CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
Por algún motivo, esperaba que el interior del cobertizo estuviera oscuro, como una especie de celda. Sin embargo, el calor y la luz me golpean en cuanto abro la puerta con cautela.
—¿Sophie? —pregunta desde dentro una voz ronca.
Entro rápidamente, cierro la puerta tras de mí y me guardo las llaves con cuidado en el bolsillo.
—No —digo—. Esta vez no.
Una figura, sentada con sorprendente tranquilidad ante un pequeño escritorio de madera, levanta la vista hacia mí.
—¿Qué coño haces tú aquí? —pregunta.
Para alguien que no ha visto a nadie salvo a su esposa y carcelera durante el último medio año, es una reacción insólita. Habría esperado alguna súplica para que lo liberase, o que agradeciera que lo hubieran encontrado, pero, en cambio, me mira con perplejidad y me pilla desprevenido.
—He venido a ayudar a Sophie —digo—. Tienes un aspecto sorprendentemente bueno. Dadas las circunstancias.
Entonces Jack se pone en pie y cruza la habitación a toda velocidad hacia mí.
Debería haberme preparado mejor, haber traído un arma o algo.
No lo he pensado bien. Casi puedo entender cómo se sintió Sophie cuando encerró a Jack aquí por primera vez.
No tengo tiempo para seguir pensando, pues su puño se alza en el aire.
—No lo hagas —digo, agarrándolo de la muñeca.
Por suerte, está demasiado débil para llegar a golpearme. Incluso antes de que lo encerraran aquí, no habría sido rival para mí. Aunque antes jamás habríamos llegado a las manos. Al margen de lo que haya hecho y de los problemas que me haya causado, no soy un hombre violento.
En vez de intentar asestarme más puñetazos, se desploma en el suelo a mis pies.
—Tienes que sacarme de aquí —dice, y la voz se le quiebra en un sollozo—. Está loca. Lleva muchísimo tiempo teniéndome encerrado. Por favor, ayúdame.
Esta reacción se parece más a la que esperaba. Parece normal que quiera que lo ayude a escapar.
—Calma, calma —digo, dándole unas suaves palmaditas en la cabeza—. Primero vamos a tomarnos un minuto para hablar.
—¿En serio? —gimotea.
—Quiero ayudar a que todos lleguemos a una solución pacífica. Quiero que esto acabe bien. ¿Tú no?
Me mira, escrutando mi rostro para averiguar mis intenciones, y hace un gesto de asentimiento.
—Claro.
El cobertizo tampoco es tan pequeño. Quiero decir que, comparado con la libertad del mundo exterior, es diminuto, pero ha tenido espacio para caminar de un lado a otro.
Cuenta con un escritorio sorprendentemente ordenado y una silla en la que sentarse.
No hay cama, pero Sophie parece haberle proporcionado un saco de dormir y una almohada de aspecto cómodo.
La puerta del otro extremo de la estancia debe de conducir al cuarto de baño, pues desde luego no puede ser una salida. Para ser una prisión, no está mal.
—Qué sitio tan encantador tienes —digo sonriendo.
—¿Has perdido la cabeza? —dice Jack.
—Resulta que sí tengo algunos problemas, pero no. No he perdido la cabeza.
Tengo que ser paciente con él. Ha pasado por mucho.
—¿Hablamos de lo ocurrido?
—¿Qué tal si te limitas a dejarme salir?
Inclino la cabeza e intento recordar todo lo que he aprendido en mis sesiones con el doctor Thacker. Quiero que Jack reflexione sobre lo que ha hecho. Quizá pueda ayudarlo. Quizá todo esto pueda acabar de la mejor manera posible.
—¿Por qué crees que Sophie te encerró aquí? —pregunto.
—Porque está loca.
Se detiene, como si fuera una respuesta suficiente. Recuerdo que darle tiempo al paciente para que amplíe sus afirmaciones puede ser una técnica útil, así que espero.
—Porque no quería que la dejara. No soportaba estar sin mí.
Entonces sí lo entiende. Sabe que no fue culpa de ella. Lo hizo porque lo quería.
—Pero ¿por qué sigues aquí dentro? Han pasado meses. ¿Cómo has permitido que te tenga así?
Es una pregunta cruel, pero, pese a la situación en la que se encuentra Jack, sigo sin sentir demasiada compasión por él.
—¿Crees que no lo he intentado? El problema de querer impedir que entre la gente es que esas medidas también se vuelven contra ti cuando eres tú quien está atrapado dentro .
Me quedo mirándolo, sin saber qué decir ni qué hacer. Thacker lo sabría. Él tendría las palabras adecuadas, las preguntas pertinentes. Soy un hombre sin plan.
—¿Vas a dejarme salir ya?
Le tiembla la voz. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza que al final fuera a hacer otra cosa que no fuese abrir la puerta y liberarlo, pero ahora que estamos aquí, cara a cara, y que soy yo quien tiene las llaves, bueno, empiezo a preguntarme si no habrá otra alternativa.
Apoyo la espalda contra la puerta y cruzo los brazos antes de hablar.
—Sophie es una mujer preciosa —digo, mirando a Jack directamente a los ojos.
—¿Qué? ¿Qué estás diciendo?
La forma en que aprieta los labios no es precisamente una muestra de conformidad por su parte, pero sé que él también debe de verlo.
—Tenías a la mujer perfecta y le fallaste por… ¿por qué? ¿Por alguien que ya tenía pareja? De acuerdo, Serena y yo teníamos nuestros problemas…
Avanza hacia mí y hago un gesto con el brazo para indicarle que se quede donde está .
—Teníamos nuestros problemas —continúo cuando se detiene—. Pero no tenías ningún derecho a interponerte entre nosotros. Podríamos haberlo arreglado. Tú podrías haber sido feliz con Sophie. Nada de esto habría ocurrido.
—Joder —dice—. ¿Crees que merezco llevar no sé cuánto tiempo encerrado en este agujero solo porque me acosté con otra? Mira. Siento haberme liado con tu novia, ¿vale? ¿No crees que aquí dentro he tenido tiempo de sobra para arrepentirme de mis decisiones?
—Es una lástima —digo— que no pensaras en todo esto antes.
—No me lo puedo creer —tartamudea, sacudiendo la cabeza y tambaleándose como si estuviera a punto de perder el equilibrio.
—Cálmate, Jack.
Alargo una mano hacia él, pero aparta el brazo de golpe.
—Aléjate de mí, puto psicópata —ladra.
—Como ya he dicho, Jack, tengo algunas dificultades, pero no soy un psicópata.
Para ser justos, no conoce ni la mitad de la historia, pero he reconocido mis malas acciones, tanto ante Sophie como ante Serena. Ahora tengo la conciencia tranquila.
No quiero ensuciarla.
—Esto no es culpa mía —le digo, bajando la voz y hablando más despacio, tratando de eliminar su matiz amargo.
—¿Crees que es culpa mía? ¿Puedes limitarte a dejarme salir? Llevo aquí meses. Meses. Ni siquiera sé cuánto tiempo. Decidí no hacer una marca en la pared cada vez que veía la luz del sol. Estar aquí ya era bastante deprimente sin llevar además la cuenta.
Tiene que haber habido alguna forma de salir. No puedo dejar de pensarlo una y otra vez mientras recorro la habitación con la mirada, tratando de imaginar qué habría hecho yo en la misma situación. No puede haber querido salir de aquí. Aquí está a salvo. ¿Qué se ganaría dejándolo salir?
Cuando estoy a punto de darle la noticia que no quiere oír, llaman a golpes a la puerta. Parece que, después de todo, no necesitaba tener un plan. A veces, las situaciones se resuelven solas, te guste o no.
Jack y yo intercambiamos una última mirada y me aparto de la puerta justo cuando esta se abre de golpe. Al final, Jack va a recuperar la libertad. Sophie, en cambio, quizá no tenga tanta suerte.