Alguien me vigila CAPÍTULO VEINTIUNO
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CAPÍTULO VEINTIUNO

La palabra fidelidad procede del latín « fides », que significa « fe ».

Esperamos que la pareja que hemos elegido nos sea fiel, y tenemos fe en que así será.

De hecho, Fides era el nombre de la diosa de la confianza y la buena fe en el paganismo romano.

Aunque tampoco hace falta ser etimólogo para darse cuenta de que Serena comparte raíz con « serena », y mi querida ex amante era de todo menos eso. Ni fiel ni serena.

Son cosas que uno no sabe de alguien cuando acaba de conocerlo.

Cuando nos presentamos ante una persona nueva, sobre todo si queremos causarle buena impresión, resaltamos lo positivo y ocultamos lo negativo.

Al menos eso hacía yo antes, cuando todavía me importaba.

Ahora soy brutalmente sincero con todo el mundo que conozco y, mira por dónde, estoy solo.

Algún tiempo después de que empezara a ir al gimnasio y antes del día en que me abandonó, su serenidad comenzó a desvanecerse.

Retomó el contacto con un grupo de chicas a las que conocía de la universidad y empezó a salir con ellas los fines de semana.

Las salidas nocturnas de los fines de semana se extendieron a noches de vino y películas entre semana.

Al final, apenas estaba en casa. Pero eso no fue lo que me afectó.

Lo que de verdad acabó conmigo fue que dejó de importarle todo.

Su ausencia me dolía, pero los aspectos prácticos de nuestra vida se estaban desmoronando.

No se ponían lavadoras. No había nadie que cocinara, así que yo me las apañaba como podía.

Cuando estaba en casa, también me lo dejaba todo a mí.

Después de comer, se iba al sofá a ver algún programa basura en la televisión o se sentaba a leer uno de esos thrillers de usar y tirar que se compran en el supermercado.

—¿Qué está pasando?

Esperé hasta diez minutos antes de acostarnos un domingo por la noche para preguntárselo. No fue el mejor momento, pero, después de un fin de semana en el que ella había estado fuera y yo me había quedado en casa, a solas con mis pensamientos, ya no pude contenerme.

Al principio, se limitó a dirigirme esa mirada. Ya sabes, esa mirada de no-empieces-ahora que ponen las mujeres en cuanto uno quiere mantener una conversación seria. Y aquello era serio. Ya no podía soportarlo más. Había llegado el momento de enfrentarme a ella.

Yo sabía lo que estaba pasando. No eran simples sospechas: para cuando me enfrenté a ella, ya había reunido las pruebas.

—No empieces —dijo, como si pudiera zanjar la conversación así sin más.

Todavía tenía el libro en la mano y no pude soportarlo.

Me acerqué a ella, sin llegar a lanzarme hecho una furia porque solo estaba a un par de pasos de donde yo me encontraba sentado.

Con un rápido movimiento ascendente de la mano, lancé el libro por los aires; cruzó la habitación y cayó junto a la puerta.

—¿Pero qué coño haces? —Tenía el rostro encendido de indignación. Yo no había planeado tirar el libro; había sido un acto instintivo.

Era mejor que pegarle.

—Esto es importante. —Intenté mantener la voz tan serena como pude, porque lo único que quería era gritarle. Sin embargo, de pie frente a ella, no pude evitar que mi hostilidad saliera a la superficie. Me agaché hasta quedar a la altura de sus ojos y acerqué el rostro al suyo.

—Dime qué está pasando —repetí.

Notaba contra mi cara su respiración rápida y entrecortada. Se echó hacia atrás, tratando de apartarse de mí, pero no tenía adónde ir. El sillón no le dejaba espacio y yo no pensaba moverme.

—Apártate —dijo, aunque yo no la estaba tocando—. Levántate. Aléjate de mí.

—Deja de eludir la pregunta, Serena —dije—. Quiero saber qué está pasando y no vas a salir de esta habitación hasta que me lo cuentes.

Ir directamente al grano no parecía estar funcionando. Aunque la tenía acorralada, no decía nada.

—¿Quién es él?

—¿Qué? Apártate. Vamos. Deja ya esto.

Apoyó las manos en mi pecho y me empujó, haciéndome caer de espaldas al suelo.

—Tú… —Iba a gritar; iba a insultarla. En vez de eso, me obligué a contenerme. No iba a permitir que pudiera conmigo—. Eso no ha estado bien, Serena. No hacía falta.

—Pues no seas tan estúpido —dijo.

—¿Estúpido? —dije, manteniendo la voz tranquila y controlada—. ¿Tú te acuestas con otro y el estúpido soy yo?

Ya debía de saber que yo estaba al corriente de lo que ocurría. Lo deduje por la forma en que evitaba la pregunta, pero aun así, cuando la confronté con ello, logró echarse a reír.

—¿Así que se trata de eso?

Como si no lo supiera.

—¿Qué quieres que diga? He pensado en este momento, ¿sabes?

He pensado en lo que te diría cuando te enteraras y, ¿sabes qué?

, decidí que me limitaría a admitirlo. No tiene sentido intentar ocultarlo, ¿verdad?

Sabes que no soy feliz en esta relación.

Tú tampoco eres feliz. Pero, en el fondo, lo que pasa es que no tienes los huevos necesarios para hacer nada al respecto. Y yo sí.

Yo seguía sentado en el suelo, mirándola desde abajo como si fuera una presa a la que hubiese abatido y sobre la que ahora se cernía.

Ojalá hubiera seguido ocupando la posición dominante, porque al menos así me habría quedado algo.

No sería aquel hombrecillo ridículo tirado en el suelo sin nada, ni siquiera orgullo.

—Entonces, ¿por qué no me dejaste? ¿Por qué seguiste con esto?

¿Por qué hacerlo a mis espaldas y…? —Buscaba palabras a la desesperada—.

¿Por qué faltarme así al respeto? —Sabía cómo sonaba y me resultaba insoportable.

Tosí, me aclaré la garganta y recurrí a mi tono más firme—.

No quiero saber los detalles. Quiero que te vayas.

No era verdad. No quería que se fuera, pero tampoco quería que me hubiese engañado. Una vez revelada la verdad, ya no había vuelta atrás.

No siempre se puede conseguir lo que uno quiere.

—¿Eso es todo? ¿Es lo único que tienes que decir? Das pena. —Me escupió las palabras mientras yo me ponía en pie. Al parecer, pese a todo lo que había hecho, era yo quien estaba equivocado.

Había tantas cosas que podría haber dicho, pero ninguna parecía capaz de cambiar nada.

Ya no quedaba nada que salvar y, de todas formas, yo tampoco quería salvarlo.

No en aquel momento. En cuanto supe lo que había hecho, se convirtió para mí en una persona distinta.

Al final de la semana, se había marchado del piso.

No hubo que tramitar papeles, repartir bienes ni pelearse por los hijos.

Un día vivíamos juntos y, al siguiente, ella ya no estaba.

Mi vida quedó destrozada, pero tuve que seguir adelante. Tenía el trabajo en el que concentrarme. Pude quedarme con el piso tras comprarle su parte. Había muchas cosas positivas, a pesar del dolor.

Puede que otros hombres levanten muros y pongan barreras a futuras relaciones, pero yo no.

Lo único que siempre he querido es encontrar a la mujer indicada y hacerla feliz.

Aunque suene fatal, en cierto modo me alegro de que Sophie también haya pasado por lo mismo.

Compartimos una experiencia; sé que eso va a unirnos más.

Ella entenderá lo que siento respecto a la fidelidad porque Jack también le falló.

La próxima vez será mejor para los dos. Me aseguraré de ello.