CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
Sophie vuelve a dejarse caer en el asiento, derrotada.
—Mi marido desapareció —dice, recalcando la palabra marido —. Se lo dije a la policía. No lo han encontrado. No sé dónde está. ¿Vale? ¿Qué quieres que diga?
Estoy a punto de hablar cuando Serena dice exactamente lo que estoy pensando.
—Estás mintiendo.
—¿Qué? —dice Sophie.
—Estás mintiendo —repite Serena—. Dios mío. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¿Por qué iba a desaparecer? Lo tenía todo. Acababan de seleccionarlo para el viaje más importante que habíamos programado nunca.
Quiero interrumpirla y decir que ese puesto debería haber sido mío, no de Jack, pero me muerdo la lengua y dejo que continúe.
—¿Y sabes qué, Sophie? Iba a dejarte. Que él y yo pusiéramos fin a nuestra aventura no significaba que hubiéramos dejado de hablar. Puede que ya no fuéramos amantes, pero seguíamos siendo amigos.
No quiero oír nada de esto, pero creo que Sophie necesita escucharlo, así que no detengo a Serena.
—Iba a dejarte —repite.
Sophie contiene las lágrimas y dice en voz baja:
—No. No iba a hacerlo. Él nunca haría eso.
—Eh —digo—. No sigamos por ahí.
Pero las palabras de Serena parecen haber sido el detonante que buscábamos. Sophie se frota los ojos y empieza a hablar.
—Si vosotros dos hubierais podido ser felices juntos, lo bastante felices como para no querer a nadie más, lo bastante felices como para no arruinarme la vida, pues… —Se encoge de hombros, como si ya no le importara.
—Ahora ya no tiene sentido darle vueltas. Si hubieras hecho feliz a Serena —me dice—, yo no habría…
—¿Qué? —La voz de Serena se eleva con cada palabra—. ¿Qué has hecho?
Sophie se inclina hacia Serena, pero no intenta levantarse de nuevo.
—Me lo quitaste y, aun después de que volvieras a desecharlo, él seguía sin querer quedarse. Pensé que, después de tener una aventura, al menos sentiría que tenía alguna clase de obligación conmigo.
—¿Querías que se sintiera en deuda contigo? Una base maravillosa para una relación —la provoca Serena.
—Sé que no se limitó a desaparecer, Sophie.
Acabemos con esto de una vez. —Ahora soy yo la voz serena de la razón.
Si estamos jugando al poli bueno y al poli malo, este es el papel que prefiero.
Odio hacer sufrir a Sophie. Lo único que siempre he querido es liberarla del peso del pasado para que podamos tener juntos un futuro feliz.
Sophie se tapa la cara con las manos y se frota los ojos. Después, tras exhalar profundamente, empieza a hablar.
—No planeé lo que pasó con Jack —dice—. Fue un accidente. No podéis pensar que pretendía…
Mi expresión ha revelado demasiado claramente mi ignorancia, porque deja de hablar y niega con la cabeza.
—No, no, no —repite—. No viste nada. No sabes nada.
Pero ya es demasiado tarde. Serena y yo nos miramos y, esta vez, esa comunicación telepática fluye entre los dos.
—Sophie —dice Serena—. ¿Qué has hecho?
—La noche antes de su vuelo. Tenía aquella botella de champán en la mano.
La agitaba delante de mí, como si el hecho de que se marchara fuera motivo de celebración; como si yo tuviera que alegrarme.
—Sophie dirige la mirada de uno a otro, como buscando apoyo—.
¿Cómo podía no darse cuenta de que conseguir lo que quería significaba dejarme atrás?
Una y otra vez, de todas las maneras posibles, eso era lo que hacía.
Todas sus decisiones eran egoístas, siempre giraban en torno a él y a lo que quería.
El trabajo, las mujeres… —La mirada que lanza a Serena está cargada de veneno—.
Era un hombre egoísta, muy egoísta. Lo único que siempre quise fue que estuviera conmigo. Y que me quisiera.
—¿Tú…? Sophie, ¿Jack está muerto? —Hago yo la pregunta para que Serena no tenga que hacerla.
—Que creyerais que está muerto sería lo más fácil para mí. Si hubiera un cadáver enterrado, todo habría terminado. Todo quedaría tan limpio y ordenado… Ojalá lo hubiera matado. —Se interrumpe de golpe—. No quería decir eso. No lo digo en serio. Es que no sé qué hacer.
Su muro de resistencia se ha derrumbado. Ahora lo veo. Puedo ayudarla.
—Sophie. No pasa nada. Estoy aquí para ayudarte. —No llego a decir estamos aquí para ayudarte . Aún no puedo contar con Serena—. Solo podré ayudarte si me cuentas qué pasó.
—No está muerto —dice con voz débil—. Pero tampoco desapareció. Sé dónde está.