Alguien me vigila CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

Jack.

Sabes que nunca quise que te fueras. Por algún motivo, aquello no parecía igual que todos los demás viajes. Barcelona, Arizona, incluso aquel mes que pasaste en Nueva Gales del Sur. Al menos podías llamarme. No era como si estuviéramos completamente separados.

¿Recuerdas la noche en que me lo dijiste? Llegaste a casa emocionadísimo, con una botella de champán en la mano: champán de verdad, no del barato que tu madre saca siempre en Navidad. Sé que me lanzarías esa mirada si estuvieras aquí, pero no estás, así que puedo decirlo, ¿no?

Aquel día había sido frenético en el instituto.

Volvíamos a tener jornada de puertas abiertas, mi época menos favorita del año, cuando tenía que trabajar desde las ocho y media de la mañana hasta las nueve y media de la noche, sin dejar de sonreír a los posibles alumnos y a sus padres, solícitos y excesivamente entusiastas.

Al menos la historia es un tema sencillo del que hablar.

Yo no tenía que preparar experimentos ni complicadas exposiciones de laboratorio como algunos profesores.

Eso sí, tenía que permanecer firme y ganarme a todos los visitantes con el estómago vacío y los pies doloridos.

Cuando llegué a casa, lo único que quería era preparar un baño y dejar que el agua se llevara las tensiones del día.

Tenía las piernas entumecidas y el aura nebulosa de una migraña empezaba a deslizarse detrás de mi ojo izquierdo.

Te llamé por tu nombre al entrar, pero no contestaste.

Debían de ser casi las diez, aunque pensé que quizá habías salido a tomar algo con tu maravilloso equipo.

No fue hasta que estaba a punto de meterme en la bañera cuando te oí en la puerta. No solo aquel torpe traqueteo al que estaba tan acostumbrada, sino que además te oí llamarme. Antes incluso de que llegaras al vestíbulo, ya estabas gritando mi nombre.

¡Sophie! ¡Soph!

Como un niño que ha recibido lo que quería por Navidad.

¡Soph!

Vi mi reflejo en el espejo, que aún no se había empañado del todo. Recuerdo mi expresión. Sabía lo que se avecinaba.

Ya me había quitado la parte de arriba y estaba allí de pie, en falda y sujetador. La situación resultaba casi cómica. No iba a seguir desnudándome, pero tampoco tenía sentido quitarme nada más. Lo único que podía hacer era esperar.

¡Sophie!

Entraste en casa y te oí dirigirte al salón.

¡Soph!

Y luego a la cocina.

¡Sophie! ¿Dónde estás? Soph.

Podría haber cerrado con llave la puerta del baño, haberme encerrado dentro y haberte dejado fuera. Podría haberme ocultado de la verdad un poco más, haber retrasado el momento, pero sabía que se acercaba y que no había escapatoria.

Llevabas días esperando a saber si te elegirían para la expedición, y aquel entusiasmo en tu voz solo podía significar una cosa. Sabía que volvías a marcharte. Me dejabas y yo tendría que afrontar sola la Navidad.

¡Sophie!

Subiste las escaleras de dos en dos, saltando hacia mí como un salmón que remonta un río. Solo que tú no regresabas a tus aguas de origen. Venías a decirme que te marchabas.

Debo de parecer una vieja amargada. Debería haberme entusiasmado que te hubieran dado el puesto.

Había otros dos o tres —más, según me dijiste— en tu departamento tan ansiosos como tú por conseguirlo y, probablemente, igual de capacitados.

Tú serías el primero en admitir que no eres una eminencia en tu campo.

Pero yo sabía cuánto significaba para ti.

Arkhangelsk. El círculo polar ártico. Hasta el nombre suena fascinante, exótico y salvaje.

No era la primera vez que estabas feliz y yo sabía que no era gracias a mí.

Cuando abriste de golpe la puerta del baño, con los ojos muy abiertos, los brazos extendidos y repitiendo mi nombre, no pude evitar dejar que me abrazaras. La botella de champán se apretó contra la piel cálida de mi espalda y me susurraste al oído.

—Me voy a Arkhangelsk, Soph. Me han elegido.

Después de todo, habías recibido lo que querías por Navidad.

¿Y yo? Bueno, tú y yo sabemos qué ocurrió después.

Soph