CAPÍTULO DIEZ
Jack:
La última carta que te escribí fue muy brusca.
Lo siento. No sé ni por dónde empezar a explicarte el estrés que estoy soportando ahora mismo.
Sé que siempre pensaste que ejercía una influencia tranquilizadora sobre ti, que te transmitía seguridad y que era una mujer muy fuerte, pero creo que quizá te di una impresión equivocada.
He perdido el control, y creo que llevo así bastante tiempo.
Esta semana intenté hablar con el médico, de verdad que lo intenté, pero cuando quiso que empezara a profundizar en lo que ocurrió realmente entre nosotros, me derrumbé.
No pude hacerlo. Soy una decepción; me he decepcionado a mí misma y sé que, si estuvieras aquí, tú también estarías decepcionado.
Ahora puedo decirte, y supone un gran alivio poder hacerlo, que no creo haber sido nunca la persona que tú pensabas que era.
Cuando nos conocimos, hacía poco que había salido de una relación terrible, y tú conoces parte de esa historia.
No buscaba pareja; eso también lo sabes.
Nos vimos envueltos en nuestro romance casi sin darnos cuenta.
De desconocidos a amigos, de amigos a una especie de amantes y luego, bueno, pasábamos tanto tiempo juntos que tuvimos que hacerlo oficial.
Por mi parte, debo admitir que en parte fue porque no quería que estuvieras con nadie más.
Estaba demasiado cómoda, y quizá era demasiado perezosa, para salir con varias personas, pero intuía que tú tenías madera de conquistador empedernido.
No había nada malo en ello. Por aquel entonces no estábamos juntos, no de verdad .
No habíamos acordado mantener una relación monógama.
Mientras nuestra relación seguía siendo abierta, podías ver a quien quisieras, pero detestaba imaginarlo.
Quería exclusividad a costa de la libertad sexual, así que me precipité en nuestra relación y te presioné antes de que estuvieras preparado, estoy segura.
Llegado el momento, sé que fui yo quien insistió en casarnos.
Orquesté y aceleré nuestra relación para no estar sola, para tener a alguien a quien amar.
Siempre pensé que tú también me querías; al menos entonces lo creía. Érase una vez.
Pensaba —y no sé por qué me permití creerlo— que, una vez casados, dejarías de hacer expediciones al extranjero.
Pensaba que, al tener una esposa —y quizá incluso un hijo—, querrías quedarte en casa, ser feliz con lo que teníamos y dejar atrás ese afán viajero que te había guiado durante tu aventurera vida de soltero.
Pensaba que tu apasionante trabajo de campo en el extranjero formaba parte de tu vida de soltero, que los viajes reflejaban una carencia que yo podía suplir.
Me equivocaba, me equivocaba, me equivocaba.
Por supuesto, también me equivocaba al intentar cambiarte.
Me equivocaba al querer cambiarte; seguramente fue egoísta por mi parte, pero, una vez que nos acomodamos en nuestra relación, aquella cálida seguridad era todo cuanto deseaba.
Cuando me convertí en la señora Portman y tú seguiste planeando trabajos de campo internacionales, no supe qué hacer.
Te ofrecieron el viaje a Arizona y me dijiste que no podías rechazarlo.
Luego vinieron los demás. Nueva York, Barcelona, Australia.
Intenté ser comprensiva. De verdad que lo intenté.
Pero, cuando surgió el trabajo de Rusia y me contaste lo reñida que estaría la plaza y cuántas personas querían formar parte del equipo, bueno, pensé que te resultaría fácil rechazarla.
Podías decir no, gracias , quedarte en casa conmigo y ahí acabaría todo.
En lugar de eso, conseguir que te eligieran se convirtió en tu misión.
A pesar de cómo me sentía, sonreí, te pregunté qué podía hacer para ayudarte y te apoyé tanto como pude. No es que te mintiera. Quería que fueras feliz y, por supuesto, quería que tuvieras éxito, pero nunca quise que te marcharas.
Ya está. Por fin lo he admitido.
Nunca quise que te marcharas.
Cada persona decide qué partes de sí misma revelar a otra y cuáles ocultar.
No digo que sea necesariamente algo consciente, aunque admito que, a veces, por supuesto que lo es.
Cuando conocemos a alguien, sobre todo a alguien a quien deseamos impresionar o, al menos, no hacer salir corriendo, destacamos lo positivo y hacemos todo lo posible para impedir que vea los fragmentos de nuestra personalidad que más valdría mantener ocultos.
Eso está muy bien en una relación, pero ¿qué pasa cuando se trata de hablar con mi terapeuta?
Sé que no me estoy abriendo a él. No estoy siendo del todo sincera sobre nada.
Todavía no le he contado lo que ocurrió en diciembre.
¿Cómo voy a hacerlo? Una parte de mí cree que es algo que debería quedar entre nosotros.
Otra parte sabe que, en cuanto le cuente la verdad a alguien, a quien sea, se abrirán las compuertas.
No creo que pueda soportar el diluvio que vendrá después.
Tengo que hacerte una pregunta. Parece ridículo, pero escúchame.
He empezado a creer que es a ti a quien veo.
Para mi mente trastornada, casi tiene sentido.
Cuando estabas fuera otras veces, a veces creía verte.
Aunque sabía, lógicamente, que no podías ser tú.
Incluso después de haberte visto por FaceTime unas horas antes, sentado en una cafetería de Nueva York o dondequiera que estuvieras en aquella ocasión, incluso entonces imaginaba a veces haberte visto.
Una vez llegué a correr hacia un hombre en el Kwik Shop, convencida de que eras tú.
La misma estatura, el mismo pelo, pero, por supuesto, no eras tú.
Tú estabas en la otra punta del mundo y yo estaba aquí, esperando.
Supongo que solo te echaba de menos. Supongo que ahora también. No, sé que sí. No logro asimilar que nunca volveremos a estar juntos; es demasiado. Tal vez por eso mi cerebro intenta mostrarme que estás en todas partes, que eres todo el mundo. Me estás observando.
Como ya he dicho, es ridículo.
Siempre pensando en ti.
Soph.