Alguien me vigila CAPÍTULO VEINTICINCO
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CAPÍTULO VEINTICINCO

Ya sé que el dicho asegura que siempre hacemos daño a quienes amamos, pero parece que siempre soy yo quien recibe los golpes. Las personas a las que quiero son las que más daño me hacen.

Soy un hombre adulto, ya en la treintena.

Aunque tampoco voy a fingir que ha habido muchas mujeres en mi vida.

Solo tuve un par de aventuras fugaces durante mis años de estudios, y después vino una sequía propia de un desierto, hasta que conocí a Serena.

No buscaba una relación. Vivía en un piso decente, tenía un trabajo decente y veía clásicos del suspense hasta que llegaba la hora de acostarme, dormir, despertar y vuelta a empezar: con eso me bastaba.

Aquellas otras mujeres me hicieron daño, desde luego, pero ha pasado tanto tiempo que ya no me recreo en esas experiencias. Serena, en cambio, es una herida reciente. He lidiado con ella obsesionándome con Sophie. Lo acepto. Lo admito.

Cuando regreso solo a casa al final del día, me sigo la corriente a mí mismo gritando «Hola, Sophie» al entrar en el recibidor.

«Ya estoy en casa». No nos llamaremos cariño ni usaremos apodos ñoños.

No como hacen algunas parejas. En cualquier caso, eso será en el futuro.

Ahora nunca me oye. No me oye durante sus sesiones ni tampoco cuando la llamo a gritos en mi casa vacía.

¿Por qué ella? ¿Por qué Sophie? Podría haber volcado mi enamoramiento en cualquiera de tantas mujeres. En otra vida, quizá habría sido Lola o Henny. Pero, en esta, no podía ser nadie más que Sophie. El lugar adecuado, el momento adecuado, la mujer adecuada.

Las palabras que ha pronunciado en la sesión de hoy siguen frescas en mi memoria mientras entro en el baño y me desnudo.

Es algo que hago siempre nada más llegar a casa.

Después de pasar tanto tiempo trabajando en un entorno sucio y contaminado, necesito quitármelo de encima cuanto antes.

Que me interese la vida de Sophie no significa que no dedique tiempo a reflexionar sobre la mía.

Sé que tengo problemas, pero todos los tenemos.

La cuestión es hasta qué punto los llevamos en las venas y si permitimos o no que alguien escarbe para sacarlos.

Sophie posee una coraza casi impenetrable. La emoción de la conquista y el reto de conseguir que se abra deben de influir en mi obsesión por ella, al menos hasta cierto punto, pero prefiero dejar enterrada su faceta mentirosa.

De pronto, doy un respingo y casi resbalo hacia atrás en la ducha.

Mi falta de atención ha hecho que suba demasiado la temperatura del agua, y los chorros abrasadores me queman la piel.

Intento contener una palabrota —sé que no puede oírme, pero siempre procuro ser la clase de persona que podría merecerla— y golpeo con fuerza el regulador de temperatura con la mano.

Esto es lo que me haces.

Quería que afrontara todo a su propio ritmo, de verdad que sí, pero no solo se dedica a demorarse en cada sesión, sino que además ha decidido mentir, mentir y mentir.

Nada bueno puede salir de eso.

No cambia lo que siento por ella, pero tiene que aceptar lo que ha hecho. Si no es capaz de afrontar lo que le ocurrió a Jack y contar por fin la verdad, creo que, después de todo, quizá termine perdiendo la cabeza de verdad.