Alguien me vigila CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

La sesión del jueves por la mañana marca la pauta del resto del día y, para las seis, estoy agotado.

Sé que debería preparar algo decente para cenar, pero tengo la cabeza llena de lo ocurrido durante las últimas horas y bastante hago con no abrir el móvil y pedir algo por Deliveroo.

No voy a hacerlo. Esta vez no. Puede que un cubo familiar de Cluckin’ Joes parezca una opción estupenda, pero el repartidor viene a mi casa tan a menudo que me estoy planteando pedirle que empiece a pagar alquiler.

Cuando sonrío ante mi propia broma estúpida, sé que ha llegado la hora de levantar mi vago trasero del sillón, salir como un hombre hecho y derecho y cazar mi cena. Es un decir, claro.

Mi territorio de caza habitual es el Kwik Shop, uno de esos comercios híbridos que ahora se ven en casi todos los pueblos pequeños.

Los estantes están abarrotados con una o dos unidades de cualquier artículo imaginable, y en la esquina del fondo hay un pequeño mostrador que funciona como oficina de correos tres días a la semana.

La oficina principal del centro cerró hace cosa de un año, junto con casi todas las demás tiendas por las que antes me gustaba curiosear, así que el Kwik Shop es prácticamente lo único que queda.

Sé que se supone que las compras por internet son el Futuro, signifique eso lo que signifique, pero pasear por una tienda, coger los productos de los estantes y dedicar un rato a decidir qué quieres resulta mucho más satisfactorio que llenar una cesta virtual y esperar días a que llegue el pedido.

Además, aparte de lo que ocurre en la consulta, ir a comprar constituye prácticamente toda mi vida social.

Salir de casa y recorrer los pasillos me permite observar a la gente y, en ocasiones, aunque pocas, me detengo unos minutos a charlar con quienquiera que esté ese día a cargo de la caja.

Hoy está Jayden. Tiene la cabeza inclinada hacia el móvil cuando entro. No oigo qué está viendo, pero alcanzo a distinguir un personaje de videojuego de los noventa que reconozco.

—Hola.

Lo saludo por costumbre, pero él no levanta la vista. Al menos tiene la decencia de mantener el sonido apagado.

—Hola a ti también —murmuro, respondiendo por él mientras arrastro los pies hacia la sección de alimentación.

En realidad, es buen chico. Algunos días hasta mantenemos una conversación decente.

Trabaja aquí dos o tres veces por semana, según las tareas que tenga de la universidad, siempre en el turno de tarde, y, aparte del dueño, es la única persona en quien confían para ocuparse del establecimiento a solas.

Para ser una tienda pequeña, hay bastante donde elegir, pero ya sé que esta noche no tengo energía para preparar nada interesante.

No soy el mejor de los cocineros. Otra cualidad más que añadir a la lista de las que me faltan.

En el primer pasillo están las verduras en conserva, tarros de todo tipo y un amplio surtido de sopas.

Recorro con la mirada las latas de etiquetas descoloridas.

Patata y puerro. Guisantes con jamón. Champiñones.

Todo un repertorio de latas monótonas de purés cremosos.

Sopas contundentes, sopas ligeras, bla, bla, bla.

Estoy a punto de alargar la mano hacia una crema de bogavante, que cuesta el doble que cualquiera de las demás opciones pero resulta tentadoramente exótica, cuando algo aparta mi atención de golpe, sin explicación alguna.

Un destello de movimiento anuncia la entrada de otra persona en el pasillo: avanza despacio, con la cabeza gacha y la mirada clavada en la pantalla del móvil.

Sé quién es antes de verle la cara. Lleva esa chaqueta de algodón rosa oscuro que grita: « ¡Mírame!

», y no puedo evitar obedecer. Tiene el pelo metido bajo el cuello, como si se hubiera puesto el abrigo a toda prisa.

Me gusta fijarme en esos detalles, establecer conexiones entre el acto y el motivo, entre el qué y el porqué.

Quiero acercarme, posarle una mano en el brazo, sonreírle y entablar conversación, pero sé que no puedo.

En la primera sesión de terapia, cuando nos evaluamos mutuamente e intentamos encontrar unos cimientos sobre los que construir, se establecen unas normas básicas.

Una de ellas dicta que, si el psiquiatra y la paciente se encuentran fuera de la consulta, no deben saludarse.

Por una parte, así se evitan preguntas incómodas.

Imagina que estás a punto de pagar un café con leche extracaliente con una dosis extra de café y cualquier cosa con soja y caramelo sin azúcar mientras estás en una cita y, de repente, te encuentras cara a cara con el hombre ante quien te desahogas cada semana por ciento veinte libras.

Hola, ¿qué tal estás?

A ver cómo le explicas eso al amor de tu vida. Si por alguna casualidad acabamos en la misma cafetería artesanal, cosa que dudo mucho, el acuerdo es que ambos debemos actuar como si la otra persona no existiera. Sin necesidad de dar explicaciones ni de mantener conversaciones embarazosas.

También está todo ese asunto de que cualquier cosa que digamos quede «registrada». ¿Qué pasaría si uno de los dos formulase una pregunta aparentemente inocente y acabáramos cayendo por la madriguera de una conversación complicada?

Ah, fatal. Estoy en una cita de mierda y creo que solo salgo con esta chica para aumentar mi autoestima, pero no está funcionando. Me siento fatal.

Guarda esa idea hasta nuestra próxima cita. Tendré que cobrártela.

Además, vivimos en un pueblo pequeño. La gente se conoce y tiene esa costumbre excesivamente amistosa de cotillear y quejarse de todo el mundo.

Si la señora Bradley, que vive calle abajo, o alguna del grupo de Kayleigh y Gayle nos viera charlando, podrías apostar a que, poco después, todo el pueblo se habría enterado.

Me he inventado esos nombres, pero esa clase de personas está por todas partes, metiendo las narices en la vida ajena.

En cualquier caso, si nos vemos fuera de los límites de falsa domesticidad de la consulta, las normas están claras.

Aun así, no me había preparado para saber cómo actuar si alguna vez me encontraba con Sophie.

Esta no es su zona del pueblo y, desde luego, no es la tienda más cercana a su casa; sin embargo, aquí está, a poco más de siete metros de mí y acercándose.

Respira despacio, cálmate y date la vuelta, me digo. Con naturalidad. Con cuidado.

En lugar de eso, lanzo la mano hacia el estante para coger una lata y la sujeto con torpeza, a punto de tirarla al suelo.

Hasta ahora, su ensimismamiento con el móvil ha impedido que Sophie me vea, pero, si sigo aquí mucho más tiempo, se dará cuenta.

No estoy preparado para esto y no creo que pudiera soportar un encuentro incómodo.

Procuro mantener el pulso firme al meter la lata en la cesta, pero una descarga de adrenalina me recorre el cuerpo. No quiero ignorarla. Quiero hablar con ella. Quiero más.

En cuanto ese pensamiento se me pasa por la cabeza, sé que debo marcharme lo antes posible.

No puedo acercarme a ella. Ni siquiera puedo sonreírle.

Lo único que podría hacer sería dejar que pasara de largo.

No puedo arriesgarme a que esto se descontrole.

Tengo que detenerlo ahora. Tengo que detenerme a mí mismo.

Ella gira un poco la cabeza y la oigo inspirar de forma brusca. Casi percibo la ansiedad en su movimiento. Su cuerpo se tensa de manera visible cuando vuelve la cabeza de golpe hacia mí.

Me doy la vuelta, doblo el extremo del pasillo y esquivo su mirada.

Paso junto al expositor de cereales variados y me interno entre los siguientes estantes.

Me refugio en un rincón, entre la comida para mascotas y las bolsas de arena para gatos.

Filas de ojos felinos me observan al unísono y procuro no sostenerles la mirada.

Sophie no tiene mascota; no hay ningún motivo para que venga a esta parte de la tienda.

Encima de mí hay un espejo que el dueño ha instalado para vigilar a los clientes más amigos de lo ajeno. Levanto la vista y veo que Sophie se dirige a toda prisa hacia la caja.

Tropieza ligeramente al acercarse a Jayden, y la lata que lleva se le escurre entre los dedos y rueda por el suelo, casi como si intentara llegar hasta mí y conspirase para delatarme.

Cuando da media vuelta para recogerla, alza la vista y yo me agacho, fascinado de pronto por el paquete de seis latas de comida para perros Fido del estante inferior.

El corazón me martillea en el pecho y espero, incapaz de comprobar si me ha visto, si va a acercarse.

Siento un inmenso alivio cuando la oigo hablar con Jayden. Hasta que escucho lo que dice.

—Hola, perdona. ¿Has…? Sé que esto va a sonar raro, pero ¿has visto si alguien me seguía? ¿Había un hombre…? ¿Alguien…?

Puedo imaginar la sonrisa profesional de Jayden. Tal vez sea poco atento, pero, cuando habla con un cliente, se entrega al cien por cien. Sabe cómo ponerse en situación.

—Lo siento, señora —dice.

Ni sí ni no, solo una disculpa.

—Yo, esto…

Seguía viendo el vídeo, eso es lo que pasaba. Podría decírselo si no estuviera escondido en la sección de mascotas. Si no intentara evitarla a toda costa.

—¿No has visto a nadie?

Desde mi posición, en cuclillas en el suelo, levanto la mirada hacia el espejo. No puedo verle la cara. Está de espaldas a mí y yo me encuentro acorralado en este rincón.

Sin embargo, sí veo a Jayden, con su sonrisa incómoda y sin ninguna información útil que aportar.

Cojo una lata del estante y la examino, tratando de pasar por el simpático dueño de una mascota del barrio.

Aquí no hay nada que ver. Si levanta la mirada hacia el espejo de seguridad, no verá nada interesante.

—Pero tú… Yo… —Sigo oyendo a Sophie mientras trata de encontrar las palabras. Utiliza el mismo tono apagado, cargado de inseguridad y aprensión, que cuando está en la consulta.

Jayden emite un gruñido de disculpa.

—Vale —dice Sophie.

Su voz sigue siendo temblorosa e insegura, pero no insiste con el joven dependiente.

—Supongo que me llevaré esto.

La caja emite un pitido cuando Jayden escanea lo que sea que haya cogido por impulso, y se oye un segundo sonido más bajo cuando ella pasa la tarjeta de débito.

—Gracias —dice.

—Claro —responde Jayden y, entonces, al recordar dónde está, añade—: Que pase una buena tarde.

Sophie no responde y, cuando levanto la vista, ya se ha marchado.

Después de pasar tanto tiempo en la sección de mascotas, me siento obligado a coger una lata de golosinas para gatos con sabor a caballa y, tras unos minutos de concienzuda reflexión, me dirijo a la caja.

—Dos con sesenta —dice Jayden, claramente disgustado por tener que volver a pausar el vídeo para hacer su trabajo.

—Sin problema.

Le doy el importe exacto para no causarle más molestias, no provocar ningún problema, no llamar la atención.

Durante un instante me pregunto si mencionará a la mujer que estaba aquí antes que yo, pero, si le ha causado alguna impresión, no lo demuestra. En cuanto pago, vuelve a clavar los ojos en la pantalla y alarga el dedo para pulsar el triángulo que reanuda el vídeo.

El aire frío de la tarde me golpea el rostro cuando salgo de la tienda. Me guardo la lata de sopa en el bolsillo, tiro las golosinas para gatos a la papelera y emprendo el camino de vuelta a casa.