Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 7. CAPÍTULO 7
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7. CAPÍTULO 7

H arrison recorría la habitación en círculos una y otra vez, como si la repetición pudiera cambiar el desenlace.

No iba a suceder. Estaban presos, sin escapatoria.

Pero, si podían fiarse de su captor, alguien tenía que confesar.

No le habían visto la cara. No podían reconocer su verdadera voz.

Tal vez cumpliera su palabra y los dejara marchar.

Pero antes, la confesión.

Lawrence estaba sentado en un catre, aferrado a la fina manta que lo cubría y respirando como un animal atrapado. Thomas esperaba que no permanecieran allí el tiempo suficiente para que alguno se viniera abajo.

—Se supone que usted es el encargado de mi seguridad —le dijo Harrison a Jake—. Su trabajo consiste en evitar que ocurran cosas así. Cuando salgamos de aquí, bastará una llamada para que no vuelva a trabajar en esta ciudad. Ni en ningún otro sitio.

Jake se frotó la nuca. —Recibí un mensaje de mi supervisor ordenándome que los sacara de allí a usted y a sus amigos y los llevara de inmediato al siguiente destino.

—Así que se limitó a obedecer órdenes. No hizo preguntas. No verificó nada. Metió sin más a tres hombres importantes en un coche con un desconocido —gritó Harrison. Una red de capilares rotos le oscurecía el rostro.

La mano de Jake se desplazó hacia el cuello de la camisa. —Verifiqué el número de matrícula que recibí. No tenía ningún motivo para pensar que…

Harrison lo interrumpió con una mirada fulminante. —Los tenía todos. Su trabajo consiste, literalmente, en prestar atención y evaluar los riesgos.

Harrison quería culpar a alguien y no estaba dispuesto a soltar el asunto. Señaló a Jake con el dedo. —Puede que estemos aquí por su culpa. Puede que sea usted quien tenga que confesar.

Jake habló entre dientes. —Dudo mucho que sea yo.

—¿Está seguro? ¿A quién más dejó desprotegido? ¿Cometió algún error por el que murió alguien? Los hombres en su puesto no acaban haciendo de niñera en recepciones diplomáticas a menos que hayan fracasado en algún otro sitio.

Jake le devolvió a Harrison una mirada furibunda. —Usted no sabe nada de mí. Nunca se ha molestado siquiera en preguntar. No tengo nada que ocultarle ni a usted ni a nadie. Yo solicité trabajar en protección. Quería proteger a la gente. Mi expediente está limpio.

Harrison esbozó una mueca desdeñosa y se disponía a hablar de nuevo, pero Thomas ya había oído bastante.

—Déjelo en paz. Quienquiera que nos haya secuestrado sabe muy bien lo que hace.

Jake tiene tan pocas ganas de estar aquí como nosotros.

Y, si lo quisieran a él, no nos habrían llevado a nosotros.

—Eso no lo sabemos —dijo Harrison—. Nos secuestraron a cuatro. No a uno solo.

Tenía razón. Secuestrar a cuatro personas parecía requerir mucho más esfuerzo y entrañar mucho más riesgo que secuestrar a una. Y, sin embargo, allí estaban todos. No tenía sentido.

El enfrentamiento entre los hombres no se resolvió; solo se agotó. Harrison se retiró hasta la pared del fondo. Jake se sentó y clavó la mirada en el suelo. Nadie habló.

Thomas suspiró, y el sonido resonó más fuerte de lo que pretendía. Esperaba que quien tuviera que confesar se diera prisa en hacerlo.

No había llevado una vida perfecta, pero, desde la muerte de su esposa Abigail, había hecho todo lo posible por honrar su memoria y conseguir que sus hijos se sintieran orgullosos de él.

Aun así, no era perfecto. En los negocios solía haber un ganador y un perdedor. Pero todos conocían el resultado.

¿Tenía algo digno de confesión? ¿Algún secreto oscuro?

Hundió la cabeza entre las manos y repasó las decisiones que había tomado durante los últimos meses. Negociaciones y contratos que favorecían a su empresa, como era el objetivo de cualquier negocio. Todo legal. Público.

No le gustaba cuestionar sus propias decisiones.

La resolución y la confianza lo eran todo.

Pero ahora tenía que revisar cada aspecto de su vida.

En el terreno personal, no había nada polémico.

Cenaba con Victoria y Ned, que hablaban sobre todo de su clínica veterinaria, de las trastadas de sus perros y burros y, de vez en cuando, de los casos de Victoria, tanto los que salían en las noticias como los que no.

Varias veces al mes, Thomas visitaba a su suegro, Samuel, que por lo general era una compañía agradable.

Thomas había viajado dos veces a Colorado para ver a su hijo Alex y a la esposa de este, Minka, que esperaban un bebé, su primer nieto. Pero Thomas se dedicaba sobre todo a trabajar. Así que, por descarte, si había hecho algo malo, probablemente estaría relacionado con el trabajo.

Esperaba que no fueran la arrogancia o la ignorancia las que hablaran por él, pero no se le ocurría ni una sola cosa terrible que hubiera ocultado al mundo. Y, sin embargo, alguien pensaba que él —o uno de ellos— merecía permanecer allí como rehén hasta que saliera a la luz la verdad.

Thomas examinó a sus compañeros de celda.

Victoria le había enseñado a buscar indicios reveladores.

Frotarse el cuello. Tocarse el cuello de la camisa.

Microexpresiones. También le había dicho que ese análisis no era infalible.

En situaciones de mucha tensión, los inocentes mostraban las mismas conductas que los culpables.

El miedo parecía engaño. La ansiedad era un reflejo de la culpa.

Los tubos fluorescentes del techo arrojaban una luz despiadada sobre cuatro hombres que parecían culpables.

A pesar de la baja temperatura de la habitación, sudaban y no paraban de moverse.

Lawrence se mecía ligeramente sobre el catre y permanecía en silencio.

Harrison mascullaba palabras furiosas. Thomas sentía su propio pulso martilleándole en la garganta.

En aquella situación, sería imposible saber quién mentía y quién decía la verdad.

¿Estaba cada uno repasando su propia historia en busca de malas acciones? ¿Estaban tan convencidos como él de no haber hecho nada que justificara aquello? De ser así, ¿qué posibilidades tenían de salir de aquella jaula de hormigón?