CAPÍTULO TRECE
Aunque Sophie faltó a su cita, Jonah, el fiel perrito, aparece el jueves por la mañana a las nueve en punto.
Ninguno de los dos está contento con la situación, pero estas sesiones son un medio para lograr un fin.
Uno de nosotros consigue dinero y el otro consigue…
bueno, no estoy del todo seguro. ¿Mejorar? Así lo expresaría Sophie.
Hoy nada de perder el tiempo en la sala de espera, intentar ligar con las auxiliares o gorronear una taza de té antes de la cita. Entra en el edificio y va directo a la consulta.
—Hoy pareces distante.
—Ha sido una semana dura.
—¿Dura? ¿Quieres hablarme de ello?
—No.
Error de principiante número uno. No hagas preguntas cerradas. Lo único que consigues con ellas es darle al paciente la oportunidad de cortar la conversación. Es mucho mejor formular una pregunta abierta que lo invite a soltarlo todo.
Lo miro y se me cae el alma a los pies al saber que voy a estar aquí durante el resto de la hora.
—Vale. He pasado demasiado tiempo solo. Ha habido poco trabajo y…
—¿Trabajo?
Otro error. No interrumpas al paciente cuando está hablando. Al menos, no salvo que sea imprescindible. Y este no es el caso.
—Sí. En fin, estoy acostumbrado a tener siempre algo que hacer.
Cuando hay un parón, tengo más tiempo para pensar.
Cuanto más tiempo tengo para pensar, más probable es que piense en las cosas en las que no quiero pensar.
Es decir, sí quiero pensar en ellas, pero tú no quieres que lo haga, eh, yo no…
Las palabras dan vueltas y vueltas, y este hilo de pensamiento no parece tener fin. Esta vez sí se puede interrumpir. Seguro que hay algún manual que dice que, si tu paciente empieza a hiperventilar y parece a punto de sufrir un ataque de pánico, estás en tu perfecto derecho de ayudarlo.
—Vale, vale.
—Estoy bien, no pasa nada.
Extiendo una mano y los dos nos quedamos un momento de pie entre nuestros sillones, como una pareja que se invita mutuamente a bailar.
Aunque aquí no. No, gracias. Hoy no. En lugar de eso, vuelvo a sentarme despacio, y él hace lo mismo, reproduciendo mis gestos casi a la perfección.
Eso significa algo. Imitar no tiene nada que ver con burlarse de alguien; es una forma inconsciente de mostrar empatía.
Los terapeutas experimentados pueden convertirlo en un gesto deliberado y copiar los movimientos de sus pacientes para que se sientan más seguros, más comprendidos.
La terapia gira en torno a las mentiras de los demás y a las mentiras que puedes conseguir que se crean en nombre de ayudarlos.
Cuando ambos nos hemos calmado, le concedo unos instantes para que respire.
Entretanto, no puedo evitar examinarlo en busca de indicios sobre su estado de ánimo, aunque también intento descifrar a este hombre con el que me siento una hora cada semana.
Llevamos celebrando estas sesiones más o menos el mismo tiempo que Sophie lleva asistiendo a las suyas.
La diferencia es que ya tengo la sensación de saber muchísimo sobre ella: cómo piensa, sus gestos y su forma de actuar.
Apenas sé nada del hombre que tengo delante, y soy muy consciente de que la culpa es mía.
Debería mantener la concentración, intentar entregarme por completo a estas citas.
Pero lo cierto es que me aburro. Aun así, seguimos adelante.
—Así que, Jonah, ¿en qué has estado pensando?
Pensar; obsesionarse. Tanto monta, monta tanto. ¿Acaso importa cómo lo llamemos a estas alturas? Mientras vayamos trabajándolo, el resultado final debería ser el mismo.
—Estaba pensando en ella. Pensaba que tiene la culpa de todo esto.
Ella. En ella. Esas palabras solo pueden recordarme a Sophie.
Puede que no la vea la semana que viene; puede que no vuelva a verla nunca.
Siento un latido en las manos, y solo al bajar la mirada me doy cuenta de que las he cerrado en puños y las aprieto con tanta fuerza que tengo los nudillos blancos.
No puedo ponerme así. Ni aquí ni ahora. No delante de él.
—Yo, eh… No podemos culpar a los demás de nuestros propios pensamientos y sentimientos.
Por maliciosas que puedan ser otras personas, debemos recordar que somos nosotros quienes controlamos nuestras respuestas.
Si alguien hace algo que nos resulta ofensivo o doloroso, nos corresponde a nosotros asimilar esa acción y decidir cómo queremos reaccionar.
Suena a palabrería terapéutica, pero tengo que impedir que los dos nos desviemos.
—Me dejó. Me rechazó. Después de todo lo que vivimos, después de todas las promesas que nos hicimos. Estábamos destinados a estar juntos.
Me paso una mano por la cara con aire pensativo mientras escucho cómo los tópicos van cayendo al suelo. Todo extraordinariamente interesante y sin ninguna relación con Sophie. Bien. Sigamos avanzando por aquí, entonces.
—Podemos profundizar más en ello si crees que te sería de ayuda.
—Yo estaba bien. No era así cuando estábamos juntos, pero después, cuando ella lo conoció a él, todo se vino abajo.
No soy lo bastante bueno. No lo era entonces y tampoco lo soy ahora, y no tengo ni idea de cómo cambiar eso.
Más me valdría no estar aquí. Te estoy haciendo perder el tiempo. Nunca vas a poder ayudarme.
—Estoy cualificado para ayudarte. Para eso estás aquí. Lo único que tienes que hacer es venir, ser sincero y abierto, y comprometerte a hacer cambios positivos.
Quizá sí sea todo palabrería. Podrían sustituir al psiquiatra por un robot, sentarlo en el sillón y hacer que sea él quien cobre esa tarifa por hora desorbitada. Que un robot escuchara a Jonah hablar de su complicada existencia sería mejor para todos.
La cuestión con la terapia es que el paciente tiene que querer mejorar.
Tiene que ser capaz de cambiar. Creedme, la mayoría de la gente lo es, pero algunos…
bueno, están tan anclados en el pasado que son incapaces de superarlo.
No pueden afrontar las cosas que han hecho, así que no tienen forma de seguir adelante.
La habilidad consiste en conducirlos por el camino correcto, ponerlos en marcha en un viaje que avance en la dirección adecuada.
Miro al hombre que tengo delante y me pregunto cómo va a llegar a suceder eso algún día.