Alguien me vigila CAPÍTULO DIECISIETE
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CAPÍTULO DIECISIETE

Trabajo hasta las cinco y, cuando llego a casa, casi puedo oler el vacío de mi hogar.

A veces me siento como un pez en una pecera demasiado grande para él.

Es mejor que la alternativa, pero hace que sea muy consciente de que estoy solo y de que el lugar donde vivo lo compró una pareja, para una pareja.

Serena y yo no teníamos pensado formar una familia ni nada por el estilo, pero el piso es lo bastante grande para albergar a una personita más si alguna vez hubiéramos tomado ese camino.

En vez de eso, hubo baches, obras y, al final, la carretera metafórica quedó cortada.

La habitación que podría haber sido un cuarto infantil es ahora un despacho, pero estar allí me trae demasiados recuerdos lacerantes para que pueda darle algún uso.

Podría venderlo, marcharme y seguir adelante, pero, a pesar de los recuerdos que flotan a mi alrededor, me gusta este sitio.

Lo elegí yo, no Serena. A ella no le interesaba demasiado dónde vivíamos ni cómo era la propiedad.

O confiaba en mi criterio o, ya por aquel entonces, había empezado a buscar otra cosa por su cuenta. Nada me sorprendería.

Lo investigué todo, por supuesto, porque eso es lo que hago.

Siempre que tomo una decisión de cierta importancia, quiero conocer hasta el último detalle.

¿Cómo son los vecinos? ¿Cuál es el índice de delincuencia?

¿Qué dice la OFSTED de los colegios de la zona?

Y eso que nunca llegamos a necesitar esa información.

Incluso investigué los servicios de transporte público, pese a que jamás cogería un autobús.

Detesto sentir asientos sucios debajo de mí y tener gente sucia a mi lado.

Oír a desconocidos charlando entre ellos en público me pone los pelos de punta.

Algunas personas sienten una aversión irracional al sonido de los demás comiendo; yo siento aversión al sonido de los demás, sin más.

En público, al menos. Si puedo elegir entre coger un autobús o ir andando, elijo la segunda opción. Gente sucia, sucia.

Mi interés por la vida de los demás se limita a las personas con las que tengo que hablar por trabajo.

Conocer a Serena, llegar a saber cómo era y entablar una relación con ella supuso todo un reto mental y emocional.

Sophie, en cambio, es fácil. Es fácil estar con ella, hablar con ella, mirarla.

Todo en ella, por muy complicada que se crea, es fácil. Tal vez ese sea su verdadero atractivo.

Con Serena nunca fue así. Tardé dieciocho meses en invitarla a cenar y, aun entonces, no se dio cuenta de que era una cita.

Nos veíamos casi todos los días e intentaba entablar conversación, aunque no soporto hablar de trivialidades.

Me compliqué la vida para conocerla y, poco a poco, ella empezó a mostrarse más receptiva conmigo. O al menos eso creía.

La invité a cenar al restaurante tailandés que había cerca de la oficina. Fue lo mejor que se me ocurrió. Quería que viera que yo no era un don nadie que se alimentaba de comida rápida. Necesitaba impresionarla.

Al final de la velada, me incliné hacia ella de esa manera torpe y vacilante que parece ser habitual en una primera cita, y ella se echó a reír.

No fue una carcajada atronadora de qué-gracioso-ha-sido , sino una risita nasal.

No se lo esperaba, y yo no me di cuenta hasta que ya estaba acercándome a sus labios.

Ni siquiera se apartó. Se quedó paralizada, con los ojos clavados en los míos, y se tapó la boca con la mano.

Pensando que estaba interponiendo una barrera física para impedir el beso, retrocedí y casi tropecé con la pared que tenía detrás.

Serena negó con la cabeza y apartó la mano para dejar ver una sonrisa.

—No pasa nada —dijo—. No me había dado cuenta. Soy idiota. Lo siento.

—No debería haber… —empecé a decir, pero ella me interrumpió posando sobre mi mano la que acababa de tener apoyada en los labios.

—Chist —dijo—. No pasa nada.

Entonces me pregunté si notaría mi inexperiencia y mi nerviosismo, y si aquello le quitaría las ganas o quizá incluso la excitaría. Creía conocerla muy bien, pero en aquel momento comprendí que no la conocía en absoluto.

Por supuesto, nos besamos. Ella se alzó hacia mí, tiró de mí para hacerme bajar, y estoy seguro de que no hace falta que describa cómo se producen los besos. Nos besamos.

Durante un tiempo, eso fue todo lo que ocurrió entre nosotros.

Salíamos, nos besábamos y yo soñaba con ser una persona más segura de sí misma, más decidida.

Nos adentramos a trompicones en una relación y, poco a poco, construí una vida alrededor de Serena.

Nuestra relación era lo único que me importaba; habría hecho cualquier cosa por ella, y lo hice.

Y así es como he acabado aquí.

Cómo he acabado solo es otra historia; una historia en la que esta noche no puedo afrontar pensar. Tenía a Serena y ahora se ha ido. Cuando tenga a Sophie, jamás dejaré que se marche. Nunca volveré a cometer ese error.