Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 10. CAPÍTULO 10
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10. CAPÍTULO 10

E l agente Peterson se levantó para exponer la información que había recopilado sobre sus antecedentes. Llevaba un bloc de notas amarillo.

La fotografía de Lawrence Goodman apareció en la pared de la sala de conferencias. Tenía el pelo plateado y las cejas oscuras y pobladas. Una nariz grande. Barbilla con hoyuelo. Arrugas profundas en el entrecejo.

Victoria sentía un incómodo hormigueo cada vez que lo veía.

La presencia de Lawrence en el escenario la había inquietado.

En aquel momento no había querido pensar en ello.

Ahora que estaban escudriñando su pasado, no le quedaba más remedio.

Tenía once o doce años cuando él la había acorralado en casa de sus abuelos.

Era una reunión veraniega. Un día radiante, de cielo azul y mucho sol.

La mayoría de los invitados estaban en la terraza.

Su hermano se encontraba fuera con otros dos chicos.

La madre de alguien les dijo que no gritaran tanto mientras jugaban en el césped.

Victoria no estaba con ellos. Se había refugiado en la biblioteca, con aire acondicionado, para leer un libro.

Levantó la vista cuando Lawrence apareció en la puerta.

—Victoria. —Sonrió y después miró por encima del hombro. Entró en la habitación y cerró la puerta tras él—. Estás creciendo muy deprisa. Pronto romperás corazones.

Victoria esbozó una pequeña sonrisa forzada y dijo:

—Gracias.

Volvió al libro, deseando que Lawrence se marchara.

Pero no lo hizo. Se acercó. Sin dejar de sonreír.

—Tu abuelo me ha dicho que tienes una yegua nueva.

—Sí, señor. —Se levantó de la silla y se dirigió a las estanterías, fingiendo que devolvía el libro a su sitio, aunque era suyo y no pertenecía a la biblioteca. Trataba de alejarse del señor Goodman sin faltarle al respeto.

—¿Cómo se llama? —Había bajado la voz hasta convertirla en un susurro. Sonaba íntimo y siniestro—. Háblame de ella. ¿Se porta bien contigo?

—Eh... sí. —Victoria miró hacia la ventana y hacia las personas que había fuera, ajenas a su presencia en la biblioteca.

Lawrence metió la mano en el bolsillo. Cuando la sacó, empuñaba varios billetes doblados.

—Tengo un regalo para ti. Es para que le compres unas golosinas a tu yegua. Toma.

Había mantenido la mano extendida, esperando a que ella se acercara.

Victoria había balbuceado algo sobre que tenía que buscar a su hermano.

Sin coger el dinero, se había escabullido por debajo del brazo de Lawrence y había salido a toda prisa de la biblioteca, como si la habitación estuviera en llamas.

Se sintió un poco avergonzada por su descortesía y nunca le contó a nadie lo ocurrido.

Lawrence, que por aquel entonces era el señor Goodman para ella, no le había hecho daño.

No la había tocado. Le había ofrecido dinero para comprar golosinas a su yegua.

Un gesto amable..., pero no se lo había parecido.

Cerrar la puerta, la forma en que la miraba, los susurros...

Nada de aquello le había parecido normal, ni siquiera a los once años.

No quería pensar en lo que podría haber sucedido si no hubiese escapado.

—Goodman también se graduó en Georgetown —dijo Peterson, devolviendo a Victoria a la sala de conferencias—.

Sesenta y cuatro años. Su abuelo acumuló edificios de apartamentos por todo el nordeste del país durante las décadas de 1940 y 1950.

Su padre amplió el negocio a los inmuebles comerciales.

Lawrence y su hermana lo heredaron todo.

Peterson bajó la vista hacia el bloc.

—Su patrimonio se estima en unos 800 millones de dólares. Podría ser mucho más. A menudo lo llaman multimillonario. Estoy seguro de que, si hiciéramos un análisis contable forense, encontraríamos activos a través de sociedades pantalla y cuentas en paraísos fiscales.

Peterson pasó a otra página y recorrió con la mirada su letra de imprenta, grande y garabateada; cada línea ocupaba varias filas del papel.

—Nunca se ha casado. No tiene hijos. Su hermana murió el año pasado.

El imperio Goodman incluye en la actualidad sesenta y tres edificios de apartamentos, diez complejos comerciales y unos cuantos hoteles de lujo.

Los administradores se ocupan de todo. Lawrence no interviene en la gestión cotidiana.

—Entonces, ¿a qué dedica el tiempo? —preguntó Rivera.

—A la filantropía. Durante los últimos quince años ha donado más de 50 millones de dólares a diversas universidades.

Hay un montón de edificios que llevan su nombre.

En estos momentos se está construyendo el Centro Goodman de Ética Empresarial en la Universidad de Georgetown. También financia becas.

Peterson enarcó las cejas, y todos supieron lo que significaba aquel gesto. La cosa estaba a punto de ponerse interesante.

—Por lo que he podido averiguar, sus becas no se conceden por méritos académicos ni por necesidad económica, al menos no en el sentido tradicional. Su fundación otorga unas cuantas becas cada año mediante un extraño proceso privado de solicitud.

—¿Extraño en qué sentido? —preguntó Sam.

—Solo se puede acceder por invitación. Un representante de la fundación selecciona a los estudiantes para que presenten su solicitud durante el primer curso de secundaria.

Los criterios son vagos. Potencial demostrado.

Dotes de liderazgo. Carácter personal. Algunos de los beneficiarios asisten a cenas trimestrales con Goodman.

Sesiones individuales de mentoría. Su fundación lo llama «fomentar las relaciones con la próxima generación de líderes».

—Peterson resopló—. Si por líderes entendemos personas con la suerte de heredar millones.

—Volvió a resoplar—. Perdonad la digresión.

En cualquier caso, la mayoría de sus becas se conceden a mujeres jóvenes.

Aunque, a la edad a la que las seleccionan, no son mujeres. Todavía son niñas.

—¿Mantiene sesiones privadas con alumnas de secundaria? —murmuró Sam—. Este tipo me da muy mala espina.

—A mí también —dijo Rivera—. ¿Qué hay de su vida personal? ¿Relaciones, círculo social?

—Pertenece a varios clubes exclusivos. El Metropolitan Club, aquí en Washington D. C.; el Union League, en Nueva York; el Pacific Union, en San Francisco. No consta ninguna relación sentimental.

—¿Nunca? —preguntó Sam.

—No que yo haya encontrado. Ningún matrimonio. Ningún historial público de relaciones. Para un hombre con su perfil, es raro.

Lawrence se había construido una fortaleza de respetabilidad a base de dinero y filantropía, al tiempo que mantenía un acceso inusual a gente joven.

Parecía turbio, sobre todo teniendo en cuenta la experiencia personal de Victoria con él.

Pero no tenía ni una sola prueba de que Lawrence hubiese hecho daño a alguien o cometido algún delito.

Ser siniestro no era un crimen. Había sido generoso con mucha gente.

A alguien le rugió el estómago y Peterson dijo:

—Disculpadme.

Desapareció por el pasillo y regresó con los brazos llenos de barritas de cereales que había sacado de la cocina. Las dejó caer sobre la mesa.

—La cena —anunció.

Victoria cogió una. No era la primera vez, ni sería la última, que subsistía a base de barritas de cereales o de proteínas mientras trabajaba. Si acallaban el estómago y proporcionaban energía para seguir adelante, era suficiente.

Al otro lado de las ventanas, el cielo estaba oscuro.

—Tu turno, Victoria —dijo Rivera.

Victoria clavó la mirada en el último nombre que quedaba en la pizarra blanca.

Thomas Heslin.