CAPÍTULO TREINTA
Un senderito muy cuidado recorre el centro del jardín delantero de la casa de Sophie y Jack.
Es una propiedad atractiva en una zona cotizada.
La suma de los sueldos de una profesora y un geólogo investigador debe de haberles dado para vivir bien.
El ladrillo rojo y los marcos blancos de las ventanas resultan acogedores, y por un momento casi me creo que he venido a visitar a una amiga.
Si las cosas hubieran sucedido de otra manera, así habría sido.
Podría haber subido tranquilamente hasta la puerta principal con una botella de vino, deseando disfrutar de una cena, unas copas y una conversación inteligente.
En lugar de eso, me recuerdo que debo mirar alrededor, comprobar si se mueve alguna cortina, si alguien me ha visto llegar.
Estoy acostumbrado a ser quien observa, y sé demasiado bien que alguien podría estar observándome a mí.
Estar por fin aquí es un momento tan trascendental para mí que tengo que detenerme a asimilarlo.
Además, quiero dar tiempo a que se me calme el pulso, como cuando subes corriendo tres tramos de escaleras para asistir a una reunión y después necesitas quedarte fuera de la sala hasta recuperar ese sereno equilibrio antes de entrar.
He pensado en lo que voy a decirle. He tenido tanto tiempo para pensarlo que he ensayado este discurso hasta alcanzar la perfección.
Con lo que no contaba era con la sensación de que el corazón está a punto de estallarme, con ese latido palpitante que me golpea el pecho y hace que la presión me martillee las sienes.
Me mantengo tan sereno como puedo y sigo andando.
Como Jack se ausentaba tan a menudo, está claro que él y Sophie se tomaban muy en serio la seguridad, tal como ella le contó a Thacker. La puerta es pesada y tiene numerosas cerraduras, y también hay uno de esos timbres con cámara. Sé dónde colocarme para esquivarla, así que me sitúo allí.
Mientras espero ante su puerta, intento recomponerme.
Me vendría bien una bolsa de papel en la que respirar para ayudarme a bajar el ritmo y conseguir que mi cuerpo recupere un compás uniforme antes de llamar al timbre.
No puedo presentarme con la cara roja y jadeando; parece justo lo que ella esperaría de un acosador.
No soy un acosador. No la he seguido a todas partes.
Cuando estuvimos a punto de encontrarnos en el Kwik Shop, no fue culpa mía, ¿y acaso no hice todo lo posible por evitar que me viera?
Nunca he querido causarle ningún sufrimiento.
Siempre he deseado únicamente cosas buenas para ella.
Cuando dije que solo la había visto en la consulta del psiquiatra, era verdad.
Pulso el timbre.
Espero.
Espero un poco más.
Nadie responde.
No me puedo creer que Sophie esté en otro sitio.
No puede ser que justo esta vez tenga planes de verdad.
Me sorprendo riéndome de esa bromita. Sophie nunca tiene planes .
Tiene compañeros de trabajo en vez de amigos, y es tan insegura y está siempre tan a la defensiva que se cierra en banda, se niega a comunicarse y convierte a cualquier posible amigo en enemigo.
Quizá no sea tan mala con todo el mundo, pero desde luego lo fue con Serena.
De acuerdo, al final resultó que tenía motivos, pero Sophie no lo sabía, no por aquel entonces.
Cuando pulso el timbre por segunda vez, mi entusiasmo ya ha empezado a transformarse en frustración.
Puede oírlo, así que ¿por qué no abre? Está muy bien hacerle esto a un vendedor ambulante, pero que me lo haga a mí es otra historia muy distinta.
Tengo que recordarme que no sabe quién está ante la puerta, porque me estoy ocultando deliberadamente de la cámara, y ese pensamiento me calma lo suficiente para volver a llamar.
El timbre suena dentro de la casa con un trino artificial y tintineante. Prefiero con mucho los timbres clásicos, ese «ding-dong» rotundo y seguro…
Mis pensamientos se interrumpen de golpe y tengo que volver al presente al oír pasos dentro de la casa que se acercan a la puerta. Por fin. Al fin estoy aquí, delante de ella, en su propio territorio.
Sophie entreabre la puerta.
Está delante de mí.
Estoy aquí.
—¿Hola?
No intenta disimular su irritación por la interrupción. Tiene el rostro contraído en un mohín hosco y nada favorecedor. No quiero verla así. Quiero verla sonreír.
—Hola —repito.
De la casa emana un olor a hierbas y tomate.
Debo de haber venido en mal momento. Probablemente tenga en el microondas una de esas comidas preparadas de mierda.
Acaban de dar las diez de la mañana; parece que se le ha trastocado el horario.
En cualquier momento oiré el pitido que indica que está lista.
Aun así, no se puede hacer nada. Ya estoy aquí, y no hay mejor momento que el presente.
—Siento interrumpir tu mañana —digo—. Pero creo que ha llegado el momento de que tú y yo hablemos.
Me mira fijamente durante unos segundos sin decir nada. Empiezo a sentirme como un vendedor a domicilio que intenta convencerla de que lo deje entrar para explicarle cómo unas ventanas nuevas podrían cambiarle la vida.
—Estoy preparando el brunch —dice. Y entonces, como si mi última frase acabara de llegarle al cerebro, cambia de expresión y su ceño parece más confuso que molesto—. ¿Te conozco?
Intento mantener la sonrisa. Lo intento. Lo intento, pero esa pregunta me golpea como una bofetada y no puedo hacerlo. No puedo.
—Sophie… —digo, incapaz de ocultar la decepción en mi voz.
Sean cuales sean las señales que he dado, la he asustado.
Da un paso atrás, alejándose de la puerta, y extiende la mano para cerrarla.
Pero ya es demasiado tarde. Cuando ella retrocede, yo avanzo, casi como si los dos bailáramos allí, en el umbral.
Mi pie bloquea la puerta cuando intenta dejarme fuera.
—Lo siento, Sophie —digo, y lo siento de verdad—. Pero sabías que algún día ocurriría esto.
Niega con la cabeza mientras intenta empujar de nuevo la puerta, comprende lo inútil de la situación y, en vez de eso, se da la vuelta para echar a correr.
No tiene adónde ir. La única otra salida es la puerta trasera, y ya sé que estará bien cerrada.
Se toma su seguridad tan en serio que ha acabado atrapada por su propia eficacia.
Entro despacio y me tomo mi tiempo para echar todas las cerraduras, una tras otra, antes de dirigirme a la cocina.
Tal como suponía, Sophie está forcejeando con la cerradura de la parte superior de la puerta trasera.
—No hagas eso, Sophie. No tiene ningún sentido.
—¡Aléjate de mí! —Lanza una patada y yo salto hacia atrás, fuera del alcance de su pierna.
—¿Qué sentido tiene intentar escapar de esto?
Todavía intento mantener la calma. Ahora mismo es un animal asustado, una cierva en un claro que trata de huir del cazador. Niego con la cabeza ante esa idea. Yo no soy eso. Soy un guardabosques. Alguien que ayuda. Su salvación, no su acosador.
—¿De qué? —Ha dejado de intentar meter la llave en la cerradura, aunque aún la tiene agarrada—. ¿Quién eres? ¿Qué quieres?
No me mira; no intenta comprender la situación.
En vez de eso, vuelve la cabeza, recorre la habitación con los ojos y sé que busca ayuda.
Quizá algo con lo que defenderse o un teléfono para pedir auxilio.
Echa un último vistazo por la ventana, hacia el jardín que hay al otro lado, donde su libertad queda justo fuera de su alcance, antes de volverse de nuevo hacia mí.
Levanto las manos en un gesto tranquilizador, como si me acercara a aquella cierva. Aun así, doy un paso al frente y hago que ella retroceda hasta quedar pegada a la puerta.
—Tranquila, Sophie. No quiero hacerte daño.
« No quiero » probablemente no suena tan tranquilizador como pretendía. No significa que no vaya a hacerle daño, pero la verdad es que ahora mismo no es ese mi plan. ¿Cómo iba siquiera a pensar en hacerle daño a Sophie?
—¿Quién eres? —vuelve a preguntar.
La pregunta me hiere profundamente. Durante todo este tiempo ha sido el centro de mi mundo, ha estado arraigada en cada instante de mi vida, y ahora que por fin volvemos a encontrarnos ni siquiera me reconoce.
¿Tan insignificante fui para ella? ¿Todo aquello de lo que hablamos?
¿El tiempo que pasamos juntos? ¿No significó nada para ella?
¿Cómo pueden unas mismas experiencias tener un efecto tan profundo en una persona y resultar tan insignificantes para otra?
—Sophie… —Sonrío mientras doy otro paso hacia ella.
—Atrás —dice con un chillido agudo—. Aléjate de mí.
—Solo quiero hablar contigo. —Bajo las manos en un gesto apaciguador y señalo el sofá con la cabeza—. Volvamos al salón, sentémonos y charlemos, ¿eh? —Intento ser el tipo amable, pero ella no me lo pone fácil.
—No —dice con firmeza. Se desplaza de lado por la habitación, de vuelta hacia la encimera. Si echa a correr, quizá consiga pasar junto a mí, pero estoy casi seguro de que podría derribarla. Si tuviera que hacerlo. No es lo que quiero. Nada de esto está saliendo como quería.
—¡Para! —Estoy menos tranquilo de lo que pretendía. No controlo la situación ni me controlo a mí mismo, y noto que me sube la tensión. Tengo que dominarme. No puedo dejarme llevar ahora. Esto es demasiado importante para estropearlo. Si no me calmo, podrían ocurrir cosas malas. Cosas espantosas.
Vuelve a negar con la cabeza y retrocede un poco, a punto de tropezar con el armario.
—Sal de aquí. Llamaré a la policía. Voy a…
—Tu teléfono está ahí, encima de la mesa. —Señalo hacia el salón. Está más cerca de mí que de ella. Ha cometido un error de principiante al meterse en la cocina. No sé qué estaba pensando.
—No vas a necesitarlo. Aquí todo va bien, Sophie. Nosotros estamos bien, ¿verdad?
Intento tranquilizarla, pero no parece surtir el efecto deseado. Cada vez está más aterrada, sus ojos buscan desesperadamente algo que pueda ayudarla y resulta evidente que intenta urdir un plan.