Alguien me vigila CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

Jack.

La policía dijo que oficialmente no estabas desaparecido. Al principio, eso era una ventaja. Nada de preguntas incómodas, nadie a quien mentir.

Pero, por supuesto, no estabas en Arkhangelsk, y no tardaría mucho en llegar la noticia por parte de tu equipo.

Tu equipo. Serena y Caroline, allí, en la estación, sin ti.

Bueno, estoy segura de que no era eso lo que Serena esperaba.

Habría preferido con mucho que fuese Caroline la que no llegara.

No habría sido una gran pérdida. No es que la conozca, pero conozco a Serena, o al menos lo suficiente para hacerme una idea fundada.

Esperé la llamada, pero, cuando por fin llegó, el agente de policía parecía casi disculparse.

—Hemos contactado con la estación base —me dijo por teléfono la voz hueca del agente—. Y Jack nunca llegó a Rusia. El conductor lo esperó en el aeropuerto, pero no apareció.

Pregunté qué iban a hacer, si tenían alguna pista más que investigar, mientras esperaba que me dijeran que lo mejor era aguardar a ver si regresabas. No quería presionarlos demasiado. No quería que llegaran a encontrarte.

—Lo siento, cielo.

—¿No van a hacer nada? —Intenté parecer indignada sin ponerme demasiado insistente.

—En la mayoría de los casos, la persona desaparecida ha…

Empezaron a darme las mismas explicaciones, con el mismo tono de manual que ya había oído antes.

—Decidido desaparecer. Vale. Lo entiendo.

—Si se le ocurre algo que pueda ayudarnos en la investigación… —dijo el agente, dejando la sugerencia en el aire, como si no tuviera tiempo de terminar la conversación.

—Claro. Sí.

Eso era lo último que pensaba hacer. ¿Cómo iba a contarle a nadie dónde estabas y lo que había hecho?

La policía se había rendido.

Cuando colgué el teléfono, me serví una copa grande de vino. Ya no hay nadie que se queje de que beba durante el día.

Debería haber estado eufórica. Nadie iba a venir a buscarte. Estaba a salvo, al menos por un tiempo. Pero no era feliz. No era feliz en absoluto.

Cuando ocurrió todo, tomé una decisión irreflexiva y actué por impulso. Nunca pensé en un plan a largo plazo. ¿Cuánto tiempo podemos seguir así? ¿Cómo puedo vivir preocupada cada día por si alguien me descubre? Todo el mundo me observa. Veo sospechas en cada rostro.

Y no le veo fin.

Todavía oigo tu voz pronunciando aquellas palabras: Tengo que dejarte.

No podía dejarte marchar. No a Arkhangelsk. No con ella. Tienes que creer que nunca quise hacer lo que hice.

Eras mi amor. Desde el momento en que nos conocimos, lo eras todo para mí. Antes de encontrarte, estaba sola. No tenía a nadie.

Aunque me dijiste que todo había terminado con Serena, no podía soportar la idea de que estuvierais allí juntos, a kilómetros de la civilización, a miles de kilómetros de mí.

Solo se me ocurrió una forma de asegurarme de que nunca volvieras a marcharte.

Tiene sentido cuando lo explico así, ¿verdad? Seguiré escribiéndote, aunque no creo que llegue a darte estas cartas nunca. Quizá, cuando se calmen las aguas, puedas tenerlas todas.

Pero, por ahora, me despediré.

Sophie