Alguien me vigila CAPÍTULO VEINTISÉIS
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CAPÍTULO VEINTISÉIS

Jack.

Sé que esto te va a pillar por sorpresa, pero al final he cedido y le he mandado un mensaje a Jane. Me dijo que la llamara cuando quisiera y, por fin, me ha parecido que había llegado el momento.

Casi puedo oírte jadear de asombro. Sabes cómo estaban las cosas entre ella y yo.

Yo no perdono ni olvido, sobre todo cuando se trata de ti.

Sé que probablemente esperarías que no quisiera volver a verle la cara jamás, pero tengo que hacerlo.

Tengo que hablar con ella, como es debido esta vez, de ti.

Le di muchas vueltas antes de armarme de valor.

Cuando vino aquella vez, justo después de volver de Arkhangelsk, yo no estaba preparada para hablar con ella.

Solo podía pensar en el doloroso vacío que había dejado en mi vida que tú ya no estuvieras aquí.

Habría sido inútil intentar hablar con ella de nada.

La odiaba tanto en aquel momento que bien podría haber sido ella quien te hubiera arrebatado de mi lado.

Para empeorar las cosas, estuvo impecable hasta la humillación.

Dijo todo lo que había que decir e hizo cuanto haría una amiga.

No es amiga mía y nunca lo será. Aun así, tenía que ponerme en contacto con ella y tengo que verla.

Estuve sentada con el teléfono en la mano veinte minutos largos, intentando decidir qué decirle y preguntándome si llegaría siquiera a contestar.

Sé que, cuando me dio su número, fue uno de esos gestos de cortesía que nadie espera que la otra persona se tome en serio.

Como eso de «pásate por casa si alguna vez vienes por aquí».

Aunque, para ser sincera, su incomodidad nunca influyó en mi decisión.

Fue más fácil después de tragarme un buen chupito de vodka. Ya sabes que lo detesto, pero era lo único que te quedaba en el armario y, dadas las circunstancias, el vodka parecía apropiado de un modo irónico. Una buena bebida rusa de toda la vida.

Tecleé las palabras «Lo siento» en el teléfono y me quedé mirándolas.

¿Me disculpaba por cómo la había tratado o por lo que te había hecho a ti?

La primera vez que nos conocimos decidí que no iba a caerme bien.

Lo único que veía era cómo os mirabais, cómo os reíais juntos de vuestras estúpidas bromitas privadas, cómo me hacíais sentir igual que durante todo aquel tiempo en el colegio, el instituto y la universidad.

Se suponía que tú eras diferente. Se suponía que tú debías hacerme sentir diferente.

Pero, a la hora de la verdad, eras igual que todos los demás.

Entre nosotros no hay nada.

Me lo dijiste muchísimas veces. Quizá nunca fuera verdad.

Tardó un día entero en contestarme. Al principio pensé que iba a ignorar el mensaje.

Cuando pasaron diez minutos y luego una hora, tuve la certeza de que había cometido un error.

¿Qué hacía yo escribiéndole? Me sentí idiota.

Me acosté, me levanté al día siguiente y seguía sin haber respuesta.

No le des importancia, pensé, y me dije que al menos lo había intentado.

Al menos lo había intentado. Seguí con mi rutina: de casa al trabajo, del trabajo a casa y la habitual velada a solas delante del televisor.

A medida que transcurría el tiempo, Jane y mi necio intento de comunicarme con ella se me fueron borrando de la cabeza.

Tanto que di un salto en la silla cuando mi teléfono emitió el pitido de un mensaje entrante.

Ahora casi nadie me manda mensajes. Tampoco es que haya sido nunca el alma de la fiesta, pero, cuando pasó el aluvión inicial de atenciones tras tu desaparición, mi teléfono enmudeció, casi como si guardara luto por haberte perdido.

¿Quieres saber qué decía su mensaje? Sé que sí.

No tienes nada por lo que disculparte.

Pensaba que me sentiría mejor después de aclarar las cosas, pero lo único que sentí fue una profunda insatisfacción. No sé qué esperaba, pero su respuesta fue decepcionante. Quería más de ella. Merezco más.

Pero, por otra parte, creo que tenía razón.

No tengo nada por lo que disculparme. Fuisteis vosotros dos quienes provocasteis toda esta situación.

Si no te hubieras dejado arrastrar por tu obsesión, quizá me habrías sido fiel.

¿Qué tenía Jane la Insulsa que no tuviera yo?

Esa es la pregunta que se supone que debo hacerme, ¿verdad?

Ella y yo somos dos personas muy distintas. Lo sé, y una parte de mí cree que solo la querías porque no era yo, porque era una otra exótica.

Porque era de otro.

Los dos empezasteis algo en lo que ninguno debería haberse embarcado jamás.

Y ahora siento como si ella fuera lo único que me queda de ti.

Es mi único vínculo contigo. Los pequeños pedazos de ti que dejaste con ella cuando deberías haberlos dejado conmigo.

Los rastros de ti que aún siguen enredados a su alrededor.

Los recuerdos que creaste con ella, cuando toda tu vida debería haber girado en torno a mí, a mí, a mí.

Por eso quiero hablar con ella. También quiero sus recuerdos. Quiero succionarle hasta la última gota de ti. Quiero averiguar qué ocurrió, qué salió mal, qué hice mal.

Aunque he llegado a la conclusión de que quiero que sepa lo que he hecho. No veo ninguna otra salida. Mi plan nunca tuvo un desenlace.

Si se lo cuento, tendrá que pasar algo. No tengo ni idea de qué será ese algo, pero me permitirá salir de este embrollo, de un modo u otro.

Voy a tener que contarle la verdad.

Deséame suerte, Jack.

S.