Alguien me vigila CAPÍTULO DIECINUEVE
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CAPÍTULO DIECINUEVE

Escucho a Henny y Lola charlar sobre sus planes para las vacaciones de verano durante quince minutos enteros mientras espero a que llegue Sophie. Me he levantado temprano y estaba listo para la cita. La ilusión de verla me ayuda a salir de la cama por las mañanas. ¿No debería ser así el amor?

Una vez más, llega tarde. Se está volviendo tan habitual que ni siquiera me preocupa que vuelva a saltarse la sesión. Es casi como si, de algún modo, fuese a saber si no pensara venir.

Apenas me da tiempo a pensar qué haré si no aparece cuando oigo ese tap, tap, tap en la puerta y ella entra.

—Buenos días, Sophie.

Parece que hoy sonreír le supone demasiado esfuerzo.

—Hola —dice con tono impasible y profesional.

Este casi parece uno de esos momentos de acercar el sillón e inclinarme hacia delante para verla de cerca , pero me contengo e intento mantenerme relajado.

—Hoy no quería venir —dice, cruzándose de brazos a la defensiva.

Sé que dije que interpretar el lenguaje corporal no es una ciencia exacta, pero está perfectamente claro que está levantando una barrera.

—¿No?

Dudo que vaya a decir que no quería venir porque ahora se encuentra muchísimo mejor, muchas gracias.

—No. —Suelta un suspiro exagerado y entrecortado antes de continuar—. Los medicamentos no me ayudan. Estas sesiones no me ayudan. Lo único que hago es quedarme en casa viendo cómo me vuelvo loca. No quiero salir. Vaya donde vaya, lo veo a él, y ya no puedo soportarlo más.

—Los antipsicóticos tardan un poco en hacer efecto…

—¿Psicótica? ¿Eso es lo que soy ahora?

Bueno, está claro que no debería haber usado esa palabra.

—Técnicamente, así se llama tu medicación. Estamos intentando tratar tu ansiedad y tu depresión y erradicar, eh, librarte de esos delirios. Conseguir que dejes de ver cosas.

—No tienes por qué explicarme las cosas como si fuera estúpida —replica—. Soy una mujer con estudios, ¿sabes? Aunque sea psicótica.

—Sophie, cálmate, por favor.

Decirle a una paciente psiquiátrica que se calme cuando ha sido uno mismo quien acaba de alterarla tampoco es un camino especialmente aconsejable.

—Claro, de acuerdo, muy bien. Estoy tranquila. Es solo que ya no sé muy bien qué hago aquí. Nada parece cambiar gracias a esto.

—¿Qué quieres que cambie?

—Bueno, ¿recuerdas que te pregunté cuánto tardaría en mejorar?

Asiento.

—Quiero empezar a mejorar. Quiero ver algún progreso. Quiero sentir que estoy sacando algún provecho del dinero que pago.

Levanta de inmediato la mano derecha.

—No quería decir eso. No es por el dinero. Solo quiero que las cosas cambien.

Asiento. Vuelvo a asentir.

—La última vez parecías mucho más optimista. ¿Ha ocurrido algo?

—No ha ocurrido nada. Nunca ocurre nada.

Creía que la semana pasada habíamos empezado a avanzar.

Parecía muy orgullosa de sí misma cuando se marchó, aunque probablemente no tuviera motivos.

Quizá esta sea su forma de evitar ahondar más.

Puede que esté intentando provocar un conflicto para no tener que dar más detalles sobre Jack.

Dejemos eso por ahora. Cambiemos de rumbo o, mejor dicho, fijemos uno.

—¿Qué te parece si empezamos a fijar algunos objetivos en los que puedas trabajar? Pasos pequeños, nada importante. Quizá sientas que estás progresando si te marcas algunos objetivos y los alcanzas. —Más una pregunta que una afirmación.

Vamos, estamos juntos en esto, Sophie.

Un rápido arqueo de cejas me hace pensar que se muestra escéptica, pero aun así dice:

—De acuerdo. ¿Como cuáles?

—Bueno, has dicho que te quedas en casa viendo cómo te vuelves loca.

Hay que intentar utilizar siempre las propias palabras del paciente.

Demuestra que has estado escuchando. Es una de las mejores formas de mostrar empatía.

Hacer que un paciente sienta que se le escucha puede tener un efecto positivo en las sesiones.

O eso dicen los libros. A veces parece más bien que uno se limita a seguir el protocolo.

—¿Qué te parece si pensamos en un plan que te ayude a dejar de sentirte así?

—Eso sería un comienzo —dice, casi logrando sonreír.

—De acuerdo. Bueno, ¿a qué dedicas tu tiempo, Sophie?

Su rostro no expresa nada.

—¿Qué haces en casa? Han pasado siete meses. ¿Cómo te mantienes ocupada?

—Bueno, vengo aquí una vez a la semana —dice, forzando una sonrisa.

A mí también me gustaría sonreír, pero resulta más triste que gracioso.

—¿Aparte de eso?

—No mucho —dice con voz más suave—. Paso algo de tiempo en el jardín.

Guarda silencio unos instantes, pero noto que tiene más que decir. Espero.

—Dejé de salir. Quiero decir, tampoco era muy dada a socializar, la verdad. Pero cuando empecé a tener esa sensación de que me vigilaban, quise quedarme en casa, esconderme, supongo.

—La sensación de que te vigilaban.

Se supone que repetir las palabras del paciente, devolviéndoselas con énfasis en su propia formulación, sirve para reafirmar o validar sus creencias. Eso también lo saqué de los libros.

—Sí —dice—. Sensaciones. Fuera real o no lo que sentía, hizo que dejara de querer salir. Pero sé adónde quieres llegar. Tengo tanto tiempo libre que me quedo en casa preocupándome por lo que siento y dejando volar la imaginación.

—¿Eso es lo que está ocurriendo?

—Quizá. Es posible —concede.

—Puede que esto te parezca un paso enorme, pero tengo una sugerencia. No te precipites al contestar. Tendrás que pensártelo. —Pausa dramática para causar efecto—. ¿Qué te parecería volver al trabajo?

Parece tan desconcertada que bien podría haberle preguntado qué le parecería cortarse un brazo.

—¿Trabajar? Yo… bueno, no… No he… No he pasado demasiado tiempo con otras personas. No desde que…

—Sé que no va a ser lo mismo. Pero tenías amigos allí, ¿no?

Se encoge de hombros, con un simple y leve movimiento ascendente y descendente.

—¿Compañeros, entonces? ¿Personas con las que no te importaba pasar el tiempo?

—Suelo ir a mi aire —dice—. No se me da muy bien conversar. Nunca me ha interesado demasiado la vida de los demás. Impartía mis clases, hacía mi trabajo y, cuando llegaba la hora del descanso, me escondía en mi despacho.

Tenemos tantísimo en común. Cuanto más habla, más claro lo veo.

—¿Nada de noches de juerga con los compañeros? ¿Ni de ir a tomar algo al centro con las chicas?

Capto una expresión que disimula enseguida.

—Ni siquiera cuando Jack estaba fuera. Cuando estaba en casa, quería volver del trabajo con él lo antes posible. Cuando estaba fuera… Bueno, no sé. Supongo que ese tipo de cosas nunca me ha atraído. Nunca he sido muy sociable.

Se recuesta en el sillón y casi puedo percibir la avalancha de palabras que está a punto de brotar de su boca.

—Lo intenté. Quizá no con demasiadas ganas, quizá no lo suficiente.

No era popular en el colegio, siempre estaba en la periferia, nunca formaba parte del grupo de los guais, así que, cuando llegué al instituto, me esforcé de verdad.

Era una oportunidad para reinventarme, para dejar atrás a la Sophie que los chicos de mi colegio habían conocido e ignorado.

Convencí a mi madre de que me comprara ropa que me parecía moderna, una especie de uniforme que me permitiera encajar con los estudiantes de las pandillas.

Aprendí a alisarme el pelo, a embadurnarme de maquillaje, a parecer una de ellos.

Pero todo eso era pura fachada. A la hora de la verdad, seguía siendo la misma Sophie estúpida.

De pronto, cohibida, se detiene en mitad de su diatriba.

—Seguía siendo una idiota torpe en las relaciones sociales.

Eso no podía cambiarse. Merodeaba por los márgenes de los grupos, tratando de encontrar una forma de entrar.

Hasta que decidí que ya no me importaba.

Poco a poco comprendí que prefería mi propia compañía al estrés de intentar encajar y ganarme la aprobación de los demás.

Aunque no llegué a sentirme así hasta que entré en la universidad.

El colegio y el instituto fueron una causa perdida.

—¿Y ahora?

—¿Ahora? —repite.

—¿Cómo te sientes ahora?

—Sigo siendo torpe en las relaciones sociales, pero no me importa. —Consigue sonreír—. Cuando estaba con Jack, eso daba igual. Juntos éramos un equipo. Éramos nuestro propio grupo. Jack y yo nos sentíamos muy cómodos juntos. Ninguno de los dos necesitaba a nadie más. O al menos eso creía.

Esa afirmación invita a indagar más.

—¿Ocurrió algo que te hiciera dudarlo?

—Eh, no. No debería haber dicho nada. —Hace una pausa—. A veces era posesiva, quizá egoísta. Como él se ausentaba tan a menudo, tendía a dejar volar demasiado la imaginación.

Sonríe y agita las manos en un pequeño gesto exagerado.

—Nada cambia, ¿eh? —bromea a medias—. Sería gracioso si no fuera tan trágico.

Veo que su expresión refleja la triste realidad, no la ficción cómica.

—¿Pensabas que Jack estaba viendo a otra persona?

Es una pregunta directa y, después de que Sophie abandonara bruscamente la sesión anterior, no estoy seguro de que sea la más adecuada. Aun así, hay preguntas que deben hacerse y asuntos que es necesario sacar a la luz.

—No —responde enseguida y, tras negar con la cabeza, añade—: Sí. Sí, lo pensaba.

Ahora sí estamos llegando a alguna parte, ¿verdad, Sophie? Has empezado a hablar, pero ¿cuánto estás dispuesta a contar?