Alguien me vigila CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
98%

CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE

En la vida, la gente no recibe lo que se merece.

Llevo demasiado tiempo observando las vidas de los demás y codiciando lo que tienen, pero a mí nunca me salen bien las cosas.

Jack no merece que lo saquen del cobertizo.

Me arrebató a Serena. Me impidió ir a Arkhangelsk.

Hizo daño a Sophie de tantas maneras que ni siquiera yo alcanzo a comprenderlas.

Sé que, cuando los policías derriben la puerta —una tarea bastante más sencilla después de que yo la abriera—, él recuperará la libertad.

Nunca tendrá que pagar por lo que ha hecho.

Perderé a Sophie antes incluso de que llegue a ser mía y él, sin merecerlo, seguirá consiguiendo todo lo que quiere.

En el jardín de Jack y Sophie no hay solo un par de policías; hay un grupo de seis, acompañados por dos perros de aspecto feroz, mirada alerta y colmillos afilados. Fuera lo que fuese lo que esperaban encontrar aquí, han venido preparados.

Más allá, Sophie y Serena están de pie una al lado de la otra, apenas visibles a través de la ventana de la cocina, mirando hacia nosotros.

Es una situación surrealista: los cuatro juntos de nuevo de esta manera.

No tengo mucho tiempo para pensar en ello, porque los policías nos conducen a Jack y a mí, desaliñados, al interior de la casa.

—No se acerquen, señoras —dice el agente situado a la izquierda de Jack mientras lo hace avanzar.

Sophie abre la boca para decir algo, pero se lo piensa mejor.

Sin embargo, me doy cuenta y me pregunto qué iba a decir.

Serena se limita a observar en silencio, con una mano apoyada en el hombro de Sophie.

Quizá después de todo puedan hacerse amigas.

¿De qué hablaban mientras yo estaba ahí fuera con Jack?

Cuando llegamos al salón, comprendo que no vamos a detenernos allí. El agente que va delante está abriendo la puerta principal, dispuesto a sacarnos de la casa.

—Un momento. He salido para liberarlo —le digo al corpulento agente que tengo al lado—. Lo estaba salvando.

Esas eran mis intenciones. No hace falta contarles a estos amables agentes que estaba pensando en cambiar de opinión.

—Podrá contárnoslo todo en comisaría —dice.

Intento dejar de avanzar, pero, en cuanto lo hago, noto un firme tirón en ambos codos que me obliga a seguir adelante.

—Pero… —Miro a mi alrededor con la esperanza de captar la mirada de Sophie. No quiero implicarla. No puedo contarles la verdad sobre lo ocurrido aquí, pero necesito ayuda. Ella no me mira.

—¿Sophie? ¿Serena? —las llamo.

Sophie no da muestras de haberme oído y Serena no responde. En vez de eso, atrae a Sophie hacia sí en un abrazo falsamente amistoso y falsamente reconfortante.

—Serena. Sophie. ¿Por favor?

—Siga avanzando, señor —dice el agente que me escolta.

—Pero no he hecho nada. Yo no… —No puedo terminar la frase porque Jack me interrumpe.

—Ha sido él. —Jack se vuelve y señala—. Él me ha hecho esto.

—Me ha estado vigilando —dice Sophie, rompiendo el silencio ahora que le conviene—. Si van a su casa encontrarán… eh… pruebas de que me vigilaba. Había instalado cámaras en la consulta del terapeuta.

La comitiva se ha detenido para escucharla. Jack y yo, junto con los agentes que nos rodean, estamos apiñados en el salón, de pie y agrupados de manera incómoda, pendientes de cada palabra de Sophie.

Casi me río al oír la palabra que ha elegido en lugar de psiquiatra . Ni siquiera ahora quiere admitir que necesitaba ayuda.

—Me dijo que, si contaba algo, también me encerraría a mí. Lo siento muchísimo. Sé que debería haber… debería haber dicho algo, pero temía por mi vida. Intenté pedir ayuda. Ya les dije que había alguien vigilando todo lo que hacía. No sabía cómo escapar de él.

Jack se lleva dos dedos a los labios, los besa y los agita en dirección a ella, y en ese preciso instante sé que esto no va a acabar bien para mí.

—¿Es usted Jonah Washington? —me pregunta el agente.

—No —respondo con sinceridad.

—Es Nick Shelton. Trabajaba conmigo. Es complicado —dice Jack.

—Era mi pareja. —Serena habla por fin, pero no para defenderme.

—Diles que yo no he hecho esto. —Estoy seguro de que no va a permitir que cargue con la culpa de algo que no he hecho.

—Es un hombre muy perturbado —añade Sophie antes de que Serena pueda decir nada más.

—¿Señora…?

—Serena —dice—. Serena Noble. Yo… no sé de qué es capaz. —Se interrumpe, se vuelve hacia Sophie y hunde el rostro contra su hombro, fingiendo llorar.

—¿Es usted el hombre que se hizo pasar por Jonah Washington? Hemos recibido una llamada de su psiquiatra —dice, dando a los demás agentes un momento para asimilar la palabra—. Está muy preocupado por usted.

—Solo fui a verlo por Sophie. Solo quería verla… —En cuanto las palabras salen de mis labios, comprendo que no debería haberlas pronunciado. Estoy abriendo una caja de Pandora que no voy a poder cerrar.

—Entonces, ¿admite que tiene el equipo de vigilancia que ha descrito aquí la señora Portman?

—No. —Miro de un rostro a otro, y todos tienen los ojos puestos en mí. Sé que van a ir a mi piso. Lo registrarán y encontrarán todo lo necesario para corroborar lo que dice Sophie. No tengo forma de ocultarlo—. Sí. La vigilaba. Pero no es lo que creen. Yo no…

—Está loco. Por favor, llévenselo. —Sophie deja escapar un gemido melodramático. Sophie. Mi Sophie. La mujer con la que he soñado estar durante todos estos meses.

Es como si los tres estuvieran improvisando una obra de teatro, aportando ideas y siguiendo las réplicas de los demás.

—Sophie, ¿por qué? ¿Qué estás haciendo? Serena. Sabes que yo nunca…

—Querías vengarte —escupe Serena—. Odiabas a Jack porque te dejé por él.

Los agentes murmuran al unísono al oírlo, pero ni siquiera es verdad. No me dejó por él. Siguió viéndonos a los dos. Se quedó conmigo hasta que la descubrí. Sin embargo, por las caras de los agentes, no creo que quieran escuchar mi versión.

—No —es lo único que puedo decir—. No, no, no.

—Seguid avanzando todos. Vamos —dice una voz ronca desde la parte delantera.

—No —repito—. Sophie, por favor. Serena, deja de hacer esto.

Miro por última vez a las dos mujeres, enlazadas en un abrazo falso e incapaces de sostenerme la mirada, antes de que dos agentes me saquen a empujones por la puerta y me lleven hasta el sendero. La casa ya no parece tan atractiva ni el barrio tan deseable al salir de allí.

—Jack. —Grito su nombre, pero él niega con la cabeza.

Los agentes lo ayudan a subir a un vehículo mientras a mí me meten a empujones en otro.

—No he hecho nada —digo—. Yo no he hecho esto.

Lo único que siempre he querido es que Sophie estuviera a salvo y que fuera mía. Nunca imaginé que el precio de su seguridad sería mi propia libertad.