Alguien me vigila CAPÍTULO VEINTICUATRO
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CAPÍTULO VEINTICUATRO

Jack.

Creía que estaba a salvo en el trabajo. Esa sensación que tengo cuando salgo de casa había desaparecido a principios de semana, al llegar al colegio.

Pero hoy notaba que él me observaba. Y sí, claro que no eres tú.

¿Cómo ibas a serlo? No sé qué estaba pensando.

A partir de ahora voy a referirme a él , porque sé que tiene que ser un hombre.

No me preguntes cómo, pero estoy segura.

¿Recuerdas todas aquellas pequeñas corazonadas que solía tener, aquellas intuiciones que siempre acababan siendo ciertas?

El último día del trimestre terminé de trabajar tarde.

Típico de mí. Una de las chicas de undécimo tenía que volver a casa en coche con una amiga, pero pasó algo entre ellas en la última clase.

No me molesté en preguntar qué había ocurrido y, no me juzgues, pero la verdad es que no me importaba.

Se presentó en mi despacho a las tres y media, justo cuando estaba a punto de coger el bolso y salir por la puerta.

Bueno, no podía dejarla allí, ¿verdad? Ya no tengo un marido esperando a que vuelva a casa para prepararle la cena; lo único que me espera son platos de microondas y Netflix.

La madre de la chica estaba de viaje de negocios en algún sitio y su padre vive al otro lado de la ciudad.

Ha ascendido un poco en la vida y se ha mudado a esos pisos nuevos de enfrente de la iglesia.

Quizá nosotros también nos habríamos mudado allí si las cosas no hubieran acabado como han acabado.

Lo llamé y te juro que estuvo a punto de decirle que se buscara la vida para volver a casa.

Creo que no se dio cuenta de que estaba en manos libres y yo oí cada palabra que le dijo.

Ojos que no ven, corazón que no siente y todo eso.

Seguro que tiene una vida muy ajetreada e importante en la que su hija ya no tiene cabida.

—Siento haberle causado molestias —dije cuando vino a recogerla, aunque las molestias, desde luego, me las había causado a mí.

Ni siquiera me dio las gracias por quedarme allí esperándola. Idiota desagradecido.

Así que ya estaba de un humor de perros cuando cerré y salí del recinto escolar hacia Belle Vue Avenue. Ahora siempre intento ir por calles anchas, sin arbustos en los márgenes ni pasadizos estrechos donde alguien pueda merodear.

Aun así, cuando llegué al cruce en el que Belle Vue se encuentra con Acacia, me di cuenta de que no había nadie más por allí.

O, mejor dicho, de que sí había alguien.

Las calles estaban tranquilas en ambas direcciones; había un par de coches, pero nadie en las aceras salvo yo.

Sin embargo, podía sentirlo . Es como un cosquilleo en la nuca, casi como si su mirada me acariciara, provocándome.

En Acacia está ese apartadero, junto a la entrada del parque infantil, donde puedes comprar esos sándwiches de barquillo y helado si llegas lo bastante temprano los fines de semana.

En fin, desde el cruce, esa parte de la acera, donde forma una curva hacia el parque, queda oculta a la vista.

Estoy segura de que él estaba allí. Creo que, si se colocaba en el punto exacto, podía observarme mientras caminaba hasta allí, esperaba en el paso de peatones y cruzaba la carretera sin que yo llegara a verlo. Pero lo sabía. Simplemente lo sabía.

Intenté fingir tranquilidad, actuar como si no lo viera allí, como si todo fuera bien, pero notaba el corazón desbocado y estaba segura de que las piernas iban a fallarme.

Pulsé el botón del paso de peatones y me quedé mirando la figura roja, suplicándole que se pusiera verde.

Hacía todo lo posible por seguir mirando al frente, por no darle la satisfacción de mirar calle arriba, en su dirección, pero no pude contenerme.

Tenía que mirar. Tenía que asegurarme de que no me lo estaba imaginando.

¡Psicosis!

Piensa en la cara que pondrá el doctor Thacker cuando pueda decirle que, en realidad, ya no necesito su ayuda, muchas gracias.

¿Lo ves? No me lo estoy imaginando; de verdad tengo mi propio acosador.

Miré. Durante una fracción de segundo, sin siquiera volver la cabeza, desvié la mirada hacia Acacia y escudriñé las sombras al borde de la calle.

Esta vez casi lo vi. Percibí un levísimo atisbo de movimiento, apenas un destello oscuro, antes de que el paso de peatones empezara a pitar.

Entonces volví la vista al frente de golpe, aceleré el paso y continué hacia casa tan rápido como pude.

Te necesitaba allí cuando regresé a nuestra casa. Quería dejarme caer en tus brazos, dejar que me abrazaras mientras hundía la cabeza y lloraba contra tu pecho.

—Estaba allí —te diría—. Estaba allí.

Y tú me abrazarías, me acariciarías el pelo y susurrarías: «Lo sé, lo sé».

Pero no vi a nadie con certeza. No hay pruebas. No hay fotografías. Estoy exactamente en la misma situación que antes.

Si estuvieras aquí, me dirías que me calmara, que no fuera tan melodramática, que pensara en todo esto de forma racional.

Aunque ese es tu fuerte, ¿verdad? El pensamiento racional.

Has seguido a la ciencia por todo el mundo, dejándome siempre aquí, con mi estúpido cerebro ansioso y mis ideas disparatadas.

Ansiosa, sí. ¿Loca? No lo sé. Espero que no.

Si estuvieras aquí, no tendría miedo. No encendería todas las luces al entrar en casa ni revisaría cada habitación, mirando dentro de los armarios y detrás de la cortina de la ducha; una vez incluso abrí la trampilla del desván.

Bajé la escalera —recuerda cuánto odio subir ahí— y me obligué a asomar la cabeza en aquel espacio polvoriento.

Después estuve tosiendo media hora. Te habrías reído, lo sé, y yo habría fingido estar enfadada contigo hasta que los dos hubiéramos acabado desternillándonos.

He olvidado qué se siente al reír. Ha pasado tanto tiempo.

Hay tan pocos motivos para estar feliz desde que te fuiste.

Nada ha cambiado. Sigo sin saber qué me está pasando.

Sigo queriendo creer que vas a volver a casa.

Quiero creer que un día recibiré una llamada o escucharé tu llave girando en la cerradura.

Correría tan deprisa hacia la puerta que acabaría chocando contigo, con mi torpeza habitual. No me importaría. Ni lo más mínimo.

Delirios. Más delirios.

S.