Alguien me vigila CAPÍTULO TREINTA #2
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CAPÍTULO TREINTA #2

—¿Qué quieres? ¿Dinero? No tengo dinero. De verdad que no. Ni en casa ni en el banco. No tengo nada. Mi marido desapareció y me dejó con una hipoteca enorme y… ¿por qué te estoy contando esto? No tengo nada, ¿de acuerdo?

Tiene suficiente para pagar atención psiquiátrica, así que sé que miente, pero, por supuesto, no busco dinero. Busco pasar tiempo con ella. Busco palabras. Busco la verdad. Quiero muchas cosas, pero ninguna tiene que ver con el dinero.

Quizá debería haberme guardado mis propias verdades un poco más, pero no puedo evitarlo. Las palabras salen antes de que pueda contenerlas.

—Debería haber sido yo. Jack no se merecía la beca. No merecía que lo eligieran para Arkhangelsk. Nunca te mereció a ti.

—¿Quién eres ? —Su voz es frágil. Ya se ha rendido. Esa imagen combativa que intenta mostrar no es más que fachada. Aun así, esas palabras me golpean como un puñetazo.

—¿De verdad no sabes quién soy? ¿No me recuerdas?

Ahora sí se detiene. Estudia mi rostro y me examina. La he visto todas las semanas y ella no recuerda haberme visto ni una sola vez.

—¿De verdad no sabes quién soy? —Mis palabras se convierten en un chillido al repetirlas, y odio cómo resuenan por la habitación—. Te cruzas conmigo por la calle, pasas a mi lado en el Kwik Shop y nunca reparas en mí. Sí, me aseguro de que así sea, pero piensa. Remóntate más atrás.

Sophie retrocede y ya está todo lo cerca de la encimera que puede estar.

No le queda ningún sitio adonde ir. Veo cómo alarga la mano, cómo tantea el aire en busca de…

¿de qué? De un cuchillo, probablemente. De algo, de cualquier cosa con la que pueda atacarme.

Su mano solo encuentra aire y después el borde de la tabla de cortar, pero ambos sabemos que eso no va a servirle de nada.

—Para, Sophie. No tiene sentido que intentes luchar conmigo. ¿Qué vas a hacer, mmm? ¿Qué crees que vas a hacer?

—Dios mío… —Y ahí está, el primer atisbo de reconocimiento—. Yo… Te conozco. Te conozco . ¿De qué te…? —Ya no tiene espacio para alejarse más, así que golpea la puerta del armario con las nalgas y la cadera choca contra el tirador.

—No —chilla—. Te conozco.

—Entonces di mi nombre. ¿Quién soy?

—Yo…

—Ni siquiera sabes eso, ¿verdad?

—Lo siento. Yo… —Casi puedo oír sus pensamientos mientras busca opciones a su alrededor, alguna vía de escape.

—Esta debería haber sido mi vida. Trabajé más que Jack. Llevaba más tiempo que Jack abriéndome paso a duras penas entre las filas. —No puedo contener las palabras. Ha llegado el momento de que lo sepa—. Te quería más que Jack… Te quiero… te quiero más.

—¿Q-qué? —tartamudea—. ¿Quererme? ¿Qué? —Se tambalea y vuelve a alargar la mano hacia la encimera, esta vez para sostenerse.

—Claro, tú nunca lo supiste. Estabas tan absorta en él que no veías nada más.

Pero si te quería, Sophie, ¿por qué se marchaba?

¿Por qué se marchaba siempre? Si hubieras sido mía, habría podido dejar pasar todo lo demás.

No habría necesitado perseguir las grandes expediciones.

Me habría quedado aquí contigo, construyendo nuestra vida.

No me habría ido a América, a Australia, al maldito Arkhangelsk.

Habría estado contigo. Eso era cuanto quería.

Pero él te tenía a ti y también quería todos aquellos lugares. Nunca tenía suficiente.

Su confusión empieza a resquebrajarse.

—¿Querías ir a Rusia? Pero ¿por qué? —Y, de nuevo, ahora con más calma, pregunta—: ¿Quién eres?

—Formaba parte del equipo desde cuatro años antes de que llegara Jack.

Estuve con Serena durante siete años antes de que conociera a Jack.

Él quería todo lo que yo tenía y, poco a poco, me lo arrebató.

No le importaba que ya te tuviera a ti. Siempre tuvo una vida perfecta, pero no era capaz de verlo. No la quería. No te quería a ti.

No puedo evitarlo. Las palabras brotan de mí a borbotones.

—Algo va mal en toda la raza humana. Solo queremos las vidas de los demás. Aunque tengamos todo cuanto necesitamos, nunca es suficiente.

Respira. Cálmate.

La expresión de Sophie combina confusión y miedo. Que esté confusa es comprensible, pero no quiero que me tenga miedo.

—Sé por lo que te hizo pasar. Entiendo por qué lo hiciste —digo. Por fin está al alcance de mi mano y avanzo hacia ella. Pero demasiado deprisa. Se aparta de golpe y levanta la voz.

—Quédate atrás. No te acerques a mí. Voy a gritar. Voy a…

—No vas a gritar. Sé demasiado, Sophie. No te conviene disgustarme.

Ni ahora ni nunca. ¿Qué te parece si vamos los dos a tu precioso saloncito, nos sentamos y hablamos de todo esto?

—No aceptó el ofrecimiento la primera vez, pero ahora mira hacia la otra habitación como si estuviera considerando la invitación.

No tiene muchas opciones.

Con un profundo suspiro de resignación, permite que la guíe hasta el salón.

En la habitación apenas hay pruebas de que Jack viviera aquí, y no puedo evitar preguntarme si ya era así cuando aún estaba.

Las estanterías están llenas de Plath, Dickinson y otras tonterías por el estilo, y no puedo creer que él eligiera esos tarros de velas aromáticas repartidos por todas partes.

Sophie ha extendido sus zarcillos por la habitación como la centinodia japonesa, infiltrándose e invadiendo cada rincón.

Cuando vivamos juntos, habrá algunos cambios.

Estoy tan ocupado contemplando la decoración que casi dejo que coja el teléfono. Lo recojo a tiempo y me lo meto en el bolsillo.

—Eh —espeto—. No se te ocurra hacer ninguna tontería.

—¿Por qué haces esto? —pregunta.

—Siéntate —digo, señalando su propio sofá como si ella fuera la invitada y yo el dueño de la casa.

En otro mundo, esta habría sido mi casa.

Sophie y yo podríamos haber vivido aquí juntos desde hace mucho tiempo.

Cuando hayamos arreglado el desastre con forma de Jack que hay en nuestras vidas, podremos empezar de cero.

Cuando los dos estamos sentados, ella en el sofá y yo en uno de los sillones, respondo a su pregunta.

—Tenía que vigilarte —le digo—. Asegurarme de que no te ocurriera nada. Asegurarme de que estuvieras a salvo.

—¿Me estabas observando? ¿Todo este tiempo? ¿Eras tú?

Quiero interrumpirla, pero soy lo bastante educado para dejarla hablar.

—Pensaba que estaba perdiendo la cabeza, que veía fantasmas. Sabía que alguien me seguía. Estoy haciendo terapia . —Sé que debe de estar alterada para soltar algo así. No es propio de ella mencionar sus sesiones como si nada—. ¿No entiendes lo que me está haciendo esto? Y ahora ¿qué? ¿Qué quieres?

—Te he estado observando, pero no de la forma que crees.

La verdad es que fue un giro bastante afortunado de los acontecimientos que empezaras a visitar al querido doctor Thacker.

Esas dos mujeres que trabajan con él están tan absortas en las vidas ajenas, cotilleando y lanzando pullas, que me resultó muy fácil pasar junto a ellas.

Está sentada con las manos en el regazo, en esa clásica postura defensiva. Durante un segundo pienso que debería ir a sentarme a su lado, cogerle la mano, tratarla con la dulzura y la ternura con las que siempre he soñado.

Pero no lo hago.

—No entiendo nada de esto. ¿Cómo me has estado observando? Nunca te vi. ¿Me seguiste hasta allí? ¿Y después qué?

—Descubrí lo de tus citas por pura casualidad. Estaba detrás de ti en la tienda; tú hablabas por teléfono con Henny o Lola, con quienquiera que tuviera el turno aquel día.

Por un momento olvido que esos no eran sus nombres verdaderos, pero ahora mismo no tengo tiempo para explicárselo todo a Sophie. Tengo mi propia confesión que hacer.

—Cuando te vi entrar en la consulta de Thacker, yo también hice una visita a la clínica.

Organicé un altercado en la sala de espera que distrajera al personal mientras yo estaba en la consulta del psiquiatra.

Eso consiguió que Thacker y aquellas dos inútiles me dejaran solo el tiempo justo para instalar dos aparatitos de vigilancia muy apañados.

No es el sistema de tecnología más avanzada, pero han cumplido su función.

Las cámaras son mucho más eficaces que el monitor de tu timbre.

He visto todas y cada una de tus sesiones. He oído todo lo que has dicho.

—¿Por qué ibas a hacer algo así? ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Qué pensabas conseguir?

Tiene muchas preguntas, pero dejo que salgan porque pronto seré yo quien tenga preguntas para ella. Y voy a obtener respuestas. Sonrío con tanta sinceridad como soy capaz y trato de explicárselo.

—Quería conocerte, conocer a la verdadera Sophie. Quería escuchar tus pensamientos y tus miedos. Quería estar de tu lado. Porque, Sophie, creo que necesitas a alguien que te cubra las espaldas. Si alguien descubriera qué le ocurrió a Jack, bueno, quizá necesitaras ayuda.

El miedo de sus ojos no disminuye, pero cambia de naturaleza.

—¿Qué? —La palabra suena tan baja que apenas puedo oírla.

—Me has oído, Sophie. ¿Nunca te has parado a pensar cuánto tiempo llevo observándote? No vi lo que le hiciste a Jack, pero sé que tú provocaste su desaparición.

Se mece ligeramente y me alegro de haber hecho que se sentara antes de mantener esta conversación. Si se hubiera caído sobre aquel frío suelo de pizarra de la cocina, no sé qué le habría ocurrido.

—No sabes nada —dice, como si el color no solo le hubiera abandonado el rostro, sino también la voz.

—No lo sé todo, pero sé demasiado. Sé lo suficiente.

Se queda sin palabras y me mira con una expresión que no consigo descifrar del todo.

—Te conozco —dice.

Entonces murmura la única palabra que llevo esperando oír. No levanta la vista para decírmela directamente, sino que la arroja como si no significara nada para ella. Pronuncia mi nombre.