Alguien me vigila CAPÍTULO ONCE
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CAPÍTULO ONCE

Cuando por fin llega la mañana del martes siguiente, estoy preparado.

Ha sido una semana larga, y he pensado y repensado en cómo se marchó Sophie de la última sesión.

Tiene que empezar a hablar de Jack. Yo lo sé; ella lo sabe.

Aunque quizá fuera demasiado pronto para abrir esa vía de conversación.

Si sale de ella, si es ella quien inicia la conversación, puede que no se sienta tan cohibida ni se ponga tan a la defensiva.

Si no desentierra el pasado, no podrá enterrarlo.

Esta semana, incluso antes de la hora de la cita, a las nueve, ya he empezado a pasearme por la habitación.

Debería sentarme, adoptar una postura cómoda y profesional y estar preparado para recibirla.

Intentar pensar en positivo, atraer lo que quiero que suceda, no lo que creo que podría suceder.

Pero lo sé. Mi instinto me dice que no va a presentarse.

Cuando las manecillas del reloj forman el ángulo recto que marca la hora a la que debería llegar, no hay ni rastro de Sophie. Estoy seguro de que Henny o Lola me habrían dicho algo si hubiese cancelado, pero no. Nada. Solo una silla vacía.

Así que ¿ahora qué? ¿La llamo? ¿Compruebo dónde está?

Quizá llegue tarde. Estoy seguro de que viene andando a la consulta, así que no puede ser por el tráfico.

Ahora debe de tardar más en arreglarse para las citas.

Tiene que ser eso. La última vez parecía más compuesta, de algún modo, hasta que salió el tema de lo que había ocurrido con Jack.

Qué estupidez. Puede que antes se haya duchado, como hago yo por ella.

Podría estar alisándose el pelo, eligiendo qué ponerse, escogiendo el conjunto perfecto para mí.

En el fondo, ya sé que me equivoco. No va a venir.

Cuando a las nueve y diez todavía no ha llegado, ya no cabe duda de que es hora de hacer esa llamada. Mi parte de la conversación es la siguiente:

Hola. Soy el doctor Thacker. Sí. No, estaba preocupado por ti. ¿Llegas tarde? ¿Querías cambiar la cita? No. Bueno, por supuesto que pienso que… Sí. De acuerdo. No, eso es completamente… Cuando estés preparada. Sí.

Va a saltarse la sesión. Tampoco es un fracaso absoluto.

No es que no vaya a volver nunca. Necesita tiempo, y no pasa nada, pero tiene que continuar con la terapia.

Ni siquiera sé si recogió la medicación, si siguió el plan de tomar los antipsicóticos.

Qué estupidez no habérselo preguntado. Tengo que verla. Tengo que saberlo.

En cuanto el teléfono vuelve a descansar sobre el aparato, se abre la puerta y Henny entra con paso diligente, muy profesional y sin mostrar emoción alguna.

—¿No se ha presentado? —pregunta, aunque la respuesta salta a la vista.

Intento no mirarla como si fuera idiota, pero a veces me cuesta ocultar mis emociones. Es algo en lo que tengo que trabajar. De todos modos, no ve mi expresión.

—La señora Portman llamará para confirmar una nueva cita. —Hago una pausa—. Déjale libre esta hora, si puedes. No cites a nadie más.

Henny enarca las cejas ante la orden, y sé que está juzgándome en silencio.

Quizá ella también debería esforzarse por mantener una actitud profesional.

Tomo nota mentalmente de que debo vigilarla más de cerca.

Aunque es mi ayudante favorita, tiene que mantenerse en su sitio.

Además, si empieza a comportarse así con los pacientes, estoy seguro de que Lola seguirá su ejemplo.

Las dos podrían descontrolarse con bastante facilidad.

—¿Para la semana que viene o de forma indefinida? —La voz de Henny es seca.

—De forma indefinida. —Directo, sin brusquedad. Bien. Aunque ella se esté saliendo del guion, no hay motivo para que su jefe caiga en el mismo comportamiento—. Estoy seguro de que volverá. La semana pasada tuvimos una sesión difícil. Ya sabes cómo es cuando empiezan a llegar al fondo del asunto.

La ayudante me mira fijamente, como si no entendiera la frase, o quizá el sentimiento, pero aun así asiente.

Probablemente Henny no tenga ni idea de lo que ocurre entre las cuatro paredes de la consulta del psiquiatra.

Les da cita, tramita su salida, y supongo que le da exactamente igual lo que ocurra durante las sesiones propiamente dichas.

—De forma indefinida, entonces —accede—. ¿Más té? —pregunta, estirando el cuello para mirar dentro de la taza, que sigue intacta donde la dejó hace casi una hora.

—Me vendría de maravilla que la rellenaras. —Eso es. De vuelta a la rutina. No hay por qué angustiarse por Sophie. Volverá. Necesita esto.

Casi consigo convencerme de que estoy bien, de que no verla hoy carece de importancia, pero cuando Henny da media vuelta y se marcha torpemente a preparar té recién hecho, me dejo caer en la silla.

Sophie volverá. De verdad necesita esto. Pero empiezo a pensar que yo lo necesito más que ella.