Alguien me vigila CAPÍTULO SIETE
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CAPÍTULO SIETE

Cuanto más tiempo paso en la consulta, menos interesante me parezco.

Cuando me marcho, intento despedirme de Lola y Henny con tono alegre, pero están tan absortas la una en la otra y en la conversación que acabo de interrumpir que ni siquiera me dicen adiós con la mano.

Intento no tomármelo como algo personal, pero no puedo evitar pensar que, si estuviera en su lugar, yo tampoco querría hablar conmigo.

Antes era un hombre interesante, con una novia formal y atractiva y un trabajo que me apasionaba.

Ahora vivo pendiente de las horas que paso con una mujer a la que, he de admitirlo, apenas conozco.

Explicar cómo he llegado a esto, cómo he pasado de la estabilidad a mi particular forma de obsesión enfermiza…

Bueno, es complicado. Aunque el dicho siempre quieres lo que no tienes resume bastante bien cómo empezó todo.

No debería quejarme del trabajo. Hago exactamente lo que siempre quise hacer, desde que tengo uso de razón.

Me fijé una meta y me dejé la piel para llegar hasta donde estoy hoy.

Por supuesto, quería más. Quiero más. Ahora no hay muchas oportunidades de progresar en mi carrera.

Lo hago lo mejor que puedo, y esto suena exactamente como pretendía que sonara.

Vivo una vida de ración individual, y esa única ración está rancia.

En cuanto a mi novia… Bueno, Serena era perfecta en muchos sentidos, pero cuanto más tiempo pasaba con ella, menos quería estar a su lado.

A primera vista, era la pareja perfecta para mí: ambiciosa, cariñosa y paciente.

Sin embargo, cuando ahondé un poco más, encontré las capas de podredumbre que la recorrían.

Todo terminó, como tiende a terminar todo.

Por una vez, no fue culpa mía. Al menos, no directamente.

¿Quién sabe cuánto influyó mi encantadora personalidad en su decisión de empezar a verse con otro?

Si hubiera podido cambiar, quizá no habría ocurrido.

Si yo hubiera sido suficiente, tal vez ella y yo seguiríamos juntos.

Mi vida podría estar llena de cenas con amigos, citas en restaurantes y esa clase de sexo por el que no hay que pagar.

Llevo un año solo; he aprendido a encajar en mi propia existencia. Más o menos.

Cuando conocí a Sophie, vislumbré otro mundo, un reino de posibilidades, una vida totalmente distinta.

Si tuviera que precisar qué es, diría que me atrae la naturalidad con la que hace todo.

Es como es. No tiene miedo de ser ella misma ni de hacer lo que haga falta.

Puede que no lo parezca al verla sentada en el sillón de la consulta del psiquiatra, pero Sophie es una mujer fuerte.

El truco consistirá en conseguir que ella también lo vea, que se lo crea.

Si puedo ayudarla a lograrlo, bueno, ¿quién sabe?

Es evidente que esa mujer tiene problemas.

Claro que sí. Nadie pagaría por hablar con un psiquiatra si no lo necesitara.

No digo que sea perfecta, pero para mí lo es. Eso es lo que importa.

Pero quiero dejar una cosa clara: por muy encaprichado que esté de ella —y admito que eso es lo que siento, un capricho obsesivo—, no estoy acosando a Sophie. La veo durante sus sesiones, una vez a la semana, y ahí acaba todo. Si hay alguien siguiéndola, no soy yo.

Estoy seguro de que me considerarían el principal sospechoso, por cómo no paro de hablar de ella; al menos, así sería si de verdad le contara a alguien lo que siento. Pero ¿a quién iba a contárselo?

No es que hable con nadie de nada fuera de esa consulta. Lo que digo durante las sesiones no le interesa a nadie más allá de esas cuatro paredes, y mis charlas con Henny y Lola apenas son dignas de mención. Escucho con atención y observo con cuidado, pero solo cuando Sophie está en la consulta.

Vivo solo en este piso anodino y carísimo.

No tengo amigos dignos de ese nombre, y hace tanto tiempo que mis llamadas semanales a mi madre se redujeron a felicitaciones por su cumpleaños y por Navidad, dos veces al año, que ni siquiera recuerdo cómo dejamos que la costumbre se perdiera.

Esa es, a efectos prácticos, la historia de mi vida.

Las cosas me ocurren. Soy un objeto, no un sujeto.

Por lo que sé, la vida de ración individual de Sophie no es muy distinta de la mía.

Yo no he sufrido una pérdida de la misma forma que ella, pero, aun así, también perdí a alguien.

¿Hay alguna diferencia entre perder a alguien en el Ártico y perderlo porque se ha ido con otra persona?

En ciertos sentidos, sí; en otros, no. Una pérdida es una pérdida.

Sea como sea, es una especie de duelo. Todos tenemos que afrontarlo a nuestra manera.

Vi las señales en mi relación, que se desmoronaba, meses antes del final.

Estaba absorbido por el trabajo, casado con él, pero nunca con Serena.

Eso no quiere decir que no hubiera acabado pidiéndole matrimonio si las cosas no hubieran sucedido como sucedieron, pero cada vez nos distanciábamos más en lugar de acercarnos.

Era como el mar retirándose antes de la llegada de un tsunami.

Durante un tiempo no hubo nada entre nosotros y, de pronto, quedamos arrasados.

Debería haber visto las señales y quizá podría haber hecho algo para salvarnos.

De tanto ver la televisión, sé que, si ves desaparecer el mar, debes correr hacia un terreno elevado.

Tengo la cabeza llena de toda clase de información inútil sobre cómo afrontar catástrofes, peligros y otros sucesos improbables, pero no tenía ni idea de cómo salvar nuestra relación.

Para cuando comprendí lo que estaba pasando, ya era demasiado tarde. Ya me estaba ahogando.

Serena había empezado a ir al gimnasio, lo cual está bien, por supuesto. No se puede reprochar a nadie que quiera mejorar o, sencillamente, sentirse a gusto consigo mismo. Yo pensaba que era yo quien la hacía sentir bien, pero resultó que eso no era del todo cierto.

Si no recuerdo mal, y admito que podría equivocarme, el principio del fin fue más o menos así:

Imagínate la escena: los dos en nuestro piso, perfectamente dispuesto según el feng shui.

Yo estaba en el pasillo, de camino al dormitorio.

Ninguno de los dos llevaba mucho tiempo en casa después del trabajo, pero, pese al cansancio, yo estaba preparado para la noche que nos esperaba.

Serena, en cambio, parecía haber olvidado nuestros planes.

Estaba en el baño, lavándose la cara con uno de esos exfoliantes faciales que costaban demasiado para que yo pudiera usar ni una gota. Lo descubrí por las malas el día que cogí prestada una pequeña dosis. Parecía cometer errores constantemente sin siquiera darme cuenta.

—Esta noche tenemos cita —le recordé, poniendo mi expresión más encantadora.

Sin apartarse del espejo, Serena suspiró.

—¿Podemos dejarlo para otro día?

Vi reflejada en el espejo la expresión de pesar de su rostro.

Ya llevaba el pelo recogido hacia atrás en una coleta tirante, de esas que nunca se hacía a menos que tuviera pensado entrenar.

Era una mujer de aspecto natural: apenas se maquillaba y se dejaba el pelo suelto sobre los hombros.

Serena vestía pensando en la comodidad más que en la moda, y le sentaba bien.

No necesitaba esforzarse más porque para mí ya era perfecta.

—Vale.

Intenté ocultar mi decepción; no quería hacerla sentir mal cuando estaba haciendo algo positivo por sí misma.

¿En qué clase de monstruo me habría convertido eso?

Yo quería ser una pareja cariñosa y comprensiva.

Ese es el trabajo de mis sueños de verdad —más importante que mi carrera, más importante que mis propios sentimientos—, pero no podía ser una pareja comprensiva sin tener una pareja a la que apoyar.

—Vamos —dijo.

Debía de haber actuado bastante mal.

—No te pongas así.

Y así es como empiezan las discusiones. Malentendidos, falta de comunicación.

La expresión más insignificante puede conducir al desastre.

Todos esos pequeños terremotos pueden provocar la clase de desplazamiento sísmico que desencadena el tsunami definitivo.

Los grandes finales tienen que empezar en alguna parte.

Eso ya no importa. Serena está tan perdida como Jack. Ahora estoy solo en la casa que antes compartíamos. No tengo más compañía que el sillón y la pantalla.

Ver a Sophie es un paso para llenar el vacío de mi vida. No es una suplente ni una sustituta de Serena; es una versión más perfecta de ella. Es la Serena que nunca me abandonará.

Esta vez no cometeré ningún error. No con Sophie. Esta vez todo va a ser perfecto.