CAPÍTULO VEINTITRÉS
Me intriga saber si volver al trabajo ha supuesto un cambio a mejor o a peor para Sophie.
Entrará rebosante de confianza y locuacidad, o la experiencia la habrá dejado agotada y desmoralizada.
Sugerirle que volviera era arriesgado, pero animarla a retomar las riendas de su vida podría ser justo lo que necesita.
Estoy a punto de averiguarlo.
—Entonces, ¿qué tal ha ido? Volviste ayer, ¿no?
Asiente.
—¿A tiempo parcial?
—Tres días a la semana. Ajá.
—Me parece un comienzo fantástico, Sophie.
—Ha sido mucho más fácil de lo que esperaba —dice con una sonrisa.
Hoy hay algo distinto en ella; un cambio positivo—.
Ni siquiera creía que fueran a dejarme volver con tan poco preaviso.
No creo que lo hubieran hecho de no estar desesperados.
—Ahora hasta consigue reírse—. Me viene bien salir de casa.
—¿Te apetece contarme cómo fue?
Sophie se encoge de hombros.
—La verdad es que no hay mucho que contar.
Por la mañana estaba nerviosa, claro, antes de salir.
Aunque en realidad me preocupaba más lo que pudiera decir la gente.
Ya sabes, lo que pudieran pensar de mí los demás profesores y, sobre todo, los alumnos.
Todos saben lo que pasó; bueno, al menos la parte que le conté al director, pero ya sabes cómo son los cotilleos.
Nunca he creído en eso de que «solo hay una cosa peor que hablen de ti: que no hablen de ti» . Que otras personas comenten tu vida privada o cotilleen sobre ti a tus espaldas es lo peor.
—¿Y qué dijeron?
—Todos fueron muy amables. Los alumnos que se molestaron en decir algo me dijeron que se alegraban de que hubiera vuelto.
Una chica incluso se acercó a la puerta de mi despacho durante el recreo para decirme, a solas, que me había echado de menos.
Cuando se fue, casi me puse a llorar. No puedo creer que haya estado tanto tiempo ausente.
—¿Y los demás profesores?
—Pues lo que te digo. Suelo ir a mi aire, así que no mantuve ninguna conversación profunda. Todo han sido charlas cordiales y palabras de apoyo. No sé cuánta gente me ha dicho que les avise si necesito algo. Antes nunca se portaban tan bien conmigo. Debería haberlo hecho hace mucho.
—¿Volver al trabajo?
—Eh, sí. Volver al trabajo.
—Pareces optimista. Pero tengo que preguntártelo: mientras estabas trabajando, ¿experimentaste alguna de las sensaciones que has estado teniendo? ¿La de que alguien te observa?
Sophie niega con la cabeza, tajante.
—Ni una sola vez. ¿Te lo puedes creer?
—Eso es estupendo. ¿Por qué crees que puede ser?
De inmediato, tanto su entusiasmo como su estado de ánimo se desploman.
—¿Qué? —dice.
—No pasa nada, Sophie. No es una pregunta con trampa. No intento pillarte ni desanimarte. Me interesa conocer tu opinión. ¿Por qué crees que no tuviste ninguna de esas sensaciones?
—¿Crees que quienquiera que me esté observando no puede llegar hasta mí en el colegio? ¿Es eso…? —Parece visiblemente conmocionada y, por un momento, temo que esté a punto de sufrir un ataque de pánico. El color desaparece de su rostro.
—Sophie. No pasa nada. Intenta mantener la calma. Volviste al trabajo. Te sentiste respaldada por tus compañeros y por los alumnos. No experimentaste ninguno de los delirios que has estado sufriendo durante los últimos meses. Quería saber si crees que podría haber alguna relación.
—Vale, vale —repite, intentando tranquilizarse—. Es que… Pensaba que estabas… Supongo que sigo bastante susceptible. —Todavía no consigue sonreír, pero se abanica la cara con la mano y parece calmarse un poco.
Se produce un largo silencio y, finalmente, habla.
—Puede. —La palabra sale de sus labios con vacilación.
—¿Pensabas en ello cuando ibas de camino al trabajo?
Asiente.
—La noche anterior apenas dormí. Pensaba…
—Reflexiona y después continúa—. No quería salir de casa.
Me preocupaba… Eh, no sabía cómo iba a lograr superar el día.
Pero me dije: «Hazlo por Jack. Sal ahí fuera y hazlo por él».
Mientras iba hacia allí, no dejaba de mirar por encima del hombro, como siempre, imaginando fantasmas en las sombras.
—Lo dice como si le aburriera—. Cuando llegué al colegio, había tanto en lo que pensar y tanto que hacer que me olvidé de casa.
—¿Te olvidaste de que te vigilaban?
Casa. Ha dicho casa.
—Sí, eso es lo que quería decir. Mírame, doy pena. De verdad creía que estaba empezando a recomponerme.
—Y lo estás haciendo. Has progresado muchísimo, Sophie. Lo estás haciendo muy bien.
Niega con la cabeza de una forma que deja claro que no se cree esas palabras.
—No. Yo nunca hago nada bien. Nada. Nunca soy lo bastante buena. Uf, escúchame. Así soy yo. Gimoteo, me quejo y…
—Sophie, por favor…
—No. Es evidente por qué se marchó Jack, ¿verdad? La policía tenía razón. Se hartó de mí, se largó y desapareció antes que pasar por el prolongado trauma de un divorcio. Porque yo no se lo habría puesto fácil.
—¿Habíais hablado de divorciaros?
Esto es toda una revelación. Me pregunto por qué no lo ha mencionado antes. Que un hombre desaparezca cuando está a punto de separarse de su mujer resulta mucho menos sospechoso que la desaparición repentina de un marido feliz.
—Veía que se acercaba el final e intenté aferrarme a él.
Incluso después de todo, seguía queriendo estar con él.
No quería dejarlo marchar. —Vuelve a estar al borde de las lágrimas y hace una pausa para coger un pañuelo de la caja que hay sobre el escritorio.
Un buen psiquiatra siempre está preparado.
—Me enteré de todo lo que había entre ellos. Entre él y Jane. Era una compañera de trabajo, qué tópico. Se había acabado antes de que él desapareciera. O al menos eso decía. Aunque ya no estaba con Jane cuando ocurrió… Bueno, ya sabes… Estar solo debe de ser mejor que estar conmigo.
—¿Y crees que esa mujer, Jane, tiene la culpa de esto?
—No. Ya nos estábamos distanciando antes de que la conociera. Y tampoco fue culpa suya del todo.
—Entonces, déjame comprobar que lo estoy interpretando como tú pretendes. ¿Crees que tuviste parte de culpa en su infidelidad?
Sophie aparta la mirada y noto que intenta contener las lágrimas. Veo un reguero húmedo en el rabillo de sus ojos.
—Suena estúpido cuando lo dices así. Pero él estaba fuera muy a menudo y, cuando se encontraba en casa, cada vez pasaba menos tiempo conmigo.
Teníamos una especie de despacho en el jardín, donde guardaba todo su equipo.
Cuando tenía que trabajar desde casa, sus cosas invadían por completo la vivienda, así que pensamos que sería una inversión que merecía la pena.
Hasta tiene su propio cuarto de baño. Ni siquiera necesitaba entrar en casa para…
Bueno, ya te haces una idea. Algunos fines de semana solo lo veía a la hora de comer y al acostarnos.
—Niega con la cabeza—. No sé cómo permití que ocurriera.
Aún quedan diez minutos de sesión, y nunca conviene terminar con una nota negativa. Faltan siete días enteros hasta la siguiente cita, demasiado tiempo para dejar que alguien se obsesione con lo que ha dicho, con los pensamientos que ha tenido y con lo que ha hecho.
Es hora de cambiar de rumbo.
—¿Por qué no pasamos a algo de lo que quizá no te resulte tan difícil hablar?
Por la expresión de su rostro, está claro que no la convence esta estrategia. Aun así, merece la pena intentarlo.
—¿Qué tal si me cuentas cómo os conocisteis? Cuéntame cómo empezasteis a salir.
—Ah —dice, removiéndose un poco en el sillón y cambiando de postura, como si quisiera que su lenguaje corporal reflejara ese cambio de rumbo—. Ya. Vale. Eso sí puedo hacerlo.
—Sin presiones. Empieza por donde te resulte más cómodo y veamos adónde nos lleva.
Sé que esta entrada aparentemente sencilla es una puerta hacia mucho más. Parece una pregunta fácil, pero es una forma de recopilar información sobre sus antecedentes que podría arrojar luz sobre lo ocurrido y sobre lo que sucede ahora.
—No estoy segura de que sea una historia especialmente interesante.
—No sé yo. ¿Una profesora y un geólogo? No parece la pareja más obvia. ¿Cómo empezó todo?
—Estaba con un par de amigos. Una de ellas era Jane, y supuse que era su novia.
Qué irónico, ¿verdad? Él me aseguró que eran compañeros de trabajo y que no había nada romántico entre ellos, pero, al principio de nuestra relación, siempre se reía de mi suposición.
La verdad es que no me parecía una conclusión tan descabellada y, visto en retrospectiva, estaba totalmente justificada, claro.
Aunque no quiero que me den ningún premio por predecir la infidelidad de mi marido.
Después de conocer a Jane, nunca creí que Jack pudiera estar interesado en ella. No me lo creí hasta que ocurrió.
Asiente. No digas nada. No interrumpas el flujo.
—En fin. Cuando nos conocimos, no quería dejarlo escapar.
Pasé de no saber nada de él a querer saberlo todo.
Su vida parecía muy interesante, ¿sabes?
No me refiero a las piedras y esas cosas, sino a lo que hacía en concreto.
Viajar por el mundo. Supongo que fue eso.
Yo nunca he ido más allá de los límites del condado.
Nací aquí, estudié aquí, cursé Magisterio en la universidad que hay a las afueras de la ciudad.
Nunca he vivido a más de treinta kilómetros del lugar donde nací. Jack viajaba por todo el mundo.
—¿Y eso fue lo que te atrajo de él?
—No necesariamente. Pero desde luego lo hacía más interesante que la mayoría de los hombres con los que me cruzo.
Está hablando de él en pasado, observo, pero ninguno de los dos va a mencionarlo. No ahora.
La sesión está llegando a su fin. Sophie lo sabe porque levanta la vista hacia el reloj.
Probablemente sea mejor terminar antes de que vuelva a hablar de Jane. Hay que intentar acabar con algo positivo.
—Hoy ha sido duro —dice, soltando un suspiro.
—Muy bien, Sophie. Debió de resultarte difícil volver al trabajo y también abrirte aquí hoy.
Asiente y esboza una leve sonrisa.
Fin de la sesión. Otra más superada. Está empezando a abrirse y su confianza crece sin cesar.
Coge su chaqueta y sale por la puerta.
Cuando se marcha, ya no puedo seguir conteniendo mis emociones. Me levanto, le doy una patada seca y contundente al sillón —lo que tengo más cerca— y la mando volando al otro lado de la habitación.
Si no hubiera gente en la sala contigua que pudiera oírme, gritaría; pero la hay y mantengo el control.
Está muy bien venir aquí y soltar el discurso, pero sigue empeñada en ocultar la verdad. Cuanto más dice, más consciente soy de lo que calla. Si ella no profundiza, tendré que obligarla. Ha llegado la hora de que deje de esconderse y empiece a hablar de lo que ocurrió en realidad.