Alguien tiene que confesar (Las investigaciones de Victoria Heslin 11) 5. CAPÍTULO 5
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5. CAPÍTULO 5

T homas Heslin no estaba bien, pero estaba vivo.

Despertó con un dolor atroz que le atravesaba la frente. Un sabor espantoso le llenaba la boca y le recubría la lengua. Se obligó a abrir los ojos. El estómago le dio un vuelco.

Los tubos fluorescentes del techo iluminaban una habitación gris, con paredes de bloques de hormigón y suelo de cemento. Sin ventanas. El aire frío olía a humedad y a cerrado.

—No se mueva demasiado deprisa o vomitará, como casi me ha pasado a mí. —La voz masculina procedía de detrás de él.

Thomas se incorporó y volvió la cabeza, haciendo caso omiso de las náuseas que le recorrían el cuerpo. El guardaespaldas de Harrison Porter, el hombre que los había escoltado desde el campus, estaba sentado en el suelo con su traje oscuro.

Thomas intentó recordar algo que explicara dónde se encontraban.

Recordaba haber estado en la recepción de la graduación y que el agente le había dicho a Harrison que tenían que marcharse de inmediato.

Harrison había insistido en que Thomas y Lawrence lo acompañaran.

Thomas no recordaba por qué había accedido.

Al otro lado de la amplia estancia, Lawrence Goodman y Harrison Porter yacían boca arriba en estrechos catres, como cadáveres. El brazo de Lawrence colgaba por un lado y su mano casi tocaba el suelo.

—Están vivos —dijo el agente, como si hubiera leído los pensamientos de Thomas—. Siguen inconscientes. Nosotros somos los primeros en despertar.

Thomas intentó hablar. Tosió y volvió a intentarlo.

—¿Qué lugar es este?

El agente se hundió los dedos en el pelo.

—No lo sé. He recobrado el conocimiento solo unos minutos antes que usted.

Estamos en un sótano. O en un búnker. La puerta se cierra desde fuera.

No hay ventanas, como es evidente. Hay conductos de ventilación cerca del techo, así que tenemos aire, pero no son lo bastante grandes para pasar por ellos.

La habitación era grande, de unos nueve por doce metros, y tenía una puerta de acero.

Entre los catres había un frigorífico pequeño, de los que se usan en las residencias universitarias. En una esquina había dos cubos grandes con tapa. Retretes improvisados.

Thomas no sabía qué pensar.

—Soy Jake. Jake Miller —dijo el agente.

—Yo soy Thomas Heslin. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo hemos acabado aquí?

—Thomas también recordaba haberse sentado en la parte trasera del todoterreno junto a Harrison, que le había dado un codazo en las costillas al sacar una petaca del bolsillo de la chaqueta.

Recordaba a Jake sentado en el asiento del acompañante y a Lawrence haciendo un comentario grosero sobre una chica que había pasado por allí.

Thomas no lograba recordar quién conducía.

Poco después de subir al vehículo, lo había vencido la somnolencia.

Durante un instante se había preguntado por qué.

Ahí terminaban sus recuerdos. Igual que cuando cuentas hacia atrás para el anestesista antes de una operación.

Diez, nueve, ocho, siete... Después, nada.

—Nos gasearon en el vehículo —dijo Jake—. Cuando me di cuenta de lo que estaba ocurriendo, ya era demasiado tarde. Intenté bajar la ventanilla..., pero no podía moverme y perdí el conocimiento. Fue rápido.

—¿Y el conductor? —preguntó Thomas.

—Si también se hubiera desmayado, habríamos tenido un accidente. No creo que lo tuviéramos. Yo no estoy herido, ¿y usted?

Thomas concentró la atención en los brazos. En las piernas. En el cuello. Se sentía aturdido y mareado, pero no le dolía nada. No tenía cortes, rasguños ni moratones recientes.

—Así que fue el conductor quien hizo esto. ¿Lo conoce?

—No. Mi supervisor me dio la matrícula del vehículo que esperaba a Porter. Nunca había visto al conductor.

—¿El mismo supervisor que le dijo que abandonara la recepción?

Jake asintió.

—¿Dónde estamos? —preguntó Thomas.

—No lo sé. A estas alturas podríamos estar en cualquier parte. Podrían haber conducido durante horas mientras estábamos inconscientes.

Thomas se registró los bolsillos. No tenía el teléfono. Ni la cartera. Ni las llaves. Se lo habían quitado todo.

Del exterior llegó un rumor grave que fue aumentando de volumen. Un tren. Estaban cerca de una vía férrea. El ruido alcanzó su punto máximo y luego se desvaneció.

Por lo que sabían, podían encontrarse en pleno centro de la ciudad. O cerca de un pueblecito perdido en medio de ninguna parte.

Thomas se acercó a la puerta de acero y aporreó el metal.

—¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¿Nos oyen?

Jake se unió a él y ambos descargaron los puños contra el metal. Los golpes sordos resonaron en la estancia de hormigón, amortiguados por los gruesos muros.

—¡Socorro! —gritó Jake—. ¡Estamos encerrados!

Dejaron de gritar y golpear y aguzaron el oído.

Nada.

Al otro lado de la habitación, Lawrence Goodman gimió.

Abrió los ojos con un aleteo de párpados y los entornó, desconcertado.

Su expresión no tardó en transformarse en alarma.

Se incorporó demasiado deprisa y acto seguido se encorvó hacia delante, con las manos apoyadas en las rodillas.

Su fino pelo plateado se erizaba en ángulos extraños.

—¿Dónde demonios estoy?

—No lo sabemos —dijo Thomas—. Nos drogaron.

—¿Nos drogaron? ¿Quién? —Lawrence se puso una mano en la cadera y clavó la mirada en Jake—. Sáqueme de aquí.

—Estoy en ello —respondió Jake.

—¡Pues dese prisa! —gritó Lawrence, fulminándolo con la mirada.

—¿Le han quitado el teléfono? —preguntó Thomas.

Lawrence se palpó primero los bolsillos de los pantalones y después los de la chaqueta.

—Sí. Se lo han llevado todo. —Levantó la parte delantera de la chaqueta, dejando a la vista un desgarrón en la tela—. Y de paso me han destrozado el traje.

Todos se volvieron cuando Harrison comenzó a moverse en el otro catre.

A diferencia de Lawrence, no pareció confuso al abrir los ojos.

Contempló las paredes de bloques de hormigón, la puerta de acero y los cubos del rincón.

Su expresión adoptó una resignación cansada, como si no fuera la primera vez que despertaba en un lugar extraño sin tener la menor idea de cómo había llegado allí.

Lo primero que hizo Harrison fue meter la mano en el bolsillo lateral de su americana. Frunció el ceño al sacarla vacía; luego se levantó, fue hasta el pequeño frigorífico y bebió media botella de agua antes de dignarse a reconocer la presencia de los demás.

La falta de reacción de Harrison dejó estupefacto a Thomas.

—¿Qué es esto? —preguntó Harrison al fin, trazando un arco con un brazo para abarcar la habitación.

—No sabemos nada de nuestra situación —dijo Lawrence, señalando a Jake con un dedo acusador—. Solo que estamos aquí gracias a él.

Jake ignoró la acusación.

—Nos han mantenido con vida y han abastecido ese frigorífico. También han dejado los cubos. Por algún motivo, quieren que sigamos vivos.

—Dinero —dijo Harrison—. Tiene que ser eso. El Gobierno no negocia con terroristas, eso lo sabe todo el mundo, así que se trata de dinero. Y Lawrence tiene diez veces más que todos nosotros juntos.

Lawrence cambió de postura en el catre.

—Debería haber traído mi propio equipo de seguridad.

—Secuestrar a un jefe de Protocolo en activo no es lo mismo que llevarse a un empresario cualquiera —dijo Harrison, lanzando una mirada a Thomas al pronunciar empresario cualquiera—. Por mi culpa, esto es un incidente internacional.

—Tal vez sea justo eso lo que quieren —dijo Jake—. Un incidente internacional y toda la atención que conlleva. Probablemente defiendan alguna causa.

Harrison se acercó a la puerta y la aporreó con ambos puños.

—¡Dejadnos salir! ¡Retenernos cautivos viola el derecho internacional humanitario! ¡Habrá consecuencias! —Despotricaba como un hombre acostumbrado a que lo escucharan, pero a Thomas le recordó a los clientes que hablaban con voz fuerte y segura precisamente cuando más inseguros se sentían.

Harrison volvió a golpear la puerta.

—¡No tenéis ni idea de con quién os estáis metiendo!

Siguió sin haber respuesta.

—O pedirán un rescate —dijo Jake—, o quieren información o influencia política.

Harrison frunció el ceño.

—Eso no lo conseguirán de mí. No tengo acceso a operaciones clasificadas.

—Tiene contactos —dijo Jake—. Su prima estuvo casada con el hijo del presidente.

—Hace años. —Harrison siguió caminando, con los ojos recorriendo de un lado a otro el suelo y el techo, en busca de algo.

No había forma de salir. Thomas ya había aceptado ese hecho. Al parecer, Harrison necesitaba llegar a esa conclusión por sí solo.

Un sonido distinto hizo que todos contuvieran la respiración.

Pasos.

Unas pesadas botas resonaban con estrépito fuera de la habitación y se acercaban.

La cerradura giró.

Jake se colocó entre la puerta y los demás hombres. No tenía ningún arma.

Thomas esperaba que el agente estuviera bien adiestrado para pelear, por si se llegaba a eso.

La puerta se abrió con un chirrido de bisagras oxidadas.

Una figura armada llenó el umbral. Medía más de metro ochenta y tenía los hombros anchos. Una gruesa capa de acolchado bajo la ropa aumentaba su volumen. Llevaba un pasamontañas negro, guantes negros, camisa y pantalones negros y botas de trabajo.

Apuntó a Jake con la pistola.

—Retroceda —dijo con una voz distorsionada por un modulador electrónico.

Jake dio dos pasos hacia atrás mientras alzaba las manos.

El pulso de Thomas se disparó. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron en torno a una sola pregunta: ¿a qué venía todo aquello?

A su lado, la respiración de Lawrence se hizo más ruidosa. Rápida y superficial.

La figura enmascarada permaneció en el umbral abierto. Unas gafas oscuras le ocultaban los ojos. Movió la cabeza de un rostro a otro. Haciendo recuento. Cuando llegó a Thomas, se detuvo apenas un instante más que con los demás.

—Caballeros, estoy seguro de que se preguntan qué hacen aquí —dijo.

—Por supuesto que sí —espetó Harrison—. Y usted no tiene ni idea del lío en el que se ha metido.

La figura enmascarada prosiguió como si nadie más hubiera hablado.

—Todos están aquí porque quiero justicia. Aunque sospecho que algunos de ustedes ya lo saben.

Dirigió la mirada hacia Lawrence. Y la mantuvo fija en él.

Lawrence frunció el ceño.

—No me mire a mí.

—Esto es ilegal y demencial —dijo Harrison—. No tengo ni idea de qué está hablando.

—Pronto la tendrá. —Una vez más, la mirada de la figura pasó de un hombre al siguiente—.

Uno de ustedes destrozó la vida de una persona.

Gracias a su dinero y sus contactos, salió impune, como si nunca hubiera ocurrido.

Pero eso termina aquí. Ha llegado el momento de confesar.

Hasta que lo hagan, ninguno podrá marcharse.

—¿Eso es lo que tenemos que hacer para salir de aquí? —preguntó Lawrence—. ¿Uno de nosotros tiene que confesar?

—Parece que me ha entendido perfectamente, señor Goodman. Eso es todo. La verdad los hará libres. Por si no lo sabe, es de la Biblia. Juan 8:32. Digan la verdad y todos saldrán de aquí.

—¿Y si no sabemos qué verdad quiere oír? —preguntó Thomas.

—Entonces es usted un monstruo aún peor de lo que creía.

—La figura se balanceó hacia delante sobre las botas, con una mano enguantada apoyada en el marco de la puerta—.

Tienen todo lo que necesitan. Comida, agua y, lo mejor de todo...

, se tienen los unos a los otros. Resuélvanlo entre ustedes.

Pero no tarden demasiado o no les gustará lo que ocurra.

Se marchó. La puerta se cerró. La cerradura giró con un golpe sordo, como si se sellara una cámara acorazada.

Toda la situación era tan surrealista que Thomas apenas podía creer que estuviera ocurriendo. Era como si participaran en una especie de concurso televisivo retorcido. Su mente daba vueltas. La adrenalina lo mareaba.

¿Una confesión sobre qué? No se le ocurría nada. ¿Qué podía haber hecho cualquiera de ellos para justificar aquello? Thomas estudió a los hombres que lo rodeaban.

Lawrence tenía la cara congestionada por la furia.

En cambio, Harrison había palidecido. Se había aflojado la corbata y llevaba la camisa por fuera del pantalón.

Incluso Jake, que debía de tener formación para una situación como aquella, permanecía de pie con las manos cerradas en puños y el rostro tenso.

—¿Sabe alguno de ustedes de qué estaba hablando? —preguntó Thomas.

Nadie afirmó saberlo.

Jake entrelazó las manos.

—Ha dicho que alguien se libró de algo gracias a su dinero y sus contactos. Podría ser cualquiera de ustedes.

—Ese tipo es un lunático —dijo Lawrence—.

No me fío de nadie que cite la Biblia. Tenemos que salir de esta prisión.

Más vale que alguien nos encuentre antes de que esto vaya a más.

Si usted también ha desaparecido, sabrán que no nos hemos escabullido para ir a una fiesta privada, ¿verdad? —Lawrence señaló a Jake.

Jake asintió.

—Sí. Tengo que informar a unas horas concretas. Ya deberían saberlo.

—Bien. Entonces nos rescatarán en cualquier momento, ¿no? —preguntó Lawrence.

—Eso espero —respondió Jake.

Thomas se alegró de oírlo. No solo la CIA estaría en alerta, sino que Victoria también se habría dado cuenta de que le había ocurrido algo. Movilizaría todos los recursos del FBI.

—Mi hija nos encontrará —dijo.

Por fin estaba seguro de algo.