Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 8. CAPÍTULO 8
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8. CAPÍTULO 8

R ivera proyectó una foto de Harrison Porter en la pantalla de la pared.

Era una fotografía profesional, una versión pulida del hombre con quien Victoria había compartido escenario aquella mañana en Georgetown.

No había ni rastro de su papada ni de su tez rubicunda, aunque su sonrisa desdeñosa era la misma.

Rivera señaló la foto mientras hablaba. —Harrison Porter, cincuenta y ocho años.

Actual jefe de Protocolo de Estados Unidos.

Supervisa las ceremonias diplomáticas y las visitas de Estado de líderes y dignatarios extranjeros.

Es, en esencia, quien decide cómo interactúan los representantes extranjeros con nuestro gobierno.

A juzgar por el discurso de graduación de Harrison, más autocomplaciente que sustancioso, Victoria habría apostado a que el trabajo de verdad recaía en el personal. Harrison se presentaba en ceremonias y cenas, estrechaba manos y se llevaba el mérito.

Rivera pasó a la siguiente pantalla. —Graduado en Georgetown y diplomático de carrera. Empezó como funcionario del servicio exterior cuando su prima estaba casada con el presidente Caldwell.

—Así fue como consiguió entrar por la puerta grande —dijo Peterson.

Rivera asintió. —Desde entonces, ha ocupado puestos en Londres y Bruselas. Fue nombrado embajador en Alemania hace diez años y ejerció durante cuatro. Todos destinos codiciados. Regresó a Washington D. C. y lo ascendieron a jefe de Protocolo.

Sam se inclinó hacia delante. —Ha sobrevivido a cuatro administraciones distintas.

—Probablemente tenga trapos sucios de todas las personas adecuadas —murmuró Peterson.

Peterson tenía una pulla cínica para todo. Victoria agradecía su manera de cuestionar la información, haciendo de abogado del diablo. Su última observación era acertada.

—Su esposa es Caroline Porter —dijo Rivera mientras continuaba con la presentación—. Llevan treinta y dos años casados y tienen dos hijos adultos. La hija es diseñadora de moda en Ginebra. El hijo es abogado de empresa en Manhattan.

Victoria lo interrumpió. —¿Los secuestradores siguen sin ponerse en contacto con su esposa?

Rivera negó con la cabeza. —No. He hablado con ella. No ha recibido mensajes ni llamadas. Me avisará si recibe alguno. —Hizo una pausa—. Caroline no pareció especialmente afectada por la noticia hasta que se enteró de que habían desaparecido otros tres hombres junto con su marido.

—Conviene tenerlo presente —dijo Victoria.

—Tiene aventuras —añadió Rivera—. No es ningún gran secreto entre sus compañeros del Departamento de Estado. Puede que su matrimonio sea de conveniencia mutua.

Victoria se cruzó de brazos. —O sus aventuras podrían ser un móvil de venganza.

—Es algo que podemos investigar más a fondo. El sueldo de Harrison como funcionario público es de 185 000 dólares al año. Caroline y él poseen una casa en Georgetown valorada en 3,2 millones de dólares, una propiedad vacacional en los Outer Banks y son socios de tres exclusivos clubes de campo.

—Dinero de su mujer —dijo Peterson.

—En su mayor parte, sí. Pero Harrison también obtiene ingresos por sus conferencias y sus puestos en consejos de administración. Forma parte del consejo de dos empresas internacionales. En total, los ingresos familiares del año pasado rondaron los 850 000 dólares.

Peterson soltó un silbido bajo. —No está mal para un funcionario.

Rivera cambió a una pantalla que mostraba la agenda reciente de Porter. —En las seis semanas anteriores al secuestro, Porter asistió a catorce actos oficiales. Cenas de Estado, recepciones en embajadas, reuniones de protocolo. Se reunió con diplomáticos de siete países distintos.

—¿Hay alguno de esos países especialmente disgustado con Estados Unidos ahora mismo? —preguntó Peterson.

—Sí, la mayoría. —Rivera volvió a cambiar la imagen—. He hablado con algunos de sus compañeros. El mensaje ha quedado muy claro. Harrison Porter tiene un problema con la bebida. En su expediente hay avisos para asegurarse de que nunca conduzca él mismo.

Victoria había visto las pruebas con sus propios ojos. —Eso podría explicar que arrastrara las palabras a las nueve y media de la mañana. Había cócteles en la recepción posterior. Lo último que lo vi hacer fue darle un buen trago a una petaca antes de subir al todoterreno con mi padre.

—Encaja con lo que he averiguado —dijo Rivera—.

Sigamos... Este año se han recibido diecisiete amenazas documentadas contra él a través de los canales oficiales del Departamento de Estado.

Correos electrónicos y cartas de personas furiosas.

Lo habitual para alguien en su posición.

Ninguna se consideró lo bastante creíble como para asignarle protección adicional aparte de su seguridad diplomática habitual.

Dos procedían de la misma fuente anónima.

Aún no he tenido tiempo de localizarlas, pero lo haré.

—Rivera apagó la presentación—. En resumen: Harrison Porter es un diplomático de carrera con dinero, contactos y acceso.

Ha tomado decisiones que han enfurecido a representantes extranjeros.

Probablemente haya muchos otros diplomáticos de carrera resentidos por su éxito.

—Así que, básicamente, podría tener cientos de enemigos —dijo Peterson—. Y algunos ocupan puestos de poder.

—Sí. Me encargaré de establecer prioridades en la lista —respondió Rivera.

—Su asistencia a la ceremonia de graduación era de dominio público —añadió Victoria—. Se anunció con meses de antelación.

La pantalla de su teléfono se iluminó. Comprobó quién llamaba y se levantó. —Dadme dos minutos. Es mi asesor financiero.

Salió al pasillo y se alejó de la sala de conferencias antes de contestar.

—Steve. Hola.

—Victoria, he recibido tu mensaje. Siento lo de tu padre. ¿Estás bien?

—Sí, gracias. Por favor, no compartas esta información con nadie. ¿Has empezado la liquidación?

—He iniciado el proceso con tus cuentas del mercado monetario, los fondos indexados y los bonos municipales.

Son unos 1,8 millones de dólares que puedo tener disponibles mañana por la mañana.

También podrás acceder mañana a tu cuenta de valores.

Otros 3,2 millones. Los fondos fiduciarios tardarán más. Entre cinco y siete días laborables.

Victoria hizo las cuentas. Cinco millones en cuarenta y ocho horas.

Debería bastar. La mayoría de los rescates por secuestro en Estados Unidos oscilaban entre uno y cinco millones: cantidades que podían reunirse con rapidez sin destruir la estabilidad económica de una familia.

Los secuestradores habrían investigado su patrimonio.

Sabrían a qué cantidad podía acceder razonablemente.

Pero aquel secuestro no afectaba a un solo hombre. Eran cuatro. Si todo se reducía al dinero, ¿por qué no se habían puesto en contacto con las otras familias? ¿Por qué Caroline Porter aún no había recibido ningún mensaje?

—¿Cuánto obtendríamos en total si liquidáramos todo lo mío? —preguntó.

—¿Todo?

—Sí.

—Contando tu cartera de inversiones, hablamos de unos 18 millones de dólares. Todavía no han exigido ningún rescate, ¿verdad?

—No. Todavía no.

—¿Puedes esperar a que planteen sus exigencias antes de que...?

—Tengo que estar preparada para lo que pidan. ¿Puedes hacerlo?

—Eh... sí, si crees que es lo que necesitas hacer.

Los 1,8 millones estarán en tu cuenta por la mañana.

Seguiré tramitando la liquidación de la cuenta de valores.

Tendrás acceso a 5 millones en un plazo de veinticuatro horas.

Si exigen más que eso, llámame y me ocuparé de conseguirte la cantidad exacta.

—Gracias. Te lo agradezco. Volveré a llamarte en cuanto sepa algo más. Puede que todo suceda muy deprisa. Por favor, no te separes del teléfono.

Había trabajado en suficientes casos de secuestro y estudiado otros tantos como para saber que cualquier vacilación por su parte podía resultar mortal.

Los secuestradores imponían plazos. Esperaban que el pago del rescate se efectuara con rapidez.

Cualquier retraso, cualquier dificultad para reunir los fondos, podía hacer que se dejaran llevar por el pánico y mataran a los rehenes para reducir sus pérdidas.

Los secuestradores de su madre habían pedido tres millones. Su padre había reunido el dinero enseguida.

Victoria cerró los ojos con fuerza y se clavó las uñas en las palmas.

Esta vez sería diferente.

Se irguió, se guardó el teléfono en el bolsillo y volvió a entrar en la sala de conferencias.

—¿Todo bien? —preguntó Rivera.

—Solo me estoy preparando para cualquier situación —dijo ella mientras volvía a ocupar su asiento.

Lawrence Goodman era el siguiente nombre de la lista.

Estaban a punto de averiguar más cosas sobre el filántropo multimillonario.