CAPÍTULO DIECISÉIS
Desde que estuvimos a punto de toparnos, no dejo de preguntarme si Sophie me vio y si va a decir algo.
Digo «preguntarme» , pero quiero decir obsesionarme.
Este pensamiento me ha consumido demasiado tiempo y energía, y he tenido que hacer un esfuerzo consciente por centrarme en otras cosas para quitármelo de la cabeza.
A veces me pregunto cómo he acabado así, cómo una mujer tiene el poder de convertir a un hombre razonable, lógico y, por lo general, inteligente en un idiota obsesivo. Aunque ella es una mujer muy especial.
A ojos del mundo, Sophie Portman puede parecer una persona corriente, pero, una vez que empiezas a desentrañarla, resulta fascinante. Su forma de pensar, las cosas que hace. Ni siquiera sé por dónde empezar.
No fue su aspecto lo primero que me atrajo de ella, pero es innegablemente atractiva.
La atracción es un asunto complejo. No existe ninguna ley universal que la gobierne.
No hay reglas que determinen cómo o por qué nos sentimos atraídos por otras personas.
A veces, estas tentaciones surgen en contra de nuestro buen juicio, pese a la existencia de factores o situaciones que deberían interponerse.
Sophie. Una paciente psiquiátrica. Una mujer casada. Sophie. Sophie. Sophie. ¿Sigue contando como casada ahora que Jack se ha ido? De momento, supongo que sí.
Por supuesto, siempre he sabido que es imposible que ella y yo lleguemos a relacionarnos como me gustaría.
Le he dado vueltas tantas veces, he imaginado tantos escenarios, intentando encontrar una forma de que ella y yo pudiéramos estar juntos, pero sé que es imposible.
Eso no impide que me sienta así. De hecho, en cierto modo, intensifica mis sentimientos.
Siempre queremos lo que no podemos tener.
Lo inalcanzable resulta infinitamente más atractivo que aquello que se consigue con facilidad.
¿Me sentiría tan atraído por ella si nuestra relación pudiera hacerse realidad? Probablemente. Quizá.
Estoy perdido en mis pensamientos cuando oigo los tres golpecitos de siempre en la puerta. Es ella. Ha llegado.
Cuando Sophie entra en la habitación, me tomo unos instantes para serenarme, enderezar la postura y concentrar mi atención.
A veces es muy fácil dejarse arrastrar por los pensamientos.
Esta hora es de Sophie, no mía, y toda mi concentración debería estar puesta en ella.
Después de que faltara la semana pasada, estoy ávido de su presencia y me cuesta más de lo habitual relajarme.
Estamos ya casi en agosto y la temperatura exterior ha subido hasta unos casi incómodos veintiocho grados, tanto calor que Sophie ha prescindido de su omnipresente chaqueta rosa.
Lleva un vestido elegante pero informal, de un tejido de punto azul marino que cae holgado sobre sus curvas.
Una diadema de flores azules y blancas descansa sobre su cabeza como una corona, con el flequillo asomando por debajo.
—Sophie. Buenos días.
Es un buen día. Cada mañana que veo a Sophie es un buen día.
—Hola —dice—. Hace calor, ¿verdad?
Mi consulta está cargada y sofocante por el calor.
Ya me siento pegajoso y apático, y solo llevo diez minutos sentado en este sillón.
Pero ella no paga para hablar del tiempo.
Si encuentra algún tema aleatorio e insustancial del que hablar, probablemente crea que puede evitar explicar por qué no apareció la última vez.
Aunque ambos lo sabemos. No parece tener sentido enemistarme con ella sacando el tema.
Hay que seguir adelante.
—¿Cómo has estado desde la última vez que te vi?
Se encoge de hombros con delicadeza.
—Lo de siempre —dice.
Existe el estereotipo común de que los británicos responden a la pregunta «¿cómo estás?
» con un «bien» o un «bien, gracias» , aunque esas respuestas disten mucho de la verdad.
Hay algo en esa actitud de mantener la compostura o en esa fachada estoica que facilita ocultar los verdaderos sentimientos tras tópicos o palabras ambiguas.
Y claro, eso está bien , hasta cierto punto, cuando charlas con un conocido ocasional o un compañero de trabajo, pero, cuando se trata de hablar de tu salud mental con tu terapeuta, esos eufemismos no bastan.
—Me alegro de que hayas vuelto.
Y es verdad.
—Cuéntame qué ha ocurrido.
Vayamos directos al grano, hasta el fondo de lo verdaderamente interesante. Pero, en cuanto pienso esto, ella habla y me arrepiento de inmediato.
—La semana pasada, en el supermercado… —empieza.
El corazón casi se me para. Noto que me inclino hacia delante en el asiento, alerta, y tengo que obligarme a contenerme, a volver a relajarme contra el respaldo.
—¿Qué ocurrió?
Deposita suavemente las manos sobre el regazo. Me doy cuenta de que se ha pintado las uñas desde la última vez que estuvo en la consulta. En lugar del esmalte descascarillado, lleva una capa recién aplicada de brillo color coral. Me pregunto si significará algo, pero pensarlo no me tranquiliza.
—Nada —dice—. Seguro que no fue nada.
Pero, por supuesto, no lo habría mencionado si no hubiera sido nada, así que lo único que puedo hacer es aguantar el silencio mientras ella se remueve un poco y decide qué decir.
Observo su rostro, intentando valorar su expresión, descifrar sus emociones.
Se está mordiendo el labio, apenas un poco, pero lo suficiente para que yo lo perciba.
No sé qué significa. No sé cómo descifrarla.
—Ya que he sacado el tema, será mejor que te lo cuente.
Es casi como si estuviera tentándome con una zanahoria para hacerme avanzar. El control debería tenerlo yo, no ella. Se mueve un poco en el sillón y recorre la estancia con la mirada, desviándola hacia la ventana, con la persiana a medio bajar, antes de volver a centrar su atención.
—El Kwik Shop que hay calle abajo. Entré por puro capricho, en realidad, no buscaba nada en especial, ya sabes.
Lo sé. Lo sé demasiado bien.
—No estaba prestando atención, por eso no estoy segura.
Estaba… En fin… Volví a tener la sensación de que alguien me observaba.
Desde el pasillo de al lado o, no sé, entre las estanterías.
Ni siquiera se puede ver entre las estanterías.
Por eso es tan absurdo. No podía haber nadie. El sitio estaba prácticamente vacío.
Sacude la cabeza y deja de hablar.
—¿Había empleados en la tienda? ¿Vio alguien algo? ¿O a alguien?
Sé la respuesta antes de que hable. He vuelto al Kwik Shop en más de una ocasión desde el jueves.
Hablé con Jayden para asegurarme de que no hubiera reparado en nada extraño o fuera de lo común, pero ya estaba otra vez con la cabeza pegada a la pantalla del teléfono.
Que digan lo que quieran de la tecnología moderna, pero desde luego tiene su utilidad.
—No —confirma—. Es absurdo.
—¿Absurdo?
—Absurdo —repite—. Sé que intentas ayudarme a comprender que todo está en mi cabeza, pero no sé. Por alguna razón, sigo viéndolo por todas partes.
Hace una pausa y después, en un susurro tímido, dice:
—Pensé que era él. Pensé que era Jack.
Antes de que haya tiempo para responder, deja escapar una risa breve y estridente, como si su cerebro reconociera lo absurdos que parecen sus pensamientos.
—¿Jack? ¿Quieres decir que pensaste que era él quien te observaba? Pero Jack…
Jack se ha ido.
Jack está perdido.
Jack ya no está aquí.
—Como he dicho, es absurdo.
Sophie vuelve a negar despacio con la cabeza y una lágrima solitaria le resbala lentamente por la mejilla. Mi impulso es inclinarme hacia delante, secársela, ofrecerle un abrazo, pero, por supuesto, no puedo hacerlo.
—Quiero creer que es él, que algún día volverá —tartamudea—. Pero no puede ser y no volverá.
Ya está , pienso, ahora es cuando empieza a hablar .
En lugar de eso, rebusca torpemente un pañuelo en el bolsillo y se seca la lágrima.
—Lo siento —dice.
La mancha húmeda de rímel sobre el papel blanco me recuerda a esas pruebas que revelan los mecanismos internos de la psique o como quiera que se diga. Quizá veas un rostro o un murciélago o, si tu mente tiene esa inclinación, algo sexual. Cuando yo la miro, solo veo oscuridad.
—¿Podemos hablar de Jack? —pregunta y después, con mayor firmeza, añade—: Necesito hablar de Jack.
Ya era hora. Ha necesitado todas estas sesiones para estar preparada, pero por fin ha llegado hasta aquí por sí sola. Sabía que acabaría haciéndolo; solo necesitaba tiempo. Noto que una leve sonrisa empieza a dibujarse en mis labios y la reprimo enseguida.
—Si estás preparada. Por supuesto.
—No sé muy bien por dónde empezar. Quizá pueda hablarte de él. ¿Podemos empezar por ahí?
No espera una respuesta. En lugar de eso, se lanza a hablar.
—Es geólogo. Ojalá pudiera contarte más sobre lo que hace, pero…
Se remueve en el asiento y después, como si se diera cuenta de su inquietud y quisiera ponerle fin, apoya con firmeza en el suelo sus bailarinas planas y coloca las manos sobre el regazo.
—Empezaba a explicármelo y yo quería aparentar que entendía de qué hablaba, pero… —Se encoge de hombros y levanta las manos—. La mayoría de las veces no tenía ni idea. Aunque el viaje a Arkhangelsk era importante. Eso sí lo entendía.
Aspira aire con una inhalación profunda y sonora.
—Nunca quise que fuera, ¿sabes? Se lo dije; es decir, no quería impedirle que «persiguiera su sueño» .
Dibuja unas comillas en el aire con los dedos.
Yo asiento en respuesta, acusando recibo de sus palabras. Pese a lo que dice, su voz está cargada de culpa.
Casi estoy conteniendo la respiración mientras espero descubrir cuánto piensa contar. No puede querer hablar de él solo de esta forma general y vaga. Sin duda, traer esta conversación a la consulta significa que está preparada para abordar lo ocurrido.
—¿Puedes contarme algo más sobre lo que ocurrió?
Debía de saber que la pregunta llegaría, pero su rostro refleja sorpresa y desorientación.
—¿Lo que creo que ocurrió? —pregunta, pero no espera una respuesta—. ¿O lo que temo que ocurriera?
Vuelve a negar con la cabeza.
—La última vez que lo vieron desde la estación base, salía para hacer una recogida rutinaria de datos. Un día corriente más. Eso es lo que me afecta, ¿sabes? Todo era igual que cualquier otro día. Todas esas cosas triviales que damos por sentadas, las rutinas y tareas diarias, y entonces…
—¿Qué?
—No hubo contacto por radio, nada. Fue casi como si se lo hubiera tragado la tierra.
Había otras dos personas en el equipo, Jane y Caroline.
Ambas hicieron cuanto pudieron. Buscaron por la zona en la que se suponía que estaba trabajando, pero no había ninguna señal de que hubiera llegado siquiera al lugar.
Su tono es increíblemente objetivo al proporcionar esta información. Cuesta creer que esté contando la historia de cómo, al parecer, desapareció su marido.
—Entonces, Jack lleva desaparecido…
—Siete meses. Siete meses, dos semanas y cuatro días.
Un asentimiento lento y silencioso. Compasión.
Una muestra de comprensión. Por supuesto, nunca se puede comprender de verdad cómo se siente otra persona.
Se pueden desarrollar empatía y perspicacia, pero los sentimientos de cada persona son precisamente eso: suyos.
Mi forma de experimentar la pérdida de un ser querido no es necesariamente la misma que tendría otra persona. El dolor de Sophie es solo suyo.
—Siete meses.
Repetirle las palabras al paciente, darle la oportunidad de responder, invitarlo a decir más sin intentar llenar los silencios con los sentimientos propios. Todo tiene que salir de ella. Esta es su oportunidad de sincerarse.
Sin embargo, en lugar de seguir hablando, por fin aparecen las lágrimas que aún no había derramado durante sus sesiones.
Contenerse nunca es buena idea, no en sesiones como esta.
Para eso no sirve la terapia. Para aprovecharla de verdad, los pacientes tienen que dejarse llevar, ser sinceros, revelarlo todo y desnudar su alma.
Sophie no se ha levantado ni se ha marchado; esta vez no ha huido, así que sé que acabará enfrentándose a la verdad. Solo es cuestión de cuándo. Está preparada para hablar, pero, por lo visto, no para decir nada importante.
Aun así, deja escapar un suspiro con una amplia sonrisa en el rostro, como si estuviera orgullosa de lo que ha conseguido.
—Muy bien, Sophie. Debe de haberte resultado difícil contarme todo eso.
Asiente sin perder esa sonrisa radiante.
—No creo que ya esté curada —dice—. Pero al menos estoy hablando, ¿no? Eso tiene que ayudar.
Siempre busca aprobación. Siempre quiere saber si está diciendo lo correcto.
A veces Sophie es tan transparente. No está necesariamente hambrienta de atención, sino de que le confirmen que no lo está echando todo a perder.
Estoy seguro de que quiere parecer una persona corriente y normal.
También estoy bastante seguro de que no es la clase de mujer que le contaría a alguien que va a terapia.
—Cuanto más podamos hablar de tus pensamientos y sentimientos y trabajar juntos en ellos, más progresos podremos hacer.
—Gracias —dice—. Quiero hablar, de verdad.
Quiero creerla, pero, cuando la miro ahí sentada, sonriendo como si hubiera resuelto todos sus problemas en esta única sesión, no puedo evitar dudar. Hablar no sirve de nada si no estás preparada para contar la verdad.