CAPÍTULO VEINTIOCHO
Las palabras tardan unos instantes en calar.
—¿Qué has dicho?
—Sé que me has oído.
Oírlo, sí, pero no entenderlo. La confusión de que un paciente hable de la vida de otra persona. ¿No se supone que todos deben permanecer en sus propios compartimentos? Separados, a salvo, aislados; sin enredarse en las vidas de los demás.
—¿Jack?
—Jack. Jack Portman. Jack Richard Portman, por si todavía estás confundido. Aunque supongo que no tienes por qué saber cuál es su segundo nombre. De todos modos, es ridículo, ¿verdad?
—Pero…
—No fue a Arkhangelsk. No desapareció en Arkhangelsk porque nunca estuvo allí.
—Pero…
—La cuestión es que te crees todo lo que te dicen tus pacientes.
—¿Cómo sabes…? ¿Qué sabes de Jack? ¿Y de Sophie? Conoces a Sophie.
La última frase es una afirmación, no una pregunta. No puede ser una coincidencia que dos pacientes se conozcan, ¿verdad?
—Creo que ya es más que suficiente por hoy. Solo quería que lo supieras.
Demasiada confusión. Demasiados cabos que desenredar.
¿Existe riesgo de que alguien sufra algún daño? Y, de ser así, ¿quién corre peligro?
Las palabras tardarán un tiempo en asentarse. Jonah Washington y Sophie Portman forman una pareja improbable.
Jonah tiene que marcharse. Ya ha dicho más que suficiente. Sale de la consulta, cruza a toda prisa la recepción, pasa junto a Henny y Lola y sale a la calle.
—¡Beverley! Detenlo.
Demasiado tarde.
Henny podría levantarse a rastras, contonearse alrededor del escritorio y salir tras él, pero ya es demasiado tarde. Jonah se ha ido y no está disponible para más preguntas. Es hora de empezar a sumar los hechos y averiguar qué demonios está pasando.
El primer paso lógico es consultar los registros.
No hay constancia de ningún Jonah Washington en la dirección que figura en su expediente.
De hecho, no hay indicio alguno de que viva en esta ciudad una persona llamada Jonah Washington.
¿Nombre falso, dirección falsa? ¿Ambos? ¿Sería siquiera una sorpresa que su trastorno mental también fuera ficticio?
No dice mucho en favor de un psiquiatra que sea incapaz de darse cuenta de que le están mintiendo descaradamente. Jonah tiene problemas graves, pero no necesariamente los que reconoció tener. ¿Por dónde empezar siquiera a encajar las piezas?
Tanto Sophie como Jonah concertaron sus primeras visitas en junio.
Dos pacientes nuevos con apenas una semana de diferencia.
No es infrecuente: quedan huecos libres, llegan derivaciones y los pacientes piden citas privadas continuamente.
No habría ningún motivo para sospechar que existe una relación entre ellos.
A primera vista, lo único que tienen en común es que prefieren acudir por la mañana.
Podría ser una coincidencia. Probablemente lo sea.
Sophie y Jonah tienen más o menos la misma edad.
Sophie tiene treinta y dos años y, si se cree al menos parte de lo que Jonah escribió en el formulario con sus datos de paciente, él tiene treinta y tres.
¿Y qué? La edad media de aparición de los problemas de salud mental ronda los veinticinco años, pero suele pasar más tiempo antes de que se busque ayuda o de que se derive a la persona para que la reciba. ¿Poco más de treinta? Lo normal.
El elefante en la habitación —o fuera de ella— es Jack. El paciente antes conocido como Jonah conoce a Jack Portman, y resulta evidente que conoce a Sophie. Basta con darle la vuelta, retroceder sobre sus pasos, y ahí está la respuesta. Sophie Portman conoce a Jonah.
—Bev. Llama a Sophie Portman. Pregúntale si le importaría venir a verme, por favor.
—¿Quieres que le diga por qué?
¿Por qué no? Que sepa que uno de los otros pacientes de la clínica parece conocer sobre ella más de lo que debería. Por otro lado, ¿no sería mejor ver cómo reacciona cuando se entere? Hay mucho que asimilar y quizá sea mejor para todos hablarlo cara a cara.
—Eh, no. Dile que no es nada de lo que deba preocuparse.
Para ser una mentirijilla piadosa, es bastante grande y oscura.
Observo desde el otro lado de la puerta, oculto a la vista, cómo revolotean por la consulta como pájaros al oír el estampido de una escopeta.
Esto los mantendrá ocupados un buen rato.
Voy a dejar que el querido doctor Thacker y sus desventuradas ayudantes intenten encajar las piezas.
Ya he interpretado el papel de Jonah durante suficiente tiempo. Ahora necesito ser yo mismo.
Por desgracia, Sophie no va a acudir a esa cita. Cuando solté la bomba sobre Jack, supe que tendría que hacerle una visita a domicilio. He intentado mantenerme alejado, no solo por ella, sino también por mí, pero sé que no he hecho más que retrasar lo inevitable.
Ha llegado la hora de la verdad.