoso motivo para querer muerto a Jules Johnson.
Les había arrebatado a alguien a quien amaban.
También disponían de los medios para encargar un asesinato que jamás pudiera relacionarse con ellos.
Había gente que se ocupaba de esas cosas.
Un precio elevado compraba silencio y discreción.
¿Era posible que uno de ellos, o los dos, hubieran encargado el asesinato? ¿O era terrible siquiera planteárselo?
—Si papá o el abuelo estuvieron implicados... —Alex dejó la frase en el aire, pero estaba claro que había pensado lo mismo—. ¿Es por eso por lo que se llevaron a papá? ¿Venganza por la venganza?
—No lo sé —respondió Victoria con un escalofrío—. No le digas ni una palabra a nadie, Alex, por favor. Pero sí, es algo que quizá tenga que investigar. Ahora debo irme. Estoy en casa del abuelo. Veré qué puede contarnos.
—Espera, Tori. Descubras lo que descubras sobre papá, sobre todo esto, vas a traerlo a casa. Sé que lo harás.
Eso era lo que pretendía hacer, pero ¿por qué no dejaban todos de repetírselo? ¿Necesitaban oírlo ellos o pensaban que era ella quien lo necesitaba?
—Te llamaré si cambia algo. Lo prometo. Te quiero —dijo.
—Yo también te quiero.
Permaneció un poco más en el coche, sopesando la posibilidad de que su abuelo o su padre hubieran tomado diez años atrás una decisión que había puesto en marcha todo aquello.
Era más probable que los responsables fueran Lawrence o Harrison. Eso era lo que creía. Lo que necesitaba creer.
Pero no lo sabía con absoluta certeza. Su trabajo consistía en descubrir la verdad.
Cogió la bolsa de viaje, salió del coche y se apresuró camino arriba para ver a su abuelo.