Alguien me vigila CAPÍTULO NUEVE
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CAPÍTULO NUEVE

Mi primer impulso es soltar una sarta de improperios, levantarme de la silla de golpe y salir corriendo en busca de Sophie para disculparme por todo.

Sería lo más fácil, pero nada de lo que le está pasando es culpa mía.

No tengo nada por lo que disculparme. Si ella no es capaz de afrontar sus propios problemas, no es responsabilidad mía.

Aun así, eso no significa que quiera que se marche.

Todo lo contrario. Estoy aquí para ella, para escuchar, observar y esperar.

Siempre tengo presentes sus intereses, lo sepa ella o no.

Tengo su nombre en la punta de la lengua, como un saltador que espera lanzarse desde un trampolín elevado. Quiero escupirlo, obligarlo a salir, gritarlo, hacer que salga disparado de mi boca, pero, en lugar de eso, dejo que se deslice en voz baja entre mis labios.

Sophie.

La palabra suena más a cumplido que a maldición, pero lo último que quiero es estar a solas en esta habitación pronunciando su nombre.

Las sienes me palpitan por la presión del pulso acelerado. Esto no es bueno. Nada bueno.

Sé lo que tengo que hacer. He seguido el procedimiento tantas veces que ahora es mi recurso habitual cuando empiezo a sentir ansiedad.

Me obligo a respirar para calmarme, noto cómo el aire entra por la nariz, profunda y lentamente, y sale por la boca en una larga ráfaga, como un suspiro.

Inspirar y espirar, concentrándome únicamente en el proceso de respirar mientras los latidos desbocados de mi corazón recuperan poco a poco un ritmo regular.

Tardo cinco minutos, quizá diez, hasta que mi cuerpo alcanza a trompicones un sereno equilibrio. Aunque he recuperado el control, no puedo pensar en otra cosa que no sea ella. Una persona no debería ser capaz de ejercer semejante efecto sobre otra, pero Sophie es única.

Espero que se sincere y sea honesta durante las sesiones, pero tampoco es que yo lo esté haciendo. No puedo juzgarla por contenerse y guardar secretos cuando yo hago exactamente lo mismo.

No es fácil explicar cómo ni por qué me importa tanto esta mujer. Desde que la vi por primera vez, supe que podía aspirar a más. Que podía ser mejor. Sophie tiene muchísimo potencial; solo necesita a la persona adecuada para sacarlo a la luz, y tengo la certeza de que esa persona soy yo.

El día en que conocí a Sophie marcó un antes y un después.

Antes de conocerla, todos los días eran iguales.

Sabía que faltaba algo; lo que no sabía era qué.

No creo en todas esas tonterías de necesitar a otra persona que te complete ni nada por el estilo.

No soy precisamente una persona romántica.

Sin embargo, cuando vi a Sophie, tuve una auténtica revelación.

Sophie Portman no es la clase de mujer que destacaría entre la multitud, pero, cuando nos conocimos, no estábamos entre una multitud.

Solo éramos nosotros dos, cara a cara. No tenía nada de extraordinario: llevaba un sencillo vestido negro y esa clase de zapatos que las mujeres se ponen para estar cómodas, no para ir a la moda.

Eso no hacía sino aumentar su encanto. A primera vista, es una mujer corriente de poco más de treinta años, pero, en cuanto la oí hablar, supe que era diferente.

—No puedo creer que esté aquí —dijo. Esas fueron las primeras palabras que le oí pronunciar.

—No —respondí.

Ya sentía los primeros estremecimientos de la atracción y me estaban desconcertando. No sabía muy bien cómo continuar, así que solté con torpeza:

—Pero me alegro de que esté aquí.

Probablemente fue demasiado directo para nuestro primer encuentro, pero, si íbamos a pasar tiempo juntos y conocernos, ¿por qué no empezar con una declaración segura?

Hasta entonces no me había mirado directamente, pero volvió el rostro hacia mí y me dedicó una amplia sonrisa que dejó ver sus dientes perfectamente alineados por la ortodoncia e hizo que le centellearan los ojos.

Estaba perdido. Al menos así es como lo recuerdo ahora, al mirar atrás.

Supongo que las partes más tópicas se deben a la manera en que mi memoria ha reconstruido el momento.

Quiero ser sincero conmigo mismo, pero ¿quién sabe cuáles de nuestros recuerdos son verdaderos y cuáles han sido idealizados por nuestros tristes y agotados cerebros?

Lo que sí sé con certeza es esto: nuestra primera conversación fue incómoda, pero los primeros encuentros suelen serlo.

Existe una delgada línea entre averiguar todo lo posible sobre alguien sin hacer demasiadas preguntas y llegar a conocerlo sin que resulte demasiado evidente.

La habilidad consiste en permitir que sea la otra persona quien hable.

La gente revela mucho más sobre sí misma y sobre su vida cuando no le haces preguntas directas.

Todos los buenos psiquiatras lo saben. Probablemente también la mayoría de los malos, pero yo no soy uno de ellos.

Por supuesto, mencionó a Jack, pero eludió los detalles.

Era casi como si él no fuera el protagonista de su vida, sino que desempeñara un papel secundario bastante irrelevante.

Sin embargo, una de las ventajas de dejar que alguien hable y escuchar lo que tiene que decir es que te permite, como observador, asimilar sus palabras y leer entre líneas.

Lo que alguien omite puede ser mucho más importante que lo que dice en realidad.

El lenguaje corporal también puede revelar muchísimo sobre lo que alguien piensa o siente.

Aunque no es una ciencia exacta. Todo eso de que cruzarse de brazos y de piernas significa que adoptas una actitud defensiva y de que te sientas en una postura abierta cuando estás relajado es cierto, pero los detalles menos evidentes son más difíciles de detectar.

Algo que advertí desde el principio fue que, cuando pronunciaba el nombre de Jack, no podía mantener el contacto visual.

Es una palabra muy corta y tajante, pero, cada vez que la dice, desvía la mirada, como si durante esa fracción de segundo se perdiera en algún pensamiento lejano.

No creo que ni siquiera sea consciente de que lo hace.

Sin embargo, ya en aquel primer encuentro supe que algo no encajaba.

No lograba determinar qué era exactamente y sabía que necesitaba averiguar más detalles antes de poder desentrañar de verdad la realidad.

Tal vez todo aquel asunto con Jack formara parte del enigma que me atrajo hacia Sophie.

Tal vez fuera tan solo que la veía como un acertijo que debía resolver.

Estaba la Sophie superficial que mostraba al mundo, su yo profesional, práctico y público, pero también había en ella una capa profunda que esperaba ser descubierta.

Los misterios siempre me han atraído; en esencia, por eso me dedico a esto.

Ahondar, desenmarañar el pasado e intentar encontrarle un sentido es lo que me mueve.

Necesito comprender las cosas, pero, cuanto más profundizo, más frágil se vuelve su personalidad exterior.

Me pregunto si eso fue lo que salió mal entre ella y Jack.

¿La quebró él de algún modo o ya estaba rota?

Lo único que sé con certeza ahora mismo es que no podía hablar de él.

Ni entonces, cuando nos conocimos, ni ahora.

Esta vez ha huido en lugar de empezar a afrontar la realidad de su relación.

Sin embargo, nadie sabe qué sucederá a continuación ni si va a volver.

Necesita sus sesiones de terapia. Si alguna vez quiere aceptar el pasado y avanzar hacia el futuro, tiene que regresar. Tiene que hacerlo.