CAPÍTULO VEINTIDÓS
Jack.
No estaba segura de poder hacerlo, pero hoy ha sido mi primer día de vuelta al trabajo.
¿Te puedes creer que Susie me haya guardado el puesto durante todo este tiempo?
Aunque apenas he sido capaz de obligarme a contestar sus correos o a cogerle el teléfono cuando me llamaba, cuando me puse en contacto con ella fue todo amabilidad.
Tiene que haber muchísima gente más cualificada que yo: con más experiencia y, desde luego, mucho más equilibrada.
Supongo que, en el fondo, después de todo le caigo bien.
La llamé el martes y me dijo que podía incorporarme el lunes siguiente. No es el mejor momento, porque es la semana previa a las vacaciones, pero al menos significa que he vuelto.
¡He vuelto! ¿Te lo puedes creer?
Cuando Thacker me lo sugirió, la idea de regresar me pareció imposible. Empezar la semana antes del verano parecía absurdo, hasta que me di cuenta de que, si no lo hacía entonces, tendría que esperar casi dos meses para volver a meterme de lleno.
Me había acostumbrado a quedarme en casa sin hacer nada, pensando en lo ocurrido, deseando que estuvieras aquí.
No alcanzaba a imaginar cómo sería volver al colegio, pasarme todo el día rodeada de otras personas.
Me he acostumbrado tanto a estar sola que ya apenas sé relacionarme con otros seres humanos.
Tener que plantarme delante de una clase tras otra llena de niños excitados y curiosos era demasiado para mí.
Esperaba lo peor, por supuesto, porque mi mente funciona así.
No ha sido ni de lejos tan malo como esperaba.
Nada ha cambiado en Broadoak. Nada importante, al menos.
Fiona está ahora de baja por maternidad.
Creo que ni siquiera sabías que estaba embarazada.
Pueden pasar muchas cosas en unos meses.
Quizá por eso Susie tenía tantas ganas de que volviera.
Una mujer menos, más trabajo para las demás.
Estoy siendo injusta; Susie se ha portado de maravilla.
En realidad, no quería volver. Aun así, regresar me hace sentir que estoy avanzando, aunque vaya hacia atrás, metiéndome en la piel de la Sophie del año pasado, la Sophie que vivía aquí con su marido.
Ahora soy la Sophie que vive sola. Soy la Sophie que no tiene marido, la Sophie que va al psiquiatra.
Anoche pasé demasiado tiempo pensando en cómo sería enfrentarme por primera vez a mis compañeros. Hoy, sin embargo, ni siquiera he tenido ocasión de preocuparme por entrar en la sala de profesores. Susie me llevó a su despacho en cuanto crucé la puerta principal.
—¡Sophie, cariño! —Ya sabes cómo es, tan efusiva y exagerada—. Ven, ven, ven.
Me hizo pasar a su despacho. Sigue igual que siempre.
—¿Qué te parece si tomamos un café y charlamos antes de que empieces a ponerte al día? —dijo.
Había parado en Coffee Express por el camino.
Esa era mi antigua rutina, ¿verdad? Una de las cosas que más me gustaban de trabajar en Broadoak era poder entrar a por un café con leche durante el trayecto a pie.
Eso no dice demasiado en favor del trabajo, pero ya sabes que siempre he sido de las que trabajan para vivir y no de las que viven para trabajar.
No como tú. No creo que haya muchas franquicias de Coffee Express en el círculo polar ártico.
Probablemente estén desaprovechando una oportunidad.
¿Qué puede haber mejor que un chocolate caliente tamaño venti después de pasar el día en la tundra?
Aquí es donde te reirías de mí y me dirías: Eres divertidísima, Soph.
Estoy segura de que, cuando estuviste destinado en Nueva York, tomaste tantos cafés con leche como cualquier persona normal.
En fin, me estoy desviando del tema. Acepté su ofrecimiento y me senté, incómoda y fuera de lugar, en el despacho de la directora.
Aunque estaba allí como miembro del personal, aún notaba el eco de los recuerdos de todos los niños a los que habían hecho entrar para mantener conversaciones serias e imponerles castigos.
Pero no tuvo nada que ver con eso. Susie se mostró amable y cercana, y el café estaba bueno.
—He hablado con ellos —me dijo Susie. No necesitaba leerme la mente; seguro que era evidente que me preocupaba lo que mis compañeros pudieran pensar de mí—. Nadie te hará preguntas incómodas.
Por un momento, pensé en salir en defensa de mis compañeros.
Como si alguno de ellos fuera a hacerme difícil el regreso.
Entonces recordé lo cerca que puede estar la cultura de oficina de volverse tóxica.
Cuando Sandra y su marido se divorciaron, por supuesto que todos queríamos apoyarla, cuidarla y todo eso, pero también queríamos cotillear.
Cuando compartimos zonas de descanso y no tenemos nada más importante de lo que hablar, ¿acaso no es natural que comentemos la vida de los demás?
Sé que probablemente he sido una gran fuente de cotilleos y especulaciones durante los últimos meses.
Espero que se hayan divertido haciendo conjeturas sobre tu paradero y sobre cómo se mantiene a flote mi salud mental.
Asentí y le di las gracias en voz baja.
—Si hay algún problema, vienes directamente a verme, ¿de acuerdo?
Me sentía como si fuera mi primer día de vuelta tras cumplir una condena de prisión, no después de una larga ausencia debida a…
perderte
la depresión
una crisis de salud mental que aún continúa
…todo lo que ha estado ocurriendo.
—De acuerdo. —Quería regresar transmitiendo confianza y optimismo, pero, de algún modo, Susie consiguió aplastarlos solo con intentar apoyarme.
Sé que lo hace con buena intención, siempre es así, pero quizá habría sido mejor arrojarme al océano y comprobar si todavía recordaba cómo nadar.
Si dejaba que me mordieran los tiburones, la culpa habría sido mía.
Estaba a punto de levantarme y armarme de valor para entrar en la sala de profesores cuando me detuvo.
—Una cosa más —dijo.
—¿Sí? —Oí que me temblaba la voz al hablar y odié parecer tan débil—. ¿Sí? —repetí con más seguridad.
—Así me gusta —dijo con una sonrisa—. Mira, dejé todo lo que había en tu escritorio exactamente como estaba la última vez que estuviste aquí.
Mi cuartito, encajonado en lo que antes era un armario de almacenaje, adornado con un hervidor y un tarro grande de café soluble. Asentí, preguntándome adónde quería llegar.
—Sandra sugirió que quizá habría algunas cosas que querrías que quitara o guardase.
—Me miró directamente a los ojos y yo le sostuve la mirada mientras continuaba—.
Le dije que eras tú quien debía decidir si querías cambiar algo, es decir, si querías…
—Ahora era ella la que se había puesto nerviosa, así que le eché un cable.
—¿Las fotos de Jack? —dije sin vacilar.
—Sí… —titubeó—. Espero haber hecho lo correcto.
Le dediqué una amplia sonrisa y asentí.
—Lo has hecho. Gracias.
Y entonces estuve lista. Rumbo a la sala de profesores y, después, a afrontar mi primer día de vuelta.
Estarías orgulloso de mí, lo sé. Siempre celebrabas hasta la más pequeña de mis victorias.
Yo también debería haberme alegrado por ti, ahora me doy cuenta, pero no soportaba la idea de volver a perderte.
No podía permitir que me dejaras. Tenía que encontrar alguna forma de detenerte. Sencillamente, no sabía cómo.
Estoy intentando sanar. Estoy avanzando, pero no voy a dejarte atrás.
Lo hecho, hecho está, pero, Jack, te echo de menos. Echo de menos lo nuestro.
Lo siento.
Sophie