CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Que Sophie se diera cuenta de quién soy no ha sido precisamente el momento culminante que había imaginado cuando le daba vueltas a esta situación.
Durante todos esos meses, la he imaginado caminando hacia mí, sonriendo, pronunciando mi nombre como si yo fuera su salvador.
En vez de eso, apenas recibí un murmullo desdeñoso.
Está confusa, me digo. No sabe lo que hace.
Conoce tu nombre, pero no sabe quién eres ni lo que estás dispuesto a hacer por ella.
Me contengo y, en lugar de abalanzarme sobre ella, sentarme con la cara a escasos centímetros de la suya y preguntarle qué demonios cree que está haciendo al faltarme así al respeto…
cuento hasta cinco en silencio, concentrándome en cada sílaba de cada número.
Estoy tan absorto en esta situación al límite que al principio no oigo el sonido intruso. Tengo todo el cuerpo en tensión, como un gato a punto de abalanzarse, los músculos fuertemente contraídos y listos para saltar. Sin embargo, cuando Sophie mira hacia la puerta, de pronto todo cobra nitidez.
Alguien está llamando al timbre. Ese sonido fuerte y artificial que podía oír desde fuera incluso con la puerta cerrada atruena ahora a nuestro alrededor.
Resulta casi increíble que no me haya dado cuenta, pero supongo que la adrenalina te limita el campo de visión, o lo que sea que equivalga a eso en el oído.
—¿Esperas a alguien?
Escudriño su rostro en busca de alguna pista. Necesito saber que esta vez dice la verdad. Por una vez.
—No —dice. Su voz carece de emoción de un modo increíble, pese a la situación en la que se ha metido. Sé que debe de estar fingiendo.
—No hagas ninguna estupidez —digo y, en cuanto las palabras salen de mi boca, me doy cuenta de que parezco el antagonista de todos los thrillers policíacos que he visto en mi vida. Pero, si alguien cree que eso es lo que soy, se equivoca.
No quiero tener que taparle la boca con la mano. No puede ser así como la toque por primera vez. No quería que las cosas fueran así, pero, desde aquel primer encuentro, ¿podrían haber sido de otra manera?
Ella era la mujer de Jack; yo mantenía una relación de muchos años con Serena. Ninguno de los dos buscaba nada ni a nadie más. Aunque yo tampoco creía que Serena lo hiciera. No solo la adrenalina te pone anteojeras.
Ese no es el asunto.
No es en eso en lo que quiero pensar ahora.
Cuando conocí a Sophie, supe que era especial. Es desgarrador, absolutamente demoledor, que ni siquiera me recuerde.
—¿De acuerdo? Nada de estupideces —le repito.
Niega con la cabeza, exagerando su obediencia, y, cuando el timbre suena por segunda vez, clava los ojos en los míos.
—Esperaremos a que se vayan, ¿de acuerdo?
Sophie asiente con rapidez. Resulta tranquilizador que estemos de acuerdo. Ella no quiere problemas más que yo. Pensamos igual, vemos la vida de la misma manera. Siempre he tenido razón. Estamos hechos el uno para el otro.
Transcurren unos segundos desde el último timbrazo antes de que quienquiera que esté ahí fuera empiece a aporrear la puerta.
No consigo disimular a tiempo mi mirada acusadora. Sabía que mentía. Sophie, Sophie, ¿por qué haces esto?
— Sí que esperas a alguien. —Mi voz se convierte en un quejido agudo, y lo odio. Parece que ya no soy capaz de ocultar nada. ¿Cómo va a respetarme alguna vez si hablo así?
—No, yo… —empieza, pero entonces un destello de reconocimiento se insinúa en su rostro. Antes no lo sabía, pero acaba de darse cuenta de quién está fuera.
—¿Thacker? —¿Ha intentado llamarla? ¿Es más competente de lo que pensaba? ¿De verdad vendría directamente aquí?
Me levanto y me acerco a Sophie. ¿Hasta qué punto puedo resultar amenazador sin echarlo todo a perder?
Por su expresión, veo que me equivoco. No es el médico. Sophie frunce el ceño en un gesto breve y repentino, como si acabara de descubrir algo interesante, y enseguida recompone el rostro.
¿Habrá llamado Thacker a la policía?
Si le preocupa que pueda existir algún riesgo o peligro para la paciente o para otras personas…
¿Qué riesgo hay en decirle que el marido de otra paciente no se fue de viaje de trabajo?
Los golpes no cesan. Busco con la mirada la pantalla de vídeo, procurando no apartar los ojos de Sophie más tiempo del imprescindible. Está en la pared, junto al termostato.
—Vale. —Le indico que se levante y se acerque al monitor. Al menos podemos ver quién está ahí fuera.
En cuanto nos acercamos lo suficiente, distingo una figura y sé de inmediato quién es. No termino de asimilar a quién estoy viendo. Si a Thacker le desconcertó que uno de sus pacientes supiera cosas de otro, eso no es nada comparado con lo que siento al ver la figura en el umbral.
Alta, rubia, delgada. Inconfundible. Es Serena.