CAPÍTULO QUINCE
Jack.
Hoy estabas allí, en el supermercado. O, al menos, eso es lo que he decidido creer. Entrar sola en los lugares por los que antes caminábamos juntos, sabiendo que nunca volverás a caminar a mi lado, no se hace más fácil con el tiempo.
Solo estaba ese chico joven en la caja, ya sabes, aquel del que siempre bromeabas diciendo que acabaría convertido en un cibermillonario, y un tipo mirando comida para gatos. Alguien que tiene gato no puede ser mala persona.
Thacker tenía razón, ¿sabes? Nadie tiene ningún buen motivo para vigilarme. Mi vida, sobre todo ahora que tú ya no estás, apenas es lo bastante interesante para mí, y mucho menos para cualquier otra persona.
La única explicación que tiene sentido es que te estoy viendo. Mi mente me engaña y me hace creer que sigues por aquí porque eso es lo que quiero creer.
Una vez me hablaste de algo llamado la navaja de Occam: la explicación más sencilla suele ser la verdadera.
Claro, puede que algún desconocido haya decidido que soy tan fascinante como para querer pasarse la vida observándome o, qué sé yo, podría tratarse de una forma de vida alienígena que espera el momento adecuado para abducirme.
Algunos días ni siquiera me parecería un mal destino.
A lo que voy es a esto: la explicación más sencilla es que lo que ocurrió en diciembre me provocó una crisis nerviosa y que ahora te veo por todas partes.
Nunca vas a volver, así que, si la única manera de verte es dentro de mi cabeza, quizá debería aferrarme a eso en vez de intentar curarme.
Si los medicamentos empiezan a surtir efecto, puede que deje de verte.
Puede que dejar de sentirme observada sea peor.
Si ver tu fantasma, o siquiera un fugaz destello de él, es lo único que me queda, quizá no debería intentar librarme de ello. No soporto pensar en dejarte marchar.
Quédate conmigo.
Soph