CAPÍTULO OCHO
Conseguí sumirme en un torbellino de oscuridad pensando en lo que tenía y en lo que deseo pero aún no tengo. Cuando por fin llega el martes por la mañana, estoy prácticamente al borde del asiento, esperando a que aparezca Sophie.
Puede parecer una tontería, pero hoy me he levantado especialmente temprano para poder ducharme, arreglarme el pelo y ponerme ropa limpia y planchada.
Es imposible que ella se dé cuenta de lo que he hecho por ella, pero me hace sentir bien saber que me he esforzado.
No puedo cambiar lo que piensa o siente, pero sí puedo ofrecer mi mejor versión.
Por supuesto, me gustaría cambiar lo que piensa y siente.
Al fin y al cabo, esa es, en esencia, la razón por la que asiste a sesiones de terapia.
Mientras espero a que llegue, me acomodo en mi sillón, intentando encontrar la mejor posición para observarla.
El sillón del paciente está colocado en ángulo respecto al del psiquiatra, en lugar de estar uno frente al otro.
Se supone que así el paciente se siente menos confrontado, aunque no sé hasta qué punto resulta eficaz.
Es evidente que la habitación pertenece a un entorno clínico, pese a que ha sido acondicionada para resultar relajante y acogedora.
La alfombra es gruesa, mullida y marrón, a juego con la piel sintética de los sillones; las paredes están empapeladas en un tono crema claro, sin estampado, del tipo que se encontraría en un piso piloto más que en un entorno clínico.
Es una habitación con un propósito, y uno de sus propósitos consiste en intentar engañar al paciente para que olvide cuál es el principal: la terapia psiquiátrica.
Mi mente ha derivado hacia esta deconstrucción del diseño de interiores, sobre todo porque Sophie llega tarde.
El reloj marca las nueve y dos minutos, y no tiene ningún motivo para mentir.
Ojalá los pacientes fueran tan sinceros y fiables como el reloj.
Ojalá progresaran tanto como él. El tiempo siempre avanza.
Los pacientes también pueden retroceder, desviarse hacia los lados y, a veces, no llegar a ninguna parte.
Ni Henny ni Lola han entrado para decirme que Sophie haya cancelado la cita, y no alcanzo a oír lo suficiente de lo que sucede en recepción como para saber si ha llegado y se está demorando ahí fuera por algún motivo.
Mi particular tipo de ansiedad empieza a manifestarse, ese leve pánico ante la posibilidad de no verla hoy, cuando resuenan tres golpes en la puerta.
Sé que es Sophie. Nunca debería haber dudado de ella, ni por un segundo. Me disculparía por haberlo hecho si la idea no fuera tan ridícula.
Cuando por fin entra en la habitación, no puedo ocultar la sonrisa.
Lleva la chaqueta doblada sobre el brazo, como si fuera una mantita de apego. Ahora hace demasiado calor para ponérsela, pero, por algún motivo, parece incapaz de dejarla en casa.
—Lo siento muchísimo —dice—. No he oído el despertador.
—No pasa nada. Está bien. Siéntate.
Las palabras son innecesarias, pues ella ya se dispone a sentarse. Aunque llega tarde, todavía hay tiempo para intercambiar unas breves cortesías antes de pasar a los temas más serios. Para hacer que entre en materia poco a poco y todo eso.
—¿Cómo te ha ido esta semana?
Sophie se recuesta en el sillón, más cómoda de lo que la he visto hasta ahora. Resulta extrañamente desconcertante.
—No quiero gafarlo, pero creo que he estado un poco mejor.
No esperaba oír esto tan pronto, sobre todo teniendo en cuenta que la semana pasada aún estaba convencida de que la seguían. No estoy seguro de creerla del todo, pero su lenguaje corporal es relajado e incluso exhibe su sonrisa letal.
—Bueno, me alegra oírlo. Cuéntame más.
—¿Más?
—Sobre cómo te sientes. ¿Qué es lo que ha cambiado?
Parece no estar preparada para esta línea de preguntas.
Quizá pensaba que entraría, se sentaría, diría que ahora todo iba bien y ahí acabaría la cosa.
¿No sería maravilloso que así fuera? Me encantaría que Sophie aceptara lo sucedido, siguiera adelante y volviera a construirse una vida feliz.
Pero no veo que eso vaya a ocurrir tan deprisa.
—Esta semana no he visto a nadie —dice—.
Siguiéndome, quiero decir. Vigilándome. No he salido mucho de casa, pero, cuando lo he hecho, no he reparado en nadie.
Ni siquiera he tenido esa sensación, ya sabes, de que hay alguien ahí.
No lo sé. Quizá esté empezando a aceptar que nunca hubo nadie.
Que, ya sabes, el problema está… —Se da unos golpecitos en la sien con un dedo, aunque su intención ya estaba clara—.
O quizá quienquiera que me vigila se haya ido de vacaciones esta semana. Podría ser cualquiera de las dos cosas.
Sonríe ante su propio intento de humor negro y yo no puedo evitar hacer lo mismo.
Bien. Bien. Aun así, quiero oír más.
—Ajá. —Más que una respuesta, es una invitación a continuar.
Recupera la seriedad y sigue hablando.
—No lo sé. Después de nuestra última sesión, estuve pensando que no estaba avanzando.
Era como dar vueltas en círculo. Ya sabes, los pensamientos de mi cabeza y cuando estoy aquí hablando contigo.
Doy vueltas y vueltas y no llego a ninguna parte.
Mientras siga obsesionada con la idea de que alguien me vigila, no creo que pueda empezar a mejorar.
Cuanto más pienso en todo, más me pregunto: ¿y si he estado equivocada todo este tiempo y me lo estoy imaginando?
Creo que quizá tenga que renunciar a la idea de que me vigilan antes de poder afrontar el verdadero problema.
—¿Cuál crees que es el verdadero problema?
Uno de los trucos que puede emplear un psiquiatra consiste en seleccionar palabras clave y devolvérselas al paciente.
Puede que este tenga una vaga idea de lo que significa «verdadero problema» , pero es poco probable que sea capaz de expresarla con palabras.
Formular la pregunta, devolverle la frase, puede obligar al paciente a reflexionar más a fondo sobre lo que ha dicho.
Es un desafío que lo obliga a explicar sus propios pensamientos.
—Claro —dice, asintiendo, como si estuviera de acuerdo en lugar de haber recibido una pregunta difícil—.
En realidad, es obvio. Todo esto empezó con lo que le sucedió a Jack.
Fue entonces cuando empecé a sentirme así.
Por eso, desde que él ya no está, creo que fue entonces cuando empecé a volverme…
—Busca una palabra y luego lanza una a modo de sugerencia, o quizá de pregunta—. ¿Ansiosa?
Asentir. Callar. Esperar a que diga algo más.
—Paranoica —consigue decir, vacilante.
—De acuerdo.
Al no obtener demasiada respuesta, busca más palabras, más definiciones posibles para sus problemas.
—¿Delirante? —pregunta con menos seguridad.
Las palabras revolotean en el aire y necesitan tiempo para caer y calar. Tras un largo minuto de silencio, llega el momento de empezar a desentrañar sus conclusiones.
—¿Entonces eso es a lo que crees que te enfrentas? ¿Ansiedad? ¿Paranoia? ¿Delirios?
Se ríe con nerviosismo.
—Tú eres el psiquiatra —dice—. Dímelo tú. Son palabras que utilizaste antes, la última vez. ¿No es eso lo que ocurre? Ya sabes, «acontecimiento vital significativo» , «experiencia traumática» .
Intenta adoptar una entonación grave y masculina al repetir las frases. Su memoria es más precisa que su imitación. Esas fueron las palabras de la última sesión.
—¿Cómo te hace sentir pensar en tu situación en esos términos?
—Bueno, quiero tener algo con lo que trabajar.
¿Sabes? No he visto a nadie vigilándome, aunque he estado atenta, intentando pillarlos.
Al final, la policía debe de tener razón.
En realidad, tiene sentido. Así que, si no hay nadie vigilándome, debo de estar imaginándomelo.
Al menos, cuando acepte que estoy loca, podré recibir ayuda, ¿no?
Asiento, pero mi lado egoísta ya está pensando que no quiero que mejore, que quiero que siga viniendo a estas sesiones para poder seguir viéndola.
Tengo que apartar esos pensamientos de la cabeza.
No puedo permitirme pensar así. Todavía tardará un tiempo en marcharse.
Que crea saber cuáles son sus problemas no significa que vaya a curarse de inmediato.
Curarse. Como un brazo roto dentro de una escayola, como una transfusión de sangre para un nivel bajo de hemoglobina.
¿Por qué no puede haber una solución rápida para los problemas de salud mental?
Quizá la medicación sea un paso en la dirección correcta.
—El informe de tu médico de cabecera dice que todavía no has probado ningún tratamiento farmacológico.
Los fármacos suelen llegar antes que las sesiones de terapia, no al revés. Veo reflejada la reticencia de Sophie en sus hombros, que se hunden.
—¿Había algún motivo concreto por el que no quisieras optar por esa vía?
—Parece un paso demasiado grande. Quiero decir, vale, venir a terapia psiquiátrica es un paso enorme, por supuesto, pero no sé. Tomar fármacos resulta tan… —Busca la palabra, pero no la encuentra, así que se limita a negar con la cabeza.
—Entiendo que existe la idea equivocada de que recibir medicación para la salud mental es motivo de estigma, pero creo que descubrirás que la sociedad es mucho más tolerante hoy en día.
Probablemente porque un porcentaje considerable de la sociedad toma algún tipo de medicación para la salud mental. Está bien no estar bien.
Fuerza una sonrisa pequeña y tensa, pero no responde.
—Si tuvieras una migraña, ¿qué harías?
—Ya veo adónde quieres llegar —dice—. Pero no es lo mismo, ¿verdad? Cualquiera puede entrar en Tesco, coger un paquete de ibuprofeno y automedicarse. No necesitas receta para comprar algo contra el dolor de cabeza.
—Para los dolores leves, no. De acuerdo, piensa en ello de otra manera. Si te rompieras un hueso, aceptarías que te pusieran una escayola.
—No me haría ninguna gracia, pero sí.