Alguien me vigila CAPÍTULO VEINTISIETE
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CAPÍTULO VEINTISIETE

No estoy de humor para que sea jueves, pero llega de todos modos, como suelen hacer los jueves.

El tiempo es más fiable que las personas.

Avanza despacio y con paso pesado, arrastrándonos con él hacia nuestros destinos.

Que cambiemos esos destinos con nuestros actos, para bien o para mal, depende de nosotros.

Esta es la melancolía fortuita en la que estoy atrapado hoy. Aunque estoy distraído y distante, Lola sigue intentando entablar conversación. Quizá sea porque estoy distraído y distante por lo que se esfuerza tanto.

—¿Todo bien, señor? —pregunta.

Estoy merodeando cerca del mostrador de recepción. Mi cerebro no parece capaz de recordar adónde se supone que voy ni qué tenía que hacer.

—¿Señor?

Me mira y después llama a Henny, apartando su atención del libro de crucigramas.

—Bev. Beverley.

Ese es el verdadero nombre de Henny, aunque yo nunca lo uso. Llamarla Beverley hace que parezca la anciana tía de alguien. Hoy en día nadie se llama Beverley.

—¿Qué…?

Antes de que pueda terminar la frase, me ve tambalearme y se apresura a rodear el extremo del mostrador para llegar hasta mí.

—Señor —dice, dirigiéndose a mí como hacen siempre tanto ella como Lola, pero con un tono más inquieto de lo que jamás había oído—. Señor, siéntese. No tiene buen aspecto.

—De verdad, estoy bien —digo, pero puede que no lo esté.

Lola me acomoda con cuidado en una silla, la suya, casualmente, y, a través de la bruma que me confunde, la veo hacerle señas a Henny.

No sé cuánto tiempo permanezco sentado, apoyado contra el mostrador de recepción, pero no el suficiente para que ninguna de las dos mujeres busque asistencia médica de verdad.

No es que la necesitara, pero, de haber sido así, creo que habría estado perdido.

Hay que actualizar sus planes de desarrollo profesional para incluir qué hacer en caso de emergencias potencialmente mortales.

Probablemente también podría añadir unas cuantas cosas más a sus planes de formación.

—Está volviendo en sí —le dice Lola a Hen, graznándome al oído.

—¿Está bien? ¿Me oye?

Henny agita su mano regordeta delante de mi cara. Está claro que compró el anillo de casada cuando usaba unas cuantas tallas menos, porque la carne le rebosa por ambos lados. Sin embargo, concentrarme en eso retrasa mi respuesta y hace que Lola intervenga.

—Señor. ¿Nos oye?

Formula la pregunta alto y despacio, como si intentara explicarle algo a un turista extranjero.

—Sí, sí —digo, con una voz tensa y cortante que no pretendía emplear. Me concentro en suavizarla y añado—: Lo siento. Gracias. Sí, estoy bien.

—¿Preferiría irse a casa? ¿Quiere que le llame un taxi?

Claro, quieren librarse de mí. Mi mente paranoica llega a esa conclusión antes de que vuelva a centrarme y me obligue a pensar con racionalidad.

—No —digo—. De verdad, estoy bien.

Pensando deprisa, improviso la primera excusa que se me ocurre.

—No he desayunado —les digo, y ellas se miran y asienten. De verdad pueden resultar cómicas sin darse cuenta—. Estaré bien.

—¿Está seguro? —dice Lola.

A decir verdad, no estoy seguro. He tomado mi desayuno habitual: copos de avena con miel y frutos secos picados, una taza de café y después una rebanada de pan integral tostado.

Serena me aficionó a esa pequeña combinación y, aun después de que se marchara, mantuve la misma rutina.

Me va bien: es rápida y sencilla. Lo único que se me ocurre es que esto es culpa de Sophie. No me sentiría así de no ser por ella.

—Sí —digo—. Sigamos adelante. No quiero hacer esperar a todo el mundo.

Ella y Henny intercambian otra mirada, como si intentaran tomar una decisión entre las dos sin hablar. Fuera cual fuese la elección tácita, Henny asiente.

—Muy bien, señor. Si necesita algo, no tiene más que decírnoslo.

—Bien. Sí.

Ahora lo único que siento es vergüenza. Quiero alejarme de ellas y entrar en la consulta antes de que ocurra nada más. Tengo suerte de que todavía no haya nadie aquí. Imagínate hacer algo tan estúpido delante de una sala de espera abarrotada.

—Gracias —añado mientras me levanto y paso entre ellas hacia el lado derecho del mostrador de recepción.

Consigo llegar a la consulta e intento adoptar el estado mental adecuado para la sesión.

Hoy nada de té; bastará con un vaso de agua.

Piensa en cosas tranquilizadoras y céntrate en el momento presente.

No estoy seguro de qué me ha ocurrido, pero tengo que concentrarme. Mira hacia delante y supera esta cita.

Por primera vez, me alegro de que sea la sesión de Jonah y no la de Sophie. No estoy en condiciones de verla. Sin embargo, hay algo que sí sé. Esto ha durado demasiado. Es hora de que empiecen a salir a la luz algunas verdades.

Empezamos con las preguntas habituales, la puesta al día y los monótonos detalles de la vida de Jonah.

Jonah ha completado su diario de comidas como un niño bueno.

Los atracones son el menor de sus problemas, pero al menos se pueden cuantificar, medir y reducir poco a poco.

¿Todo lo demás? Bueno, resolverlo va a requerir muchas sesiones y mucho dinero.

Durante la mayor parte de la sesión, bordeamos los problemas sin abordarlos.

A veces tengo la sensación de que las sesiones son solo una oportunidad para que él tenga algo de interacción social, como si hubiera tan poca cosa en su vida que solo viniese a la consulta para tener contacto humano.

He oído cómo habla con Henny y Lola, y he oído lo que ellas dicen de él cuando no puede oírlas.

Los hombres como él parecen ajenos a la impresión que causan en los demás.

Entra, se sienta en su sillón y cumple con el trámite sin llegar nunca a conseguir nada.

¿Por qué sigo atendiéndolo? Bueno, espero que la respuesta sea obvia.

La motivación humana es un arma de doble filo.

Algunos seres humanos son complicados y manifiestamente inescrutables.

Otros son tan transparentes que resulta difícil no ver a través de ellos.

Me he dejado perder en mis propios pensamientos y me temo que no he prestado toda mi atención a nuestra conversación. Eso está a punto de cambiar drásticamente, y el cambio comienza así.

—Todo lo que decimos en estas sesiones es confidencial, ¿verdad?

Hay una respuesta preestablecida para esta pregunta.

Todo es confidencial salvo que sea necesario revelarlo.

Si alguien le dice a su psiquiatra que va a hacerse daño o a hacerle daño a otra persona, todo ese derecho a la confidencialidad se esfuma.

Cualquier profesional tiene el deber de proteger tanto a los individuos como a la sociedad.

—¿Piensas hacerle daño a alguien?

Como pregunta de seguimiento, es directa y va al grano.

—No. No es eso. Tengo algo que contarte.

—Muy bien, Jonah. Adelante.

—Tienes que guardártelo. Y te va a resultar difícil.

—Siempre que no te pongas en peligro a ti mismo ni a nadie más, tu secreto está a salvo conmigo. No me resultará difícil, te lo prometo.

Pero sí será difícil. Lo será.

Pobre doctor Thacker.

Incluso ahora cree que esta es su sala. Su consulta. Su sillón. Su paciente. Cree que la historia le pertenece porque es él quien se sienta detrás del escritorio, quien hace las preguntas, quien toma las notas.

No ha escuchado con la atención suficiente.

Quizá nadie lo haya hecho.

Esta nunca ha sido la historia de Thacker.

Por ahora es la de Jonah Washington.

El nombre que elegí para mí.

Y mi siguiente frase es el principio del fin.

—Jack nunca fue a Arkhangelsk.