Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 6. CAPÍTULO 6
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6. CAPÍTULO 6

H abía pasado una hora en la sala de conferencias del FBI mientras los agentes investigaban y hacían llamadas. No habían recibido más mensajes del teléfono de Thomas Heslin. Tampoco había nuevas pistas de la policía ni de la CIA.

Victoria se sirvió una taza de café. Bebió sin saborearlo.

Sam fue el primero en exponer. Había preparado un resumen de los antecedentes de Jake Miller, el agente de la CIA desaparecido.

Victoria dedicó a Sam una sonrisa tensa, contenta de que ahora estuviera allí, trabajando con ella para averiguar por qué habían desaparecido su padre y otros tres hombres y, sobre todo, cómo recuperarlos.

—La CIA ha confirmado que Jake ha faltado a tres contactos programados.

No consiguen localizarlo —dijo Sam mientras proyectaba en la pared la primera foto de Jake.

La imagen aparecía centrada, con un encabezado y, debajo, una cronología de la carrera de Jake codificada por colores.

Las presentaciones de Sam siempre parecían haber requerido varios días de preparación, no menos de una hora.

Victoria estudió la fotografía del agente de la CIA.

Tenía exactamente el mismo aspecto que cuando lo había conocido ese mismo día.

Pelo oscuro cortado al rape. Piel clara.

Su trabajo consistía en proteger al jefe de Protocolo.

No lo había conseguido. Victoria procuró no juzgarlo con demasiada dureza, ya que no sabían qué había ocurrido.

Ni siquiera sabía si el agente seguía vivo.

Pero el hombre al que Jake debía proteger ya no estaba a salvo. Y, presumiblemente, su padre tampoco.

Sam continuó pasando diapositivas. —Jake Miller tiene treinta y tres años.

Sus padres emigraron de Israel en los ochenta.

Su padre trabajó como ingeniero. Su madre fue profesora en Maryland.

Jake se graduó cum laude en la American University hace once años.

Estudió Relaciones Internacionales. Su primer empleo consistió en evaluar riesgos para una empresa privada de Washington D.

C. Trabajaban con muchos clientes europeos y el puesto exigía viajar por todo el mundo.

Hacía frecuentes viajes a Londres y París.

—A mí me parece un buen trabajo —dijo Peterson.

Sam asintió sin perder el hilo. —Esa consultora se disolvió. No puedo acceder a sus archivos ni a la lista de clientes. Es difícil saber qué hacía exactamente Jake mientras trabajaba allí.

Victoria tamborileó con los dedos sobre la mesa, incapaz de estarse quieta. No era raro que una empresa disuelta destruyera o eliminara sus archivos. Pero aquello implicaba que había lagunas imposibles de llenar en el historial de Jake.

Sam prosiguió: —Jake dejó el sector privado al cabo de cuatro años y se presentó voluntario al proceso de selección de la CIA.

Su primer destino fue la sección de Oriente Medio.

Trabajó como analista en Langley durante dos años.

Después pasó a operaciones. Estuvo dieciocho meses en la delegación de Damasco, hasta que cerró.

Luego, Ankara. Por resumir los aspectos más destacados de su expediente: hace seis años sacó a pie de Ankara a un activo cuya tapadera había quedado al descubierto.

Cruzaron dos fronteras en setenta y dos horas.

Sin bajas. La operación fue propuesta para una condecoración.

—Sam frunció el ceño—. Por lo que he averiguado, Jake no comete errores por descuido...

, lo cual hace que lo de hoy resulte interesante.

—Por desgracia, siempre hay una primera vez para equivocarse —dijo Rivera—. Aunque este error es bastante grave. Aun así... estoy pensando que..., con ese historial y esa experiencia, ¿por qué se dedica Miller a escoltar diplomáticos ahora?

Sam cruzó los brazos. —Yo me pregunté lo mismo, y quizá ocurrió algo que no figura en su expediente.

Sin embargo, consta que Miller solicitó el traslado.

Pidió específicamente un puesto de escolta.

Sus evaluaciones de rendimiento son buenas, pero su último supervisor sobre el terreno añadió una nota.

—Sam bajó la mirada—. Dijo que Miller «mostraba indicios de fatiga operativa y se beneficiaría de un periodo de menor exposición».

Podría ser una forma burocrática de decir: este hombre necesita un descanso antes de convertirse en un lastre.

—¿Él sabía que pensaban eso? —preguntó Victoria.

—Probablemente. Mi impresión es que ya no podía más —respondió Sam—.

Ocurrió algo, o acabaron pasándole factura siete años viviendo en lugares donde todo el mundo podía estar intentando matarlo, sin quedarse nunca el tiempo suficiente en un sitio como para echar raíces.

En comparación, un puesto de escolta diplomática debía de parecerle unas vacaciones.

Victoria entendía la necesidad de tener un trabajo con horario regular.

Tras años con una agenda imprevisible, sentía un impulso parecido de cambiar de profesión.

Le encantaba su trabajo, pero quería pasar más tiempo en casa.

No quería que Ned y su familia estuvieran siempre preocupados por su seguridad y tuvieran que suplir constantemente sus ausencias.

Pero aquel no era el momento de pensar en eso.

Dejó esas reflexiones para más adelante y siguió escuchando.

—No hay medidas disciplinarias en el expediente de Miller.

Sus evaluaciones de rendimiento son sólidas.

—Sam cambió de pantalla—. Tiene una habilitación de seguridad de alto secreto.

Se la renovaron hace ocho meses. Está registrado como independiente.

No hace donaciones a campañas políticas.

Como cabía esperar, no tiene presencia en redes sociales.

—¿Familia? —preguntó Victoria.

—Sus padres han fallecido. Tiene un hermano en Oregón. Y una exmujer de la que seguimos esperando noticias. Brandi Smith Miller. Se divorciaron hace cuatro años, después de un matrimonio breve. Sin hijos.

—Volveré a intentar hablar con su ex —dijo Victoria.

Llamó al número que Sam le había dado.

Alguien contestó.

—¿Diga?

—¿Señora Smith? Soy la agente especial Heslin, del FBI. Lamento ponerme en contacto con usted así, sin previo aviso. La llamo por su exmarido. Jake Miller.

—Acabo de escuchar el mensaje de otro agente —dijo Brandi—. ¿Está bien Jake? ¿Qué ha ocurrido?

—No estamos seguros. Estamos intentando localizarlo. ¿Ha recibido hoy algún mensaje o llamada inesperados? ¿Alguien que preguntara por Jake o le pidiera que le transmitiera alguna información?

—No. Nada de eso. ¿Qué clase de situación es esta? ¿Está en peligro? ¿Estaba trabajando?

—Todavía estamos recabando información. ¿Cuándo habló con él por última vez?

—No... Ah... Sí... Hace dos meses. Me llamó por mi cumpleaños.

—¿Puede contarnos algo que nos ayude a entender su estado de ánimo actual?

—Ay, Dios. ¿Qué puedo decir...? El estado de ánimo de Jake siempre ha sido el mismo, desde que lo conozco.

Vive entregado a su trabajo y lo hace todo según las normas.

Es una persona con la que se puede contar.

Y es amable. —Hizo una pausa—. Nuestro matrimonio era otra cosa.

Siempre había una parte de él que estaba en otro lugar.

No era culpa suya ni mía. Nunca conseguí llegar a él.

Al final dejé de intentarlo. Pero Jake es un buen hombre. ¿Está metido en problemas?

—Lo siento, pero aún no lo sabemos. Si recibe algún mensaje o llamada, póngase en contacto conmigo de inmediato. Y, por favor, no hable con la prensa. Eso podría perjudicar nuestras posibilidades de... Por favor, limítese a no hablar con los periodistas.

Victoria le dio su número, prometió mantener informada a Brandi y terminó la llamada.

—Bien —dijo Rivera—. Sigamos con los antecedentes de Jake. ¿Cuál es su situación económica?

Sam pasó a otra diapositiva. —Sueldo normal de funcionario. Alquila un apartamento de un dormitorio en Alexandria y conduce un Honda Accord. Su puntuación crediticia es de 720. Nada ostentoso. Vive de acuerdo con sus posibilidades.

—¿Deudas? —preguntó Rivera.

—Préstamos estudiantiles, poca cosa, saldados hace poco. Ninguna transacción ni ingreso de efectivo sospechosos. Sus extractos bancarios son aburridos. Alquiler, suministros, comida, pedidos a domicilio.

—¿Qué más? —preguntó Rivera.

—Juega al baloncesto en una liga amateur los jueves por la noche.

—Sí, lo he visto en las pistas. El tío tiene un buen tiro en suspensión —dijo Rivera—. Aunque nunca supe cómo se llamaba. No sabía que era él hasta que has enseñado su foto.

Sam continuó: —Cuando no trabaja, va siempre al mismo bar de Arlington: The Dubliner.

—Ese sitio es muy ruidoso —dijo Peterson—. Intenté llevar allí a la familia hace poco y por dentro parecía una fiesta universitaria.

A Jake le gustaba ir siempre al mismo bar. Jugaba al baloncesto todos los jueves. Después de siete años de vida sin rutinas, se había creado una rutina al regresar al país. A Victoria le parecía lógico.

—No veo ninguna señal de alarma que lo convierta en blanco de sobornos o amenazas —dijo Sam—. Al no tener familiares cercanos, resulta más difícil sobornarlo o presionarlo.

Sam pasó a la siguiente diapositiva, un resumen del registro telefónico del agente. —Mantiene un contacto habitual con su equipo del DSS y hace alguna que otra llamada nocturna a su hermano los miércoles. No hay ningún patrón de llamadas inusuales en las semanas anteriores al secuestro.

—¿Y la llamada que recibió en Georgetown? —preguntó Victoria—. La que hizo que sacara de allí a toda prisa al jefe de Protocolo. En eso es en lo que debemos centrarnos.

—Estaba a punto de llegar a eso.

El tono de Sam reveló a Victoria que había encontrado información importante.

—La llamada procedía de un número del Departamento de Estado, la línea directa de su supervisor. Se llama Robert Barnes —dijo Sam.

Rivera se irguió. —¿Ha hablado con el supervisor?

—Desde luego —respondió Sam—. Barnes no hizo esa llamada. No pudo hacerla. En ese momento estaba reunido con el subsecretario. Su teléfono se encontraba sobre el escritorio de su despacho.

Hasta ese instante había existido una remota posibilidad de que todo aquello fuera un malentendido. Que nadie hubiera sido secuestrado. Que los hombres estuvieran juntos en algún lugar. Que el mensaje fuera una broma.

Ya no.

—Alguien suplantó el número —dijo Victoria—. Jake obedeció las órdenes de su supervisor y eso lo condujo a una trampa. Me pregunto cuánto tardó en darse cuenta. O si llegó a tener la oportunidad.

Una vez más, rezó para que todos los hombres estuvieran bien.

—Ahora mismo me están llegando los datos de esa llamada —dijo Sam—. Si utilizaron un servicio comercial de suplantación, habrá un rastro. Dadme otro minuto.

Rivera escribió en la pizarra: ¿Información privilegiada?

Sam expulsó el aire con fuerza. —Callejón sin salida. Quien suplantara esa llamada utilizó un servicio de voz sobre IP residencial que no conserva registros.

—Conocían desde dentro los protocolos del Departamento de Estado y tenían los conocimientos técnicos necesarios para suplantar un número sin dejar rastro —dijo Victoria, inquieta por el nivel de pericia que estaban descubriendo.

Estaba absorta en sus pensamientos cuando el teléfono de Rivera sonó sobre la mesa.

Él lo miró y respondió. —Rivera. —Escuchó, cogió un bolígrafo y garabateó una dirección—.

¿Algo extraño dentro? —preguntó. Unos segundos después, añadió—: Aseguren la escena, registren la zona y manden allí a la policía científica.

Llámenme cuando llegue un equipo. —Dejó el teléfono y miró a los demás alrededor de la mesa.

—Han encontrado el todoterreno junto a un edificio abandonado en el nordeste de la ciudad. Ni rastro de las víctimas. Están registrando la zona, pero creen que cambiaron de vehículo. Era el lugar perfecto para hacerlo. No hay cámaras en los alrededores.

Victoria entrelazó las manos hasta que le crujieron los nudillos.

Su padre podía encontrarse en la parte trasera de otro vehículo, alejándose más con cada minuto que pasaba hasta estar tan lejos que nadie pudiera encontrarlo jamás.

Mientras tanto, ella estaba sentada en torno a una mesa de conferencias elaborando perfiles.

Quería levantarse y ponerse en marcha, retroceder en el tiempo y correr tras su padre durante la recepción, impedir que subiera a aquel todoterreno.

Se obligó a mirar la pizarra en lugar de la puerta. Tenía que confiar en el procedimiento y en los demás agentes de las fuerzas del orden que trabajaban al mismo tiempo en el caso.

Tenía que hacerlo.

Rivera era el siguiente. Dio unos golpecitos sobre el nombre de Harrison Porter. —Esto es lo que he encontrado.