Alguien me vigila CAPÍTULO DOCE
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CAPÍTULO DOCE

Jack.

Hoy no he ido a mi sesión. Sé que te enfadarías conmigo, pero no he sido capaz de afrontarla. Puse el despertador a las ocho y me convencí de que tenía toda la intención de asistir, pero una parte de mí lleva toda la semana sabiendo que esta mañana no volvería.

El doctor Thacker me hizo una receta y he empezado a tomar las pastillas.

Eso debería contar a mi favor. Sabes que siempre he estado en contra de ese tipo de cosas, pero, si la ansiedad me está provocando delirios, prefiero probar con los fármacos.

Por mucho que no quiera tomarlos, no es nada comparado con lo poco que quiero hablar de diciembre.

Desde la última sesión siento una angustia cada vez mayor. No sé cómo puedo hablar de haberte perdido cuando todavía te siento aquí conmigo. No creo que hablar de lo ocurrido sirviera de nada. No va a cambiar nada.

Sé que fue culpa mía. Quería que te quedaras conmigo y lo único que hice fue alejarte. No quería que te fueras y lo eché todo a perder. ¿Cómo voy a contarle a nadie lo que hice si ni siquiera consigo hacer las paces con ello en mi propia cabeza?

Cuando pienso en estos últimos años, no consigo averiguar en qué momento empezamos a torcernos, y desde luego tampoco sé por qué.

Aunque pudiera calcular la fecha y la hora exactas, daría igual.

No podemos volver atrás y repetirlo todo, tomar otro camino y hacerlo bien la próxima vez.

La vida no funciona así. Lo único que tengo es el aquí y el ahora, yo sola.

En cuanto al futuro, bueno, ¿quién sabe qué traerá?

Nada bueno. No va a ocurrir nada bueno porque no me lo merezco.

¿Recuerdas que la última vez que te escribí te dije que creía que quizá eras tú quien me observaba?

Cuando empecé a sentirlo, la idea me asustaba.

¿Cómo ibas a ser tú? Ahora no estás en casa conmigo; ya no estás conmigo.

Sin embargo, cuanto más lo pensaba, más empezaba a gustarme la idea.

Si todo esto está en mi cabeza, y espero por Dios que así sea, ¿a quién preferiría tener observándome sino a ti?

Siempre decías que nunca me abandonarías, y todas las veces que te marchabas, por muy lejos de mí que parecieras estar o por muy largas que se hicieran las semanas, siempre volvías conmigo. Quizá, si me aferro a la idea de que podrías ser tú, entonces no tendré que aceptar la verdad.

No vas a abandonarme. No puedes abandonarme. Pero sé que nunca volverás a nuestra vida aquí.

Sigo escribiendo estas cartas como si algún día fueras a poder leerlas, pero, cuando firmo al pie y las deslizo dentro de sus elegantes sobres blancos, lo único que hago es guardarlas en el cajón de tu lado de la cama.

Aún tienes un lado de la cama. A veces, por la noche, me vuelvo y extiendo el brazo para atraerte hacia mí, adoptar la postura de la cuchara grande que siempre preferías que adoptara y acurrucar la cara contra la piel cálida y almizclada de tu espalda.

Por supuesto, no estás aquí, y solo estoy yo, sola, sin más que una almohada que abrazar.

Si te estoy viendo, no es algo malo. Siento lo que hice, pero no puedo cambiarlo. Y desde luego no puedo hablar de ello.

Sophie