CAPÍTULO TREINTA Y TRES
Tengo que actuar deprisa, pero necesito tiempo para pensar. Serena no se va a marchar; eso lo tengo claro. No sé muy bien cómo voy a abordar esto, pero no parece haber alternativa para el primer paso. Si no se va a marchar, tendremos que dejarla entrar.
—Parece que vamos a tener visita —le digo a Sophie—. Actúa con naturalidad. Pórtate bien, ¿vale?
Señalo el monitor con la cabeza.
La expresión de ojos muy abiertos de Sophie es tan serena que me inquieta. Debería estar aterrorizada, pero, en cambio, parece casi apática. ¿Se ha rendido? ¿Serán los antipsicóticos? Me detengo para observarla un momento antes de continuar.
—Vamos. Abre —digo. Estoy a punto de agarrarla y empujarla en la dirección correcta, pero me contengo. No puedo tratarla así. Se merece algo mejor—. No hace falta que te diga que no hagas ninguna estupidez, ¿verdad? Esto no tiene por qué acabar mal —añado—. Para nadie.
Yo tampoco quiero hacer ninguna estupidez. Esto dista muchísimo de cómo quería que se desarrollaran las cosas.
Sophie abre la boca como si fuera a decir algo. Creo que va a preguntar qué demonios se supone que debe decirle a nuestra visitante, pero se lo piensa mejor. Buena chica. Deja escapar un leve suspiro de derrota, se acerca al panel de la pared y coge el auricular.
—Lo siento —dice con una voz ligera y alegre que suena peligrosamente sincera—. Estaba en la parte de atrás. Entra, está abierto.
No quiero que nuestra visitante me vea nada más entrar.
Le susurro al oído a Sophie mientras pulsa el botón de apertura.
—Siéntate y pórtate bien. No…
—Lo sé. No haré nada.
Esta vez la creo. Sabe lo que está en juego.
Me pego a un lado de la puerta de la cocina, desde donde apenas consigo ver a Sophie y a nuestra nueva invitada, Serena. Mi pasado y mi futuro, juntos en el mismo sitio. Es surrealista. Apenas puedo creer que esté sucediendo.
Cuando Serena entra en la casa, por su expresión sé que ya ha estado aquí.
No mira a su alrededor ni se fija en el nuevo entorno, como haría si fuera la primera vez.
No puedo evitar preguntarme si vino para encontrarse con Sophie o si, antes de eso, había venido con Jack.
Ahora no es momento de dejar que mis pensamientos se desvíen por ese camino.
Pensar en Serena y Jack juntos y en lo que él le hizo a mi vida no va a mejorar la situación y, con toda probabilidad, la empeorará.
Serena va bien vestida para la ocasión, o al menos lo iría si la ocasión fuera tomar café en casa de la mujer de tu antiguo amante.
¿Existe una palabra para designar a una mujer cornuda?
Si es así, supongo que eso es Sophie. ¿Y a mí en qué me convierte?
Parece haber elegido la ropa para diferenciarse de Sophie: unos elegantes pantalones color crema, una camisa de seda con estampado de hojas verdes y unos bonitos zapatos de tacón bajo que nunca le había visto.
Ha pasado el tiempo, ella ha seguido adelante y su nuevo vestuario refleja los cambios que ha hecho.
Hace menos de un año que me dejó y ya me pregunto si sigue siendo la misma persona.
Mientras pierdo el tiempo fijándome en la ropa que ha elegido Serena, no pienso en lo que estoy haciendo aquí ni, ya puestos, en lo que hace ella. Sophie, fiel a su palabra, ha hecho que Serena se siente en el sofá, y la oigo ofrecerle algo de beber a nuestra invitada.
—Supongo que es demasiado pronto para tomar vino —dice Serena, con ese atisbo de sonrisa en la voz que sé que significa que solo está bromeando a medias.
—Quizá un poco —responde Sophie—. Tengo una cafetera en la cocina, si te apetece uno.
Eso hace que frunza el ceño. Aquí no hay ninguna cafetera. Las encimeras están despejadas y todo se encuentra limpio y ordenado. Podría vivir aquí. Podría vivir así.
He vuelto a distraerme y Sophie me pilla desprevenido cuando regresa a la cocina.
—¿Y ahora qué? —pregunta en un susurro. Por su tono, parece que seamos cómplices, en vez de que yo haya venido sin invitación para hacerle preguntas incómodas sobre su marido desaparecido. Tengo que tomar el control. Debo volver a dominar la situación, concentrarme y guiarnos para seguir adelante.
—Vamos a hablar con nuestra invitada —digo, como si fuera la sugerencia más evidente del mundo.
Sophie deja escapar por la nariz una risita incrédula.
—¿Nuestra invitada? —pregunta, pero no espera respuesta—. Si quieres plantearlo así, vale.
Antes de que pueda reprenderla por su actitud, vuelve a la otra habitación y se sienta en el sillón. Está claro que quiere que me sienta lo más incómodo posible cuando entre y tenga que sentarme al lado de Serena.
—¿Te has olvidado del café? —pregunta Serena con una sonrisa cortés.
—No estoy segura de que vayas a quererlo —dice Sophie. Su voz suena demasiado segura. ¿Cree que Serena se pondrá de su parte? ¿Van a conspirar las dos contra mí? No. Sophie no es así. No puedo permitirme creerlo.
Tengo que improvisar sobre la marcha, pero, cuando lo hago, suelo equivocarme. No voy a dejar que sea Sophie quien controle la situación. Este es mi enfrentamiento, no el suyo. Conseguiré que diga la verdad y entonces, y solo entonces, podremos seguir adelante. Juntos.
Cómo va a encajar Serena en todo eso es un misterio.
Tras armarme de valor, entro en el salón. Sophie está de espaldas a mí, pero Serena se encuentra justo enfrente de la entrada.
—Pero ¿qué…? ¿Qué haces tú aquí? —La sorpresa visible en el rostro de Serena es casi idéntica a la expresión que tenía cuando, meses atrás, me enfrenté a ella por su relación con Jack.
Ignoro la pregunta e intento ignorar mis pensamientos.
—¿No es esta una reunión de lo más acogedora?
—digo. No consigo disimular el desprecio en mi voz.
No quiero sonar como el villano de turno, pero todo está sucediendo demasiado deprisa.
Se me escapa de las manos. No era así como había planeado que transcurriera este encuentro y ahora todo está arruinado.
Pobre Serena. Ella y Sophie se parecen muchísimo, en muchos sentidos.
En otra vida, podrían haber sido buenas amigas.
De las que se pasan el rato en casa bebiendo vino y viendo comedias románticas mientras sus maridos están de viaje en el extranjero.
Jack y yo también podríamos haber sido amigos.
Lo fuimos una vez, pero, en un entorno donde los recursos son limitados, es imposible que dos machos alfa convivan en la misma manada.
Él solicitaba las misiones que yo quería.
Quería a la mujer que yo tenía. Lo consiguió todo.
Y ahora ha desaparecido.