CAPÍTULO VEINTINUEVE
Sabía que tarde o temprano tendría que ir a casa de Sophie, pero nunca pensé que sería tan pronto.
Confío en que el doctor Thacker sea demasiado impotente para salir de su consulta y plantarse allí en persona a toda prisa.
Puede que sea capaz de sumar dos y dos, pero resolver la ecuación cuadrilateral que nos conecta a Sophie y a mí, a Jack y a Serena, es harina de otro costal.
No me fío de mí mismo. He imaginado la escena tantas veces, pero recorrer de verdad su pulcra y pequeña avenida, abrir la verja y cruzar el umbral de su propiedad resulta más intimidante —y mucho más emocionante— de lo que jamás habría imaginado.
Es una casa preciosa. O, al menos, eso parece desde fuera.
Se ha esmerado al máximo para darle ese aspecto de casita de campo con jardín y valla blanca, aunque nos encontremos enclavados en las afueras de la ciudad.
Mirando más de cerca, los parterres están salpicados por los verdes brotes de las malas hierbas y los rosales necesitan una poda desesperadamente.
En la superficie todo parece estar bien, pero no hace falta fijarse mucho para ver la podredumbre que empieza a instalarse.
Examinar siempre los detalles, obsesionarme con las cosas pequeñas; ¿no es esa la raíz de mis problemas?
En una semana normal, Sophie estaría trabajando a estas horas, ahora que ha vuelto; avanzaría sonámbula de una clase a otra y después se refugiaría en su despacho.
Quería observarla allí cuando regresara.
Habría sido perfecto. Mi franja de una hora podría haberse convertido en una jornada laboral completa, tres veces por semana.
No tardé en descubrir que era demasiado difícil encontrar una grieta en la armadura de seguridad del colegio. Tenía un plan estupendo. Pensé que podría acercarme tranquilamente a la ventanilla de recepción y engatusar a la desaliñada auxiliar, igual que hice con Henny y Lola.
—Ah, tengo una hija en undécimo curso —dije, inclinándome hacia delante cuanto pude para meterme por el hueco de la pared.
Acercarme mucho es una de mis técnicas favoritas.
Leí que aproximarse físicamente a alguien puede hacer que esa persona se sienta psicológicamente más cercana a ti.
Sin embargo, en el colegio surtió el efecto contrario.
Ahora que lo pienso, es un consejo bastante estúpido.
Resulta agresivo, no persuasivo. Esa perla de sabiduría debía de proceder de uno de esos libros del tipo Influye en los amigos y conoce gente que descargo gratis de internet.
—Señor, ¿puede dar un paso atrás? —dijo la recepcionista.
Estoy seguro de que vi su mano cernirse bajo el escritorio, donde sin duda tenía un botón de alarma para cuando un hombre inofensivo y encantador se inclinaba demasiado hacia su preciada ventanilla. O para otras emergencias semejantes.
—Lo siento —dije. Aunque estaba poniendo a prueba mi paciencia, seguí sonriendo. Tenía que convencerme de que lo tenía todo bajo control para no hacer ninguna estupidez. Un colegio es probablemente uno de los peores lugares imaginables donde podría ponerme en plan Hulk.
—No pasa nada. Tenemos unas normas —dijo, intentando devolverme la sonrisa sin conseguirlo.
Sé que lo de las normas era una excusa para alejarme de ella, pero daba igual. Debería haber tenido más cuidado, y lo sabía.
—¿Cómo ha dicho que se llamaba su hija, señor…?
Pero ya era demasiado tarde. Colarse en el colegio era bastante difícil.
Todas las entradas y salidas estaban protegidas, y estaba claro que la mujer de la ventanilla no iba a ayudarme.
Por lo general, no me rindo con facilidad, pero que te pillen instalando dispositivos de vigilancia en un colegio es una de esas cosas que pueden meter a un hombre en problemas durante varios años. No merecía la pena correr el riesgo.
He sido paciente.
Observé a Sophie en la consulta del psiquiatra mientras el doctor Thacker daba tumbos de sesión en sesión, preguntándome cuándo iba a conseguir por fin que hablara.
Sin embargo, al final la frustración pudo conmigo.
Era como participar en un juego de adivinanzas en el que sabes que tienes que darle una pista a alguien, aunque vaya contra las reglas.
Thacker solo me veía como Jonah Washington, irritante y obsesivo.
Se supone que los psiquiatras deben escuchar a sus pacientes, creer que lo que les cuentan es verdad y trabajar con cualquier cosa que pongan sobre la mesa.
Seis años o más de formación y todavía no sabe detectar las mentiras ajenas. Ni las mías ni las de Sophie.
Puede que haya dejado caer un nombre falso, pero todo lo demás que he dicho es verdad. Sophie, en cambio, es una mentirosa descarada.
Ya no. Si vamos a tener un futuro juntos, quiero que empiece con sinceridad. Va a tener que contarme lo que le hizo a Jack.