17. CAPÍTULO 17
L as luces fluorescentes del techo brillaban con intensidad, sin un solo parpadeo. Thomas se había puesto la chaqueta del traje sobre la cabeza a modo de tienda de campaña para protegerse del resplandor constante.
El dolor de cuello y espalda había empeorado de tanto permanecer sentado en el duro suelo, apoyado contra la pared. La habitación olía a aguas residuales y a sudor. El aire repugnante parecía tan desesperado por escapar como los propios hombres.
Los ruidos de arriba habían cesado hacía mucho.
Según sus cálculos, era domingo por la mañana.
Cada minuto de espera se hacía eterno, así que quizá todavía fuese sábado por la noche.
No podía estar seguro. Llevaban allí desde el sábado, después de subir a aquel todoterreno negro y despertar más tarde sobre el suelo de hormigón. No sabía cuánto tiempo había pasado.
El suficiente para que Harrison empezara a desmoronarse.
Thomas entraba y salía de un sueño inquieto cuando comenzaron los golpes y los porrazos. El sonido no procedía de arriba, como antes. Venía del interior de la habitación.
No era Lawrence. Estaba dormido y roncaba como alguien con la nariz congestionada.
Harrison había estado durmiendo en el otro catre, pero ahora estaba despierto, sacando botellas de agua de la nevera y estampándolas contra el suelo.
Tenía la camisa empapada de sudor, con manchas oscuras que se extendían desde las axilas y le bajaban por la espalda, aunque la habitación no había hecho más que enfriarse desde que llegaron.
—Lo único que nos han dado es agua —gruñó Harrison, con las manos cerradas en puños.
—¿Qué está buscando? —preguntó Thomas.
—Esto no.
Harrison lanzó una botella al otro extremo del sótano. Chocó contra el hormigón y cayó al suelo.
—¡Eh! ¿Qué está haciendo? —gritó Jake desde la esquina opuesta a Thomas.
—¡Necesito una copa de verdad! —Harrison se metió las manos temblorosas en los bolsillos—. Averigüen de una vez qué demonios han hecho para que termine esta pesadilla.
Lawrence se incorporó en el catre, también despierto. Varios mechones de pelo se le habían apelmazado, dejando al descubierto una calva que antes no se veía.
—Otra vez no.
Harrison sacó del bolsillo una mano temblorosa y señaló a Thomas y después a Lawrence.
—Hace diez años. Georgetown. Alguien murió. ¡Uno de ustedes es responsable!
Sudoroso y temblando, trastabilló, pero logró apoyarse en la pared.
Jake recogió del suelo una botella de agua y se la tendió a Harrison.
—Por favor, bébase esto para mantenerse hidratado al menos.
Harrison cogió la botella de plástico, le dio vueltas entre las manos y se la devolvió de un empujón a Jake.
—No la quiero —se le quebró la voz—. Yo ni siquiera estaba en este país. No debería estar aquí.
Una violenta sacudida le estremeció el cuerpo.
—No tiene buen aspecto. Debería tumbarse —dijo Thomas.
Harrison recorrió la habitación con la mirada vidriosa, como si la viera por primera vez. Se dejó caer sobre el catre y agachó la cabeza hasta las rodillas.
—Yo diría que tiene síndrome de abstinencia. Aunque solo ha pasado un día, más o menos. Si ya está así de mal...
Lawrence observó a Harrison con repugnancia, quizá calculando cómo podía afectar a su propia situación la debilidad de otra persona.
—Empeorará antes de mejorar —dijo Jake—. Muchísimo.
Thomas sentía lástima por Harrison. Pero, si nadie confesaba, el síndrome de abstinencia no sería el peor de sus problemas.
Unos minutos después, Harrison se levantó dando tumbos y vomitó en un cubo. El sonido de las arcadas resonó en la pequeña habitación y puso a Thomas aún más nervioso. Después llegó el olor acre de la bilis, que se sumó al hedor ya insoportable que llenaba el cuarto.
Thomas se subió la camiseta hasta cubrirse la nariz y respiró a través de la tela, intentando contener las náuseas que crecían en su interior.
Cuando Harrison terminó, volvió a desplomarse sobre el catre, tiritando.
Jake cubrió los cubos con la chaqueta del traje. Ayudó un poco.
Thomas se levantó y aporreó la puerta.
—¡Eh! ¡Tenemos una urgencia médica! ¡Alguien necesita ayuda!
No hubo respuesta. Solo silencio al otro lado y también por encima de ellos.
A Thomas le rugió el estómago. No había comido desde el desayuno del día anterior. En la nevera había bocadillos envueltos en plástico transparente. No llevaban ninguna etiqueta. Parecían caseros. Sentía una culpa extraña por querer uno. Por necesitarlo.
Golpeó de nuevo la puerta, esta vez con más fuerza.
—¿Puede oírme alguien? Necesitamos ayuda aquí dentro.
A su captor no le importaba que sufrieran.
¿Le importaría que murieran?
Thomas debía de haberse quedado dormido a pesar de la situación.
Despertó con el frío hormigón contra la mejilla, la lluvia repiqueteando con fuerza sobre el metal y alguien gritando.
Harrison estaba de pie, con los ojos inyectados en sangre y una expresión enloquecida.
—¡Quítenmelos de encima! —se golpeó los brazos—. ¡Quítenmelos!
Jake ya avanzaba hacia él.
—Harrison. Ahí no hay nada.
—¡Tengo bichos por todo el cuerpo! —chilló Harrison.
Thomas se puso en pie, con el cuerpo entumecido después de dormir sobre el duro suelo. Un intenso hormigueo le recorría una pierna.
Lawrence también estaba despierto y miraba a Harrison con el ceño fruncido.
—Harrison —dijo Thomas—. Estoy mirando directamente sus brazos. Le prometo que no hay ningún bicho.
Harrison no escuchaba. Tiró de la camisa y, con las prisas por quitársela, arrancó varios botones. Tenía empapada la camiseta interior, que se le pegaba al torso. Parecía febril. Se arañaba los brazos con tanta fuerza que se dejaba ronchas rojas.
—Está alucinando —dijo Jake.
Harrison clavó de golpe los ojos en Jake.
—Usted hizo esto. Es uno de ellos.
—¿Uno de quiénes? —preguntó Jake.
—Trabaja con ellos. Sé que sí —Harrison agitó un dedo ante Jake—. Está compinchado con ellos.
La expresión de Jake no cambió.
—El síndrome de abstinencia provoca paranoia.
Harrison se abalanzó hacia delante. Le fallaba la coordinación. Se estampó contra la pared, rebotó torpemente y cayó de rodillas.
—Todos están contra mí. Lo sé. No pueden engañarme. Ninguno de ustedes.
La lluvia arreció sobre sus cabezas. Fuera retumbó un trueno.
Con las manos en alto, Thomas se acercó a Harrison.
—Nadie está contra usted. Ahora mismo solo está enfermo. Pronto saldremos de aquí. Tiene que resistir y superar esto. Quizá lo mejor sea intentar dormir mientras pasa.
Desde luego, para los demás sería mejor que Harrison se calmara y guardase silencio, pensó Thomas.
—¡No me toque! Que ninguno de ustedes me toque.
Harrison retrocedió a gatas. Respiraba con jadeos cortos.
El diplomático que se había mostrado tan engreído tenía ahora los ojos desorbitados y resultaba irreconocible.
—Joder —murmuró Lawrence mientras observaba a Harrison arrastrarse por el suelo—. ¿Cómo ha podido perder la cabeza tan deprisa? ¿Estamos seguros de que esto no es una secuela de aquel gas o de que no hay algo en el agua?
—Yo he bebido el agua y estoy bien —dijo Jake—. Tiene que ser el síndrome de abstinencia. Bebe muchísimo. Desde que se levanta hasta que se acuesta.
Harrison volvió a ponerse en pie.
—Yo no hice nada. Estaba en Berlín —dijo, con un instante de lucidez abriéndose paso entre la confusión.
Después se echó a reír con una risa aguda y desquiciada.
Thomas intentó coger a Harrison del brazo para conducirlo de nuevo al catre.
Harrison se volvió con una rapidez sorprendente y propinó a Thomas un torpe gancho de derecha.
—¡Le he dicho que no me toque!
Thomas retrocedió. Le ardía la mejilla. Nunca le habían pegado en la cara, pero, en aquella situación surrealista, apenas le sorprendió.
—A menos que haya algo que no nos esté contando, está sufriendo un síndrome de abstinencia del alcohol —le dijo Jake a Harrison—. ¿Le había ocurrido antes? ¿Qué le ayuda?
—¡Una copa, idiota! —gritó Harrison—. ¿Hasta qué punto puede llegar a ser estúpida una persona?
Harrison se dejó caer al suelo y apoyó la espalda contra la nevera. Se llevó las rodillas al pecho, se inclinó hacia delante y se abrazó las piernas.
—¿Cuánto falta para que vuelva ese psicópata?
—No lo sé —respondió Jake.
La frustración abrasaba el pecho de Thomas. Su captor había dicho que volvería por la mañana. Pero habían perdido toda noción del tiempo y no sabían cuándo llegaría la mañana. Los trenes habían dejado de circular.
La lluvia caía ahora con más fuerza. Un golpeteo implacable.
Harrison se mecía adelante y atrás, con la mirada desenfocada.
—Caroline prepara los mejores martinis. Secos. Con tres aceitunas. Sabe exactamente cómo me gustan.
—Joder —volvió a murmurar Lawrence—. Será mejor que alguien confiese, porque no aguanto mucho más. Estas condiciones son inhumanas.
Thomas examinó las esquinas del techo y las paredes en busca de cualquier indicio de una cámara oculta.
Jake ya había inspeccionado el lugar antes, cuando despertaron allí por primera vez, en busca de equipos de vigilancia.
No había encontrado nada, pero eso no significaba que no los estuvieran observando a través de un pequeño agujero en la pared.
Su captor podía estar contemplándolos en aquel mismo momento, presenciando cómo Harrison se desmoronaba.
¿Formaba parte del plan? ¿Dejarlos sufrir y hacer que se volvieran unos contra otros hasta que el cautiverio y la desesperación los redujeran a los comportamientos humanos más abyectos?
¿O dormía su captor en otra parte del edificio, esperando a que llegara la mañana para ir a verlos?
Y el peor pensamiento de todos: ¿qué ocurriría si no regresaba jamás?
De pronto, aquel era el escenario más aterrador que Thomas podía imaginar.