Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 9. CAPÍTULO 9
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9. CAPÍTULO 9

U n sordo retumbo hizo vibrar las paredes.

Otro tren. Thomas había estado contando los intervalos entre uno y otro.

Aquella información sería importante. Pasaban aproximadamente cada hora.

No tenía forma de comprobar los tiempos ni a quién transmitirle la información, pero seguirles la pista le daba algo en lo que concentrarse.

Arriba empezó de nuevo un martilleo rítmico. El ruido llevaba largo rato repitiéndose sin cesar. Ráfagas de intensa actividad, luego silencio y después más ruido.

Durante los periodos de silencio, los hombres habían intentado gritar todos a la vez y con todas sus fuerzas. Fuera lo que fuese lo que ocurría allí arriba, quienes hacían el ruido no habían dado ninguna señal de haber oído a los cuatro hombres atrapados en el sótano.

Jake estaba sentado contra la pared, con el ceño fruncido. Se había quitado la chaqueta del traje y la cartuchera vacía que llevaba a la cintura.

Harrison yacía acurrucado de lado en un catre, con la chaqueta del traje hecha un ovillo bajo la cabeza. Había dejado de caminar de un lado a otro aproximadamente una hora antes, en mitad de una frase, como si alguien hubiera cortado un cable. Desde entonces, parecía casi aletargado.

Un fuerte estrépito resonó arriba, seguido del agudo chirrido de otra herramienta eléctrica.

Lawrence abrió el frigorífico y miró dentro. —¿Creéis que la comida es segura?

—Si quisieran envenenarnos, podrían haberlo hecho con el gas —dijo Jake.

—A menos que el psicópata quiera ver cómo sufrimos poco a poco —murmuró Harrison.

Lawrence cogió una botella de agua y la examinó durante unos segundos más antes de desenroscar el tapón.

Dio un sorbo. Thomas casi esperaba una reacción violenta, como si Lawrence fuera a llevarse las manos a la garganta con los ojos desorbitados.

Pero parecía encontrarse bien y siguió bebiendo hasta vaciar media botella de un trago.

—¿Cuántas quedan ahí dentro? —preguntó Jake.

Lawrence bajó la botella. —¿Perdone?

—Botellas de agua. ¿Cuántas?

Lawrence miró dentro del frigorífico sin apartarse para que los demás pudieran ver. —Suficientes.

—Eso no es una respuesta —dijo Thomas.

—Doce. —Lawrence cerró la puerta del frigorífico—. Hay doce.

Cuatro hombres. Doce botellas. Tres para cada uno, ¿pero para cuánto tiempo?

—No puedo quedarme aquí sentado sin más —dijo Harrison mientras se incorporaba—.

Me está volviendo loco. No sé vosotros, pero yo no estoy acostumbrado a esperar a que otro decida lo que va a pasarme.

—Se pasó las manos por el pelo y luego miró a Jake—.

Somos cuatro contra uno. ¿No podemos abalanzarnos sobre él la próxima vez que se abra la puerta?

¿Reducirlo antes de que pueda reaccionar?

—Tiene una pistola —dijo Thomas, cambiando de postura para estirar las piernas.

—¿La CIA no le enseñó a desarmar a un hombre armado? —preguntó Harrison, aún pendiente de Jake—. Si no, ¿de qué sirve usted? ¿Solo puede protegerme de alguien desarmado?

Jake levantó la cabeza. —Me enseñaron la importancia de evaluar los riesgos y mantener la calma cuando hay vidas ajenas en juego. Un hombre con un arma de fuego y un chaleco antibalas contra cuatro hombres desarmados en un espacio cerrado. Las probabilidades no están a nuestro favor.

Harrison resopló. —No estoy tan seguro.

—No creo que esté solo —añadió Jake.

El martilleo de arriba cesó.

—No hemos visto a nadie más —dijo Harrison.

—Un hombre puede sacar de un vehículo a una persona inconsciente arrastrándola y traerla hasta aquí abajo —explicó Jake—.

Pero tendríamos moratones y rozaduras, y no los tenemos.

No fue así como nos trajo. Tuvo ayuda. Alguien nos sujetó por los brazos.

Otra persona nos cogió por los pies. Es la única forma de sacarnos a los cuatro de un coche y bajarnos hasta dondequiera que estemos ahora.

Harrison frunció el ceño. —Tiene que haber alguna forma de salir.

—La hay —dijo Thomas—. Él nos la dio. Tenemos que averiguar qué quiere oír. La confesión. Quien sepa de qué va todo esto tiene que hablar antes de que todos paguemos por su silencio.

—Muy noble —dijo Lawrence—. Y todos debemos dar por sentado que usted no es quien tiene que confesar.

Thomas le sostuvo la mirada. —Si lo fuera, lo haría de inmediato. Pero no se me ocurre nada que haya hecho y que deba confesar. Créame, lo he intentado y no encuentro nada.

Lo decía en serio. De verdad.

Y, sin embargo...

Tal vez hubiera algo.

Un secreto del que su familia jamás había hablado. Todos guardaban silencio al respecto.

Apartó aquel pensamiento. No era relevante. Fuera lo que fuese lo que quería aquel hombre, no tenía nada que ver con Abigail Heslin ni con el responsable de su muerte. No podía ser.

—Lo mismo digo. No tengo nada que confesar —dijo Harrison.

—Qué tranquilizador —dijo Lawrence sin la menor calidez—. Por lo visto, aquí todos somos inocentes. Cuatro hombres inocentes, secuestrados sin motivo alguno.

El golpeteo metálico se reanudó sobre sus cabezas. Del techo cayeron flotando partículas de polvo.

La mirada de Jake se desplazó hacia Lawrence. —¿No se le ocurre ni un solo motivo?

Lawrence dejó caer la mandíbula. —No soy yo. Soy uno de los hombres más generosos del planeta. Me he pasado los últimos veinte años donando dinero a buenas causas. Sobre todo a universidades. La educación es importante. Los jóvenes merecen oportunidades. Y edificios de última generación.

Los ojos de Jake se endurecieron. —¿Qué obtiene a cambio?

Lawrence torció el gesto. —Esa pregunta es tan estúpida que nadie me la había hecho jamás. —Puso los ojos en blanco como si Jake fuera idiota—. Obtengo la satisfacción de ayudar a los demás y apoyar la educación.

—Y una desgravación fiscal enorme —añadió Thomas. Los motivos para ser generoso iban más allá del altruismo. No estaba seguro de qué impulsaba a Lawrence. Una combinación de cosas, entre ellas el ego.

—¿Ha enfadado a alguien? —preguntó Jake—. ¿Derribaron un edificio que llevaba el nombre de otra persona para construir en su lugar uno con el suyo?

—Otra pregunta estúpida —dijo Lawrence.

—No es estúpida —respondió Jake—. Alguien le guarda rencor a uno de nosotros. Estoy intentando averiguar a quién y por qué.

—Pues no es a mí. —Lawrence soltó una carcajada desdeñosa—. Y este interrogatorio se ha acabado. No estoy siendo juzgado.

—Todos lo estamos hasta que alguien confiese lo que ese tipo espera oír —dijo Thomas—. Georgetown nos conecta. Todos estuvimos en aquella ceremonia.

—Solo fue mala suerte. —Lawrence volvió a beber un buen trago de la botella.

—¡Alguien tiene que averiguar de qué va todo esto! —gritó Harrison, con la mirada clavada en Lawrence.

—Entiendo que debemos hacerlo —dijo Lawrence, dejando la botella de agua encima del frigorífico—.

Pero, antes de que alguien vuelva a señalarme con aires de superioridad moral, quizá los demás deberíais miraros al espejo.

—Su mirada voló hacia Thomas—. Su querida hija ha hecho de la justicia su profesión.

¿Qué pensaría si lo supiera todo sobre usted? ¿Seguiría estando igual de orgullosa?

Todos guardaron silencio. Esperaban a oír qué diría Thomas.

Thomas sintió que la sangre abandonaba su rostro. Cerró los puños, conteniendo la ira que deseaba descargar sobre Lawrence. No dijo nada.

Lawrence arrastró su catre hasta el extremo opuesto de la habitación y se sentó de espaldas a ellos. —He terminado con esta conversación —murmuró.

Los ruidos de arriba empezaron de nuevo, más fuertes que antes.

Nadie miró a los demás.

Ahora todos se preguntaban lo mismo, examinando su propio pasado y su posible culpa.

Thomas tenía que plantearse si él formaba parte del problema.